Descubridor y conquistadores, productos de su tiempo

El fin de la Edad Media y el Descubrimiento de América

por Enrique De Gandía

Interesante artículo de uno de los más respetados historiadores argentinos. Fue publicado en la revista Nosotros N° 31 * (octubre 1938). Debe destacarse que De Gandía ** fue premiado reiteradamente en España, así como que algunas de las ideas de este texto se expresarían hoy de otra forma… En tal sentido nos resulta extemporáneo. Pero si lo consideramos como testigo de la evolución ideológica habida con respecto a las agresiones imperiales, sin duda podremos extraer valiosísimas conclusiones.

Hay en la historia del mundo dos grandes hechos que representan el fin de la Edad Media y el principio de la Edad Moderna. Ellos son las cruzadas y el descubrimiento de América. Isabel la Católica fue el espíritu de las cruzadas; Cristóbal Colón, el del hallazgo inmortal. No se puede comprender cómo la humanidad pasó de la Edad Media a la Edad Moderna en un solo día, por obra de una sola voluntad, si no contemplamos el panorama de ese mundo que convulsionó Isabel la Católica y sirvió de base al de Colón.

Al final de la Edad Media, Europa se hallaba desmembrada. Todas las naciones que hoy se nos aparecen pujantes, entonces no existían o estaban débiles y divididas en pequeños Estados. Las luchas de los señores feudales y de los reyes y el gran peligro musulmán habían llevado las fuerzas políticas de Europa a un verdadero desastre. El arte había tenido un renacimiento, y el comercio había surcado los más lejanos confines; pero las fuerzas nacionales sufrían una dura crisis. No había Estados con reservas suficientes para emprender una fuerte guerra o salir de sí mismos y ensanchar el mundo. Esto último era una locura en la cual nadie pensaba. Las expediciones que habían partido de Inglaterra hacia el Oeste habían sido meros intentos comerciales generados por viejas leyendas. Sólo había dos naciones en la tierra con iniciativas propias que señalaban los pasos de la humanidad: España y Portugal. España desde ochocientos años sostenía una cruzada titánica contra los moros. No era una cruzada como las de los príncipes cristianos que llevaban sus armas a Jerusalén, lejos de sus comarcas y de sus hogares. España tenía los enemigos en su propia casa. Los árabes no sólo dominaron en Andalucía; impulsaron la guerra hasta los vascos y amenazaron saquear el pseudo sepulcro de Santiago. Además, España tenía otros grandes enemigos aliados de los invasores, que los favorecían ocultamente: los judíos diseminados en todas las ciudades. Con su vida absorbente y sus tentáculos infinitos ahogaban la población cristiana. En cuanto a Portugal era un país insignificante, con poco más de un millón de pobladores, amenazado él también por los mismos peligros que inquietaban a España. Y, sin embargo, Portugal llevaba a cabo la magnífica locura de olvidarse de sí mismo para enviar sus carabelas a las costas de África persiguiendo una ruta directa a la India semi inalcanzable. En esta locura había más cordura que en la tenacidad guerrera de todas las naciones de Europa. Para éstas, las rutas de la India eran los caminos de Siria y del Mar Rojo, dominados por los musulmanes, cada vez más fuertes y difíciles de vencer. Portugal prefirió luchar contra la naturaleza buscando una vía libre en el mar. Y así partían sus carabelas, sondeando el Oriente y el Occidente: unas por el África hacia la India, y las otras por el Océano, en busca de islas misteriosas. Mientras tanto España salvaba a la cristiandad de sucumbir bajo los alfanjes victoriosos de los islamitas. Su territorio ofrecía un campo extraño a esas luchas que más que de razas eran de religiones. Cristianos, musulmanes y judíos se disputaban una primacía que iba a terminar  en manos de los primeros. Las armas en juego eran la fe, la espada y la cultura. La espada sólo era usada por los cristianos y los musulmanes. Los judíos, después de los Macabeos, olvidaron manejar la espada. Por ello fueron expulsados a millares, sin que ni uno solo opusiera resistencia, cuando los cristianos les señalaron el camino del destierro. Cristianos y musulmanes tenían una fe tan intensa como la de los judíos, pero una cultura diferente. La cultura cristiana fue la más profunda de todas y por ello lograron un triunfo seguro y duradero. Las victorias que sólo se obtienen con las armas son victorias exteriores y aparentes. Hay que dominar en las conciencias. Cuando el triunfo no llega a la conciencia de los hombres, cuando la conciencia no se siente convencida, el triunfo no existe. Es lo que ocurrió con la dominación musulmana en España. Los invasores musulmanes y los judíos que les habían facilitado la entrada en las ciudades pretendían imponer cada uno su religión y su civilización. Si en vez de tres religiones y tres civilizaciones hubiese habido una sola, el conflicto no habría existido; pero esta triple oposición de creencias y de costumbres no pudo ni amalgamarse ni durar. Los cristianos del reino de Asturias fueron extendiendo la reconquista, y los cristianos de las tierras sometidas los recibieron con los brazos abiertos. Esta fue la gran cruzada de ochocientos años seguidos que España libró en contra de los moros. Con su lucha y su dolor representó la más fuerte y perdurable cristianización de la Península. Españoles eran todos –cristianos, musulmanes y judíos- pero las religiones los dividían como si unos hubiesen sido blancos, los otros negros y los terceros amarillos. La civilización cristiana dominó en las conciencias con una intensidad mayor que la musulmana y la judía, y por ello facilitó el triunfo de las armas y lo aseguró definitivamente. En muchas partes de la Península, el triunfo cristiano era ya un hecho antes de que penetraran las armas cristianas. El derecho cristiano, la adminis-tración cristiana y las costumbres de los cristianos: toda la civilización cristiana, en fin, no repugnaban a los pobladores de la Península como el derecho, la administración, etc de los musulmanes y de los judíos. La reconquista de España fue en parte un triunfo de la religión cristiana; pero más de la civilización cristiana formada con elementos de orígenes godos, romanos, etc.

Con el triunfo definitivo de los cristianos sobre los musulmanes y los judíos –triunfo considerado como seguro años antes de la toma de Granada- desaparecieron los pueblos vencidos y herejes; pero no sus culturas. Estas supervivencias contribuyeron a robustecer el dominio cristiano. Los conocimientos de los musulmanes y de los judíos se fueron incorporando a la corriente cristiana. En esta forma España, a fines del siglo XV, era la nación más preparada para producir cualquier hecho grandioso y llevar a cabo cualquier empresa sobrehumana. La fuerza de expansión que durante ocho siglos fue acumulando contra los moros, no halló vallas ante sí cuando le faltó el muro musulmán. Dominó Europa y América. Si América no hubiese existido, el empuje español habría llegado hasta el fondo del África, hispanizado Europa y destruido para siempre el poder los sultanes. América fue la gran válvula de España y a causa de ella Carlos V y Felipe II no realizaron sus sueños de tener en sus manos el mundo entero. Si Colón hubiera retrasado su descubrimiento un medio siglo, o siquiera un cuarto de siglo, España habría invadido el Asia y llegado a América por el Estrecho de Behring. Nada hay de absurdo en esta deducción, porque lo que hizo España en el Océano y en América es mil veces más grande y más difícil que un paseo triunfal por el Asia, siguiendo el viejo itinerario de Alejandro el Grande y subyugando imperios apáticos ya vencidos por los siglos. América fue la ruina de España. En historia parece una gloria; pero debemos convenir que sin esta gloria España habría conquistado glorias más grandes. Razón tenían, pues, los antiguos economistas españoles cuando aseguraban, con cifras en la mano, que la conquista de América había sido la mayor desgracia del imperio español.

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Los padres de la grandeza española fueron Fernando e Isabel. Su matrimonio –ya resuelto cuando tenían cinco y seis años, respectivamente- representó la unión de España. Los reinos unidos de Castilla y Aragón bajo los Reyes Católicos fueron la primera reacción contra la depravación y liviandad de la mayoría de las cortes europeas, empezando por la misma española. El renacimiento –con su espíritu libertario- había corrompido las costumbres demasiado severas de la Edad Media. El renacimiento era una libertad de acción, una rebelión contra lo ascético y lo divino. El hombre se alejaba del cielo para volver a la tierra como si por un instante pretendiera cambiar su ser cristiano y tornarse pagano. No debemos entender el renacimiento como un revivir o un retorno de lo antiguo. En el renacimiento el hombre volvió a admirar la naturaleza, sorprendido del olvido en que la había dejado durante tantos siglos. En esta contemplación de la naturaleza tropezó con las obras de los antiguos –que también admiraban a la naturaleza- y a ratos las imitó; pero el verdadero renacimiento no es imitación, sino creación. En el siglo XV el hombre se desligó de sus ataduras religiosas  y buscó la carne en la mujer, y la vanidad en las armas. Fue caballero, artista, guerrero, en una forma muy diferente a la de los espirituales paladines de la plena Edad Media. España no se dejó influenciar mayormente por el movimiento renacentista de Italia y de Francia y lo recibió de reflejo.

Los Reyes Católicos llegaron al poder por una serie de complicadas circunstancias y gracias a la diplomacia del cardenal Borja. El destino parecía ponerlos al frente de España para solucionar los dos grandes conflictos internos que desgarraban a la Península: la cuestión dinástica y la cuestión judía. El odio entre conversos y judíos, por un lado, y cristianos viejos por el otro, era inmenso. A cada instante ocurrían matanzas de judíos que producían en las ciudades verdaderas guerras civiles. Para evitar este mal no había otro remedio que suprimir una fracción. La instalación de la Inquisición no había dado los resultados que se esperaban. Matar a todos los judíos habría sido un crimen imposible. Para evitar sus continuas matanzas, los Reyes Católicos recurrieron al procedimiento más fácil: la expulsión. Era una necesidad nacional, un clamor que subía de todas partes. La misma inquisición fue la medida de orden más acertada que se realizó en la España de Fernando e Isabel. Algunos críticos han querido comparar la reforma luterana con la inquisición. Ambas tuvieron por fin expurgar al catolicismo de sus errores: la reforma, separándose la autoridad del Papa y volviendo a un cristianismo primitivo; la inquisición, reafirmando la fuerza del catolicismo dentro y fuera de sí mismo. Las órdenes religiosas habían pretendido, también, reformar las costumbres de la disciplina eclesiástica; pero querer comparar la fundación de las órdenes benedictina y franciscana, por ejemplo, con la inquisición y la reforma –separadas todas ellas por siglos, originadas por causas diferentes y desenvueltas en ambientes distintos- es un error de perspectiva y encadenamiento histórico. La reforma románica fue de sumisión; la alemana, de rebelión. La inquisición no fue una reforma; puso a la religión en pie de guerra porque ella se había fundido con el Estado y los enemigos de la primera eran los del segundo. En España el catolicismo comenzó a confundirse con la idea de Estado al obtener su gran triunfo sobre los visigodos arrianos. Desde ese momento en España el adjetivo católico fue sinónimo de español. Nótese que no fue una unidad de raza la que se formó, sino de religión. Los otros españoles –nos referimos a los musulmanes y judíos- eran tan españoles, geográficamente, como los visigodos; pero se hallaban en lucha con el Estado español por no ser católicos. La inquisición se desnaturalizó a raíz de la expulsión de los moros y judíos, cuando pretendió subsistir después de haber cumplido su misión y su razón de ser. Creyó entonces necesario vigilar el pensamiento nacional, perfectamente católico, que no necesitaba de pesquisas ni de limpiezas y así entró en las conciencias y trató de hallar el delito donde el delito no existía. Este fue su error y su ruina; pero en tiempos de Isabel –repetimos- la inquisición fue el primer paso que salvó a España de un desastre interno. El segundo paso fue la expulsión de los judíos: único remedio para evitar su exterminio por medio de matanzas. Adviértase que se perseguía y expulsaba la religión judía, no al pueblo judío. Los que se convirtieron no tuvieron necesidad de moverse ni de sus pueblos, ni de sus casas. Los que se obstinaron en conservar su fe tuvieron que llevarla a Flandes o al África. Y nótese, también, que en el gran éxodo del pueblo judío no tomaron parte los musulmanes. Estos podían vivir en España sin estar obligados a cambiar de religión, ni de lengua, ni de costumbres. Lo más que se hizo fue tratar, por buenos medios, de que fuesen convirtiendo. Sin embargo, los Reyes Católicos cometieron un grave error al no expulsar también a los moros. Su sometimiento sin un cambio de religión terminó por ser sólo aparente. A cada instante se repetían los levantamientos y se hacía cada vez más agudo el peligro de que favoreciesen una invasión de moros africanos. Fue por estos motivos que Felipe III se vio obligado a decretar su expulsión en mayo de 1609. Muy pocos fueron los árabes que se convirtieron y permanecieron en España, prueba de que su adhesión al gobierno español era fingida y traidora.

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La no existencia, en Castilla, de la ley sálica confirió a Isabel la Católica –jurídica y políticamente- un poder igual al de su esposo Fernando. Por otra parte, el talento extraordinario y la habilidad diplomática de Isabel le dieron un ascendiente sobre su esposo y la convirtieron en una mujer excepcional para su tiempo y para su ambiente. Si hubiese sido una mujer débil, fácil de entregarse a favoritos o a confesores, todos y poder y su talento habrían desaparecido en una alcoba o en un confesionario. Pero ella fue fiel a su marido y medida con el clero. En ningún momento el clero la dominó, sino que, por el contrario, la iglesia y la inquisición fueron para ella instrumentos políticos. Toda su vida Isabel fue la gobernadora. El espíritu de Isabel la Católica ha sido comparado con el de Juana de Arco. En la comparación sale perdiendo la doncella de Orleans. La actitud que asumió Isabel cuando Alfonso de Portugal y Luis XIII de Francia invadieron sus estados es superior a la de Juana de Arco. Isabel, a caballo, recorriendo ciudades, buscando hombres en los pueblos, creando un ejército de la nada, todo con sus palabras  y su ejemplo, mientras su marido realizaba otra labor en el Norte, es más asombrosa que las correrías inflamadas de la inocente Santa Juana. Esta fue una visionaria; Isabel fue un genio. Su constancia, su tenacidad en formar un ejército y rehacerlo a medida que se destrozaba, llena de estupor. Isabel cumplió lo imposible y gracias a su maravillosa tenacidad, el clero –ansioso del triunfo y de la paz- estuvo a su lado –a instancias del cardenal don Pedro González de Mendoza- con la mitad de sus tesoros. Esta deuda explica por qué Isabel y Fernando fueron más tarde tan grandes protectores de la Iglesia y llegaron a tomar el nombre de Católicos. A Isabel sólo le ha faltado una visión, un sueño, uno de esos prodigios llamados celestiales, para llegar a la santidad. Su cerebro, perfectamente normal y equilibrado, no tuvo esa gracia divina; pero si alguna vez, en una iglesia, hubiese oído una voz o visto una sombra, hoy tendríamos una Santa Isabel de Castilla (+). Su vida entera lo mereció por cierto mucho más que la de Santa Juana de Orleans.

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A fines de la Edad Media apareció en Portugal, primero, y en España, después, un hombre extraño, misterioso, que rehuía hablar con la gente común y en cambio se desbordaba en cálidos discursos con quienes podían, en alguna forma, dar vida a sus proyectos. Era un navegante que había recorrido el Mediterráneo y los mares del Norte y soñaba con llevar a cabo una empresa portentosa. Sus orígenes eran humildes, como los de cualquier marino osado y oscuro, pero su misión histórica, que muchos han considerado divina, lo convirtió en el hombre más extraordinario de la historia humana. Cristóbal Colón unió su destino, para siempre, al de la reina Isabel e hizo de su viaje inmortal una prolongación de la lucha de cruzados que España sostenía, desde ocho siglos, contra el Islam. Los historiadores que han juzgado a Colón lo han llamado de continuo el descubridor. Este nombre de descubridor inconsciente le corresponde después del hallazgo de América; pero no antes de su partida de Palos. Colón en Portugal y en España andaba por los caminos, se detenía en los monasterios y llamaba a las puertas como si fuera un nieto de Marco Polo. Hugo en Italia una generación espiritual de grandes viajeros que en los siglos lejanos de la plena Edad Media se fueron a pie hasta la India y la China. Marco Polo fue el más audaz, el más brillante y maravilloso de todos. Sus narraciones asombraron a Europa. Nunca, hasta entonces, se había oído nada semejante. En Italia, casi no había persona que no hubiese oído hablar de los viajes deslumbrantes de Marco Polo. Sus historias, contenidas en ese libro que se tituló Il Millione, hacían soñar despiertos a los jóvenes marinos que sentían muy ardiente dentro de sí, el llamado de la aventura. Los monjes ansiaban salir de sus conventos para evangelizar, en el remoto Oriente, a los adoradores de esas religiones perfumadas y tenebrosas. Los comerciantes pensaban equipar barcos para ir a las islas de los elefantes, de las perlas, de los templos de oro  de las especias embriagadoras. Muchos fueron los viajeros italianos, españoles y árabes que recorrieron el Asia; pero ninguno hizo sentir la atracción y el deslumbramiento de la lejanía como Marco Polo. Sus andanzas y sus relatos enloquecieron a no pocos visionarios que embarcaron en una nave para no volver jamás. Cristóbal Colón fue un descendiente espiritual de Marco Polo, un soñador, como él, que se propuso seguir sus huellas; pero llegando a la meta por un camino nuevo, más asombroso y nunca recorrido: el del Océano. Colón fue el navegante que con más pasión amó la aventura; no la hazaña desorganizada, loca, de quien se lanza a perseguir quimeras. No fue un alucinado; fue un aventurero científico, tranquilo, que traza sus planes con la calma de quien sabe, con absoluta certeza, que va a conseguir el triunfo. Si en su cerebro hubiesen hervido fantasías irrealizables no habría esperado años y años, en pueblos somnolientos, sin decaer un solo instante la tensión de su voluntad, la única ayuda que podía hacerle realizar su proyecto. Se habría lanzado en otras aventuras o la desesperación, ante su propia impotencia, lo habría llevado a hablar con las estrellas y a ser apedreado, por la calles, como un loco o un hereje. Colón fue un nieto de Marco Polo que supo imaginar, con más genio que su abuelo, una empresa considerada hasta entonces como imposible. Pero dentro de la historia Colón no sólo es el soñador aventurero y el gran descubridor, sino el cruzado que lleva la lucha contra los infieles al otro lado del mar. No basta saber lo que fue Colón en sí –un viajero, un descubridor-; es preciso saber que fue, históricamente, su empresa, y cómo la consideraron los Reyes Católicos que la sostuvieron. Somos unos convencidos de que Isabel, especialmente, vio a Colón como un cruzado. El futuro descubridor tal vez no se dio cuenta de su ropaje; pero no hay duda de que en el momentos histórico del triunfo de los Reyes Católicos sobre los moros, en aquellos últimos años de la Edad Media, cuando toda Europa, estremecida, contemplaba la derrota del Islam, el viaje de Colón se presentaba como una continuación de las cruzadas y su figura de navegante y aventurero se erguía como la de las grandes capitanes de la cruzada española en la toma de Granada.

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El descubrimiento de América pudo haber sido resuelto por el duque de Medinaceli, don Luis de la Cerda, que había ofrecido a Colón tres carabelas para hacer el viaje; pero las disposiciones reales que no permitían emprender descubrimientos sin la autorización de la corona retrasaron en más de seis años el hallazgo del Nuevo Mundo. A ello contribuyó la guerra, cada vez más intensa, contra los moros y el peligro que ofrecía en el Este de Europa el sultán Bayaceto II.

Los éxitos de los españoles hicieron unir a todos los príncipes musulmanes en su lucha contra los cristianos. Nunca estuvo Europa en un peligro semejante de ser dominada por los turcos y cambiar su civilización. Los ataques turcos a Sicilia, desde donde los musulmanes pensaban invadir a Europa, fracasaron gracias a la ayuda española. Cuatro años antes del descubrimiento de América, el Papa reconocía que España había salvado la cristiandad. La reina Isabel no empeño sus joyas para organizar el viaje de Colón; las empeñó para conquistar la ciudad de Baza, caer sobre Granada y expulsar a los árabes de España. La reina santa primero salvó a Europa y luego contribuyó a descubrir un mundo. Ella y unos frailes fueron las primeras personas que comprendieron el genio de Colón. Cuando los sabios dudaban del proyecto, ella pensaba en él, no como en un viaje fantástico destinado a descubrir países irreales o montañas de oro, sino como un nuevo ataque a las tierras de los infieles de la India y del Asia. Ninguna persona oyó las palabras que Colón pronunció ante los Reyes Católicos el 20 de enero de 1486 cuando les expuso el proyecto de su viaje. Ningún documento conserva tampoco los términos de aquella proposición. Los sabios que examinaron el proyecto de Colón no produjeron ningún informe que haya llegado hasta nosotros. Sólo se sabe los nombres de fray Hernando de Talavera y Rodrigo Maldonado. El primero declaró que el proyecto de Colón no era posible llevarlo a cabo en ese momento porque requería esfuerzos que habrían paralizado la lucha contra los moros. Esta declaración tiene especial importancia. Tres carabelas no paralizan una guerra de siglos. Es evidente que el viaje de Colón a través del Océano requería algo más de tres naves y unas docenas de hombres. En la carta de merced del 30 de abril de 1492 se dice bien claro que Colón iba ¨a descubrir e ganar… ciertas islas e tierra firme en la mar océana¨. Hoy está definitivamente demostrado que la tierra firme era el Asia, y las islas eran aquellas innumerables que bordeaban el Asia y se veían perfectamente dibujadas en el mapa de Martín Behaim. En aquellos años un viaje tan audaz a través del Océano hacia las costas remotas del Oriente no podía considerarse más que como un nuevo avance de la cruzada contra los infieles. La guerra que los Reyes Católicos llevaban contra el Islam no podía detenerse –ni se detuvo- con la salida de los últimos moros de la Península. Había que perseguirlos hasta el corazón de sus tierras, rescatar el sepulcro de Cristo y derrumbar ese poderío inmenso que había amenazado cambiar la faz del mundo. Este fue el pensamiento constante de los Reyes Católicos y por ello combatieron a los musulmanes y enviaron a Colón a las lejanas costas del Asia. Tan ciertas son estas afirmaciones nuestras y tan clara es la historia de los verdaderos antecedentes del descubrimiento de América, que si alguien pidiese más pruebas de lo que hemos expuesto, podríamos citarle, sin necesidad de recordar que los adelantazgos, las encomiendas y todo el régimen colonizar empleado por España en su lucha contra los moros pasó íntegro a América, un hecho en verdad extraordinario, suficiente, él solo, para evidenciar que los Reyes Católicos organizaron la empresa de Colón como el avance más firme y seguro de las cruzadas en las tierras de los infieles situadas al otro lado del mar. Este hecho, nunca recordado por los colombistas, no admite dobles interpretaciones y es de una elocuencia que termina con todas las dudas. En 1492, mientras se organizaba la empresa de Colón, Antonio de Nebrija compuso apresuradamente una gramática castellana. Esta gramática fue la primera, en un lengua romance, que apareció en Europa. Ningún gramático de Francia, de Italia, de Alemania, de Inglaterra, había pensado, hasta entonces, en componer un tratado para enseñar su lengua a otros pueblos. El confesor de Isabel la Católica, fray Hernando de Talavera –el mismo que había informado que el proyecto de Colón podía paralizar la guerra contra los moros y entonces se ocupaba en preparar el gran viaje- explicó a la reina el por qué Nebrija había compuesto la gramática castellana, con palabras que demuestran, una vez más, cómo en España se sabía, antes del viaje de Colón, que el genovés inmortal llegaría a tierras de infieles, que se dominaría a esos pueblos y que se les impondría la lengua española. ¨Después que vuestra Alteza –decía fray Hernando de Talavera- meta debajo de su yugo muchos pueblos bárbaros y naciones de peregrinas lenguas, y con el vencimiento aquéllos tengan necesidad de recibir las leyes que el vencedor pone al vencido, y con ellas nuestra lengua, entonces por esa arte gramatical podrán venir en el conocimiento de ella, como agora nosotros desprendemos el arte de la lengua latina para desprender el latín¨. América aún no estaba descubierta y ya los gramáticos españoles preparaban la castellanización del Nuevo Mundo: proyecto y profecía admirables que sólo se comprenden dentro del gran propósito español de proseguir las cruzadas contra los moros en las tierras transoceánicas, contra los ¨pueblos bárbaros y naciones de peregrinas lenguas¨.

Con la toma de Granada y el triunfo de la España peninsular, Colón se resignó a emprender su viaje llevando el mínimo de elementos para descubrir y explorar el camino que luego recorrerían ejércitos poderosos sobre cientos de carabelas. Colón, sin saberlo, fue el último cruzado medieval al servicio de los Reyes Católicos que realizó, para ellos, la empresa más extraordinaria de la historia humana. Los duques y marqueses españoles que luchaban contra los moros se lanzaban con sus hombres –en gestos magníficos de heroísmo- a conquistar fuertes  y ciudades. Colón, el soñador de ojos claros que vagaba entre los ejércitos como ausente de esta tierra, fue el héroe más grande de la cruzada española contra el Islam: el más grande y el más genial de todos los cruzados que hubo en el mundo. Concibió la aventura más audaz y portentosa que jamás pudo concebirse: soñó atravesar un mar hasta entonces nunca navegado, dar la vuelta al globo y llevar el poder de los cristianos a las costas más lejanas del Asia. Era la europeización y cristianización del mundo. Los infieles tenían sus ciudades misteriosas, sus ejércitos terribles y sus riquezas deslumbrantes en las tierras lejanas, sólo recorridas por monjes y viajeros fantásticos, de la India y del Asia. Si el mundo cristiano conseguía encerrar al mundo pagano entre una doble fuerza que se iría estrechando desde el Oriente y el Occidente, el triunfo de la cruz sobre la media luna no tardaría en ser definitivo. Colón debió ser claro en sus manifestaciones a los Reyes Católicos. Ellos, especialmente Isabel, no debieron tardar mucho en comprenderlo. Sin embargo, los críticos que han estudiado a Colón nunca se han fijado en esta idea grandiosa y guerrera del inconsciente descubridor. Han querido reducirlo hasta lo insignificante haciéndolo viajar en busca de la Antilla, una isla que nada representaba en cualquier descubrimiento, o sino lo llevaron al Asia, a su verdadero destino, sin explicar el por qué emprendió aquella navegación juzgada imposible. Los primeros, los partidarios de la Antilla, son los hipercríticos que en su análisis de lo infinitesimal dejan inculto el campo enorme de su ignorancia. Los segundos son los que se sienten satisfechos con una comprobación. Muy cierto es que Colón quiso unir las costas de Europa con las de Asia; pero ¿por qué no se dijo nunca cuál fue la causa que llevó al futuro almirante a concebir este proyecto? La respuesta es sencilla: los críticos que estudiaron a Colón hicieron comentarios de documentos y en general estudios genealógicos, pero nunca se detuvieron a situar la figura de Colón dentro de la historia de Europa, a ligar sus ideas con las de los hombres de aquel entonces, en ver qué había de original, de extraño o de lógico en aquel proyecto que para unos era risible y para otros era divino. Toda su vida Colón tuvo una misma idea que repitió en todas sus cartas y en todas sus conversaciones y que lo llevó a la monomanía y al fanatismo: la de unir Europa y el Asia en un solo viaje, la de llegar y haber llegado a las tierras del Gran Kahn, la de encontrar allí mucho oro para reconquistar de los turcos el sepulcro de Cristo. Sus palabras no pudieron ser más claras, sus voces no pudieron oírse más lejos, y, no obstante, los cronistas de todos los tiempos, ofuscados por el descubrimiento de un mundo nuevo, desligaron a Colón de su época, cometieron con él el más monstruoso anacronismo de la historia, lo juzgaron sin citar sus palabras, haciéndolo renegar de sus escritos, desoyendo sus clamores y olvidando lo que fue la ilusión de su vida. Lo convirtieron en un marino moderno, en un loco, en un visionario, en un aventurero, en un comediante que iba vestido de franciscano, en todo menos en lo que fue: un paladín, un cruzado genial como ninguno, que concibió el proyecto de unir los extremos de la tierra para conquistar las riquezas más fabulosas del Oriente y cristianizar el mundo. La figura de Colón como cruzado, que concibe una ruta nueva a través de mares ignotos y une su empresa a aquella lucha secular que Europa y la cristiandad llevaban contra el Asia y el islamismo, es más bella que cualquier otra y nos presenta al héroe inmortal tal cual fue: cruzado silencioso, peregrino del Océano en lucha divina contra el misterio de la tierra. Quiso el destino que en un determinado momento de la historia se miraran a los ojos los personajes más trascendentales de nuestra civilización: Isabel la Católica y Cristóbal Colón: los dos santos no canonizados que hicieron más por el reino de Cristo que muchos mártires muertos por la fe. Isabel salvó a Europa de caer bajo el yugo de los moros y de los judíos, y Colón, al soñar el proyecto de llegar al Asia por una ruta nueva, dio a la Iglesia un mundo para convertir. El destino fue así más generoso con Colón que lo que él mismo había esperado.

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El ropaje de cruzado con que vestimos a Colón no es una tesis hecha de deducciones, sino de hechos evidentes. La historia nos lo muestra sin esfuerzo. Isabel comprendió al punto lo grandioso y magnífico que podía resultar el proyecto de Colón; pero antes de aventurar una armada sobre el Océano quiso echar a los moros de las tierras de España. Por ello no alejó al soñador genovés y lo mantuvo a su lado mientras de realizaba, lentamente, la conquista de Granada.

Colón fue el más puro producto de su tiempo: de este tiempo que todos los historiadores –sistemáticamente- han querido olvidar: del tiempo de las cruzadas, de la lucha intensa y feroz de moros y Cristianos. Colón, que tantas veces anduvo vestido de franciscano, proponía a los príncipes católicos su proyectos magnífico de alcanzar las costas del Asia para enriquecerse y extender la fe de Cristo. Los príncipes cristianos desoían sus propósitos, y él, tenaz en su pensamiento de fervoroso cruzado, iba en busca de otros príncipes hasta hallar al que le diese los medios para realizar él solo lo que los reyes, con todo su poder, no eran ni siquiera capaces de imaginar. Por ello estuvo dispuesto a alejarse de Isabel y Fernando cuando creyó que no le prestarían su apoyo. Lo que a él interesaba no era servir a tal o a cual rey, sino descubrir todos los secretos de la tierra, no dejar misterios en el mar y ofrecer a los hombres una vía nueva que llevase directamente a aquel Oriente deslumbrante donde dominaban los infieles. En las miras de Colón, en sus escritos y en sus palabras se ha querido ver a un usurero, a un codicioso que sólo anhelaba ríos de oro. Hay en esto un engaño de visión. El descubridor prometió mucho oro y trató de buscarlo porque sabía que desde los reyes hasta el último tripulante de su armada no soñaban más que con oro. Todos pedían oro y a todos había que dárselo o prometérselo. Por estas razones Colón se labró la absurda fama de ser un buscador de oro. Fue una injusticia como tantas otras que hubo en su vida. Él vivió siempre en la miseria más grande, durmiendo sobre una tabla y yendo por las calles con hábito de penitente. Si alguna vez deseó oro, mucho oro, no fue para endulzar su vida. Todos saben muy bien para qué fue: lo dijo él mismo en una carta a la reina Isabel: para rescatar el sepulcro de Cristo.

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El 2 de enero de 1492 la cruz de la cruzada  triunfante se levantó en Granada, en la torre de la Vela. Europa entera se estremeció de júbilo cuando supo la noticia. La cristiandad celebró el acontecimiento como un inmenso don del cielo. Todos los países cristianos se unieron para felicitar a los Reyes Católicos por haber vencido a los moros. La lucha secular contra los musulmanes había terminado en España; pero los Reyes Católicos no se dieron un segundo de descanso y prosiguieron la cruzada. La segunda parte de esta cruzada ya no es peninsular, sino mundial. Véase con qué rapidez y precisión se llevaron a cabo los hechos más trascendentales que registra la historia de la Edad Media y de los tiempos modernos. El 2 de enero de 1492, conforme hemos dicho, terminó en la península Ibérica la lucha de ochocientos años seguidos que España llevó en contra del Islam. Tres meses después, el 31 de marzo de 1492, los Reyes Católicos dieron la orden de expulsión de todos los judíos de España. La expulsión de los judíos fue uno de los momentos más terribles de su historia; pero con esta medida España salvó la vida a varios millones de hebreos y se salvó ella misma de ser convertida en un reino judío. El 17 de abril –es decir, diecisiete días más tarde- Colón y los Reyes Católicos firmaron las capitulaciones para el viaje a través del Océano. Esta empresa era superior a los actos de aquellos capitanes que habían entrado solos en castillos y en ciudades de enemigos. Consistía en enviar unas pocas decenas de hombres, en tres bajeles temblorosos, a través de un mar desconocido, a que plantasen la cruz de Cristo en las tierras infieles de las costas de Asia. Para ello los reyes no escogieron como jefe al dique de Medinasidonia, ni al marqués de Cádiz, ni a Gonzalo Fernández de Córdoba, ni a ninguno de los grandes capitanes que tanto heroísmo habían derrochado en la conquista de Granada. Encomendaron la empresa más audaz que hicieron los hombres, a un extranjero que vestía el hábito de penitente, recitaba salmos y esperaba hundir para siempre en poderío musulmán con una nueva ruta que abriría en el mar. A principios del mes de agosto, el día 2, embarcaron a millares los judíos que no habían querido convertirse. El espectáculo ni siquiera puede imaginarse, pues la historia no recuerda nada comparable. Colón lo presenció y al día siguiente, el 3 de agosto, se hizo a la mar con sus tres carabelas, rumbo al misterio que él habría de descubrir. El 12 de octubre Colón llegó a las supuestas costas del Asia. En menos de ocho meses la historia de la humanidad se enriqueció con los hechos más grandiosos que contienen su anales: el fin de las cruzadas europeas, el triunfo del cristianismo sobre el islamismo, la expulsión de los judíos y el descubrimiento de América. La cruzada medieval no había tenido un solo instante de reposo ni de interrupción. Era, desde luego, la misma cruzada contra los moros que seguía avanzando sobre la tierra y sobre el mar. Hasta el 12 de agosto de 1492 la cruzada fue una cruzada española contra los moros y los judíos. El 3 de agosto la cruzada se convirtió en una cruzada de la humanidad, no a Palestina ni a las tierras de los moros, sino a un nuevo mundo que había aparecido en el Océano. El sueño de Colón se deshizo por el hallazgo imprevisto de América. Nadie jamás había soñado en ella hasta que el genovés inmortal la encontró en su camino. Las costas del Asia y de la India siguieron por algunos años tan infieles como antes; pero pronto los hombres de España cruzaron la barrera de América y comenzaron a extenderse por sus puertos extraños y a penetrar en sus ciudades misteriosas. En seguida los siguieron los portugueses que rodeaban el África y la India en viajes larguísimos, y así se fue cumpliendo aquel sueño de Isabel y de Colón que veían la cruz de Cristo sobre las cimitarras turcas y la media luna hundida en el mar.

* NOSOTROS – Revista Mensual – Directores Alfredo A Bianchi y Roberto F Giusti. Tribuna libre, según afirmación de sus directivos. De gran valor como revista cultural de su época.

** De Gandía, Enrique. Historiador argentino, autor de una centena de libros. Nació y murió en Buenos Aires (1906-2000). Ejerció la docencia, como profesor de la Escuela Nacional de Bellas Artes (1948), de la Universidad de Morón (1960) y de la Universidad de Belgrano (1967), cofundando además las dos últimas. Ocupó asimismo la cátedra de Ciencias Política en la Universidad Kennedy (1991). En 1948 se desempeñó como Director del Museo Municipal de Buenos Aires (Hoy Museo Histórico de Buenos Aires, Cornelio Saavedra). Se le reconoció trayectoria con su designación como miembro de número de las Academias Nacionales de Historia (1930), Ciencias Morales y Políticas (1938), Geografía (1956) y de la Academia Nacional de Ciencias (1987). En 1933 participó en la fundación del Instituto Nacional Sanmartiniano, como en 1930 había cofundado el Instituto Paraguayo de Investigaciones Históricas. Esta última institución y el Instituto Histórico y Geográfico del Paraguay lo designaron miembro honorario. También fue miembro correspondiente de la Real Academia de la Historia de Madrid; integró el Instituto Belgraniano y la Academia Porteña del Lunfardo. Doctor Honoris Causa en Derecho y en Filosofía y Letras, presidió varias instituciones culturales nacionales y extranjeras. Se lo condecoró con las órdenes del Libertador Simón Bolívar y Andrés Bello, de Venezuela. Fue Presidente Honorario de la Comisión Argentina de Homenaje al V Centenario del Descubrimiento de América. Recibió el Premio Konex 1984; fue designado por el gobierno de Portugal como Comendador de la Orden de Enrique el Navegante (1991); fue designado doctor honoris causa de las Universidades Nacional de Asunción y del País Vasco. Colaboró con frecuencia en La Nación, a partir de 1927. El mismo se definía como representante de un tiempo que pertenece a la historia. Entre sus obras, se destacan: Historia del Gran Chaco (1929); Límites de las gobernaciones sudamericanas en el siglo XVI (1933); Los derechos del Paraguay sobre el Chaco Boreal en el siglo XVI (1935); Historia de la República Argentina en el siglo XIX (1940); Historia de Cristóbal Colón (1942); Buenos Aires colonial (1957); Bolívar y la libertad (1959); Nicolás Avellaneda: sus ideas y su tiempo (1985); Simón Bolívar: su pensamiento político (1984); Historia de las ideas políticas en la Argentina (1988); Nueva historia de América, la libertad y la antilibertad (1988); Nueva historia del descubrimiento de América (1987); Américo Vespucci y sus cinco viajes al nuevo mundo (1990). Fuentes: La Nación; Wikipedia; varias.

+ Recientemente, la Iglesia Católica ha anunciado que se iniciaron gestiones destinadas a la canonización de la Reina Isabel de Castilla.

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