El monjecito


Figlia figlia Jesé e abballa

Patre patre nun pozzo asci´

Figlia figlia perché perché?

Jé nun pozzo accumpare´

Figlia figlia e che te manca

figlia figlia e che te manca?

A mme me mancano li cazette

E ghiette ´o monaco e accumparette

e li cazette lle facette.

Hija, hija sal y baila
Padre, padre, no puedo salir
Hija, hija, ¿por qué, por qué?
Yo no puedo aparecer.
Hija, hija ¿qué te falta?
Me faltan las medias
Y el monje apareció
y le hizo las medias .

El original en napolitano antiguo. De La Gatta Cennerentola, Giambattista Basile

En su acepción coloquial, al monacello se le endilgaban las travesuras anónimas. Con él, la poemática que se transmite de boca en boca, justificó lo inexplicable, la sorpresa, lo que presentándose como obra de los hombres no permitía, sin embargo,  individualizar responsables

¡Habrá sido el monacello!

Él era un demonio niño con algo de ángel, o un demonio al que aún  se le notaba el origen. Formaba parte de la tradición de los lares, las deidades domésticas de la antigüedad. Esas inteligencias sensibles únicamente en la franja de fábula que tienen las gentes del pueblo. Al afirmarse en el temor de los humildes meridionales, el monacello cumplió un papel revelador y expiatorio: realizaba la justicia de los hechos –como el mismísimo poder sobrenatural- o aún la burla cruel del niño diabólico. De esta forma, ponía en evidencia insospechadas miserias humanas; se convertía en acólito de la realidad más oscura.

En mi recuerdo, el monacello nació con los relatos de tía Luisa, la que recuerdo testimoniando. Pero la tradición del diablo niño la precedía, inflamaba la realidad de miles de existencias peninsulares de antaño, intentaba explicar lo inexplicable. Ese niño rubio, ese niño diablo, que viste siempre un hábito blanco, aparece en uno de los relatos de mi tía, invadiendo el hogar de una pareja de montañeses muy pobres.

El matrimonio vivía de la labranza de una parcela mísera y lóbrega. Habían conseguido arrancarle a esa pobre tierra una cabaña precaria con los enseres imprescindibles y un arado que el mismo hombre había torneado con sus manos. Vivían esperando que sus cosechas mejorasen con cada estación, que con sus ventas pudiesen comprar algún animal del que servirse y obtener así algo de leche. Sin embargo, con cada año que transcurría, sus fuerzas disminuían y su fervor claudicaba; sentían que la mala estrella se cernía sobre ellos.

Cierto día pasó por la región un comerciante de la ciudad que cargaba sus mulas con porcelanas. La mujer del labrador, presa de la codicia, tomó en un descuido del visitante varias piezas de buen valor, que escondió celosamente. Esa misma noche, entre sollozos, confió a su marido la obra de su desesperación y aunque éste no lo aprobase primero, luego acordaron guardarlas para venderlas más adelante y comprar algunos animales con el producido. Pero esa misma noche la desgracia se abatió sobre los ladrones. Despertaron sobresaltados al escuchar cómo en la habitación vecina, desde la oscuridad, un niño reía estruendosamente, mientras se dejaba escuchar el estrépito que producían piezas de porcelana al estallar contra el piso. Toda la noche y hasta el amanecer duró aquel escándalo. La pareja, presa del terror, no se movió del lecho; la mujer gemía escuchando cómo se hacía añicos la fortuna hurtada en el día. Con las primeras luces, los esposos comprobaron atónitos que las piezas de porcelana continuaban intactas en su lugar. Experimentaron la burla, y el terror de la sanción los ocupó.

Por la noche volvió a repetirse la intervención diabólica; otra vez estalló la porcelana contra el piso de piedra rústica, mientras el monacello reía de sus víctimas. Ese día y los subsiguientes, por toda una semana, el demonio se burló de los ladrones. La maleza comenzó a crecer en el prado, porque obligados a dormir durante el día, los esposos no salían a trabajar y, como estaban atemorizados, tampoco atinaban a alejarse gran trecho de la casa. Ambos sabían que debían deshacerse de las piezas de porcelana robada, como único medio de conjurar la intervención del demonio niño; de lo contrario, dejarse morir, con tal de no continuar soportando tanta crueldad, tanta burla.

Había transcurrido una semana de penurias, al cabo de la cual los esposos no tenían un mísero mendrugo del que alimentarse, cuando el comerciante al que la mujer había saqueado, llamó a la puerta de la cabaña. Buscaba sus porcelanas. Los ladrones escucharon de boca del visitante, que un niño rubio de largo hábito blanco lo había visitado en su tienda de la ciudad el día anterior, haciéndole saber que los labradores de la montaña le advertían el olvido de algunas piezas de valor en su pobre casa.

La intervención no volvió a repetirse.

Era imposible ver al monacello. Se lo escuchaba o se lo adivinaba por sus obras, pero no se lo veía. O al menos era difícil verlo. Su apariencia, con ligeras variantes, era sin embargo conocida porque la descripción se propagaba de boca en boca en los testimonios tradicionales. Se sabía, además, que el monacello podía adoptar apariencias distintas para confundir a sus víctimas. Varias veces pregunté a mi tía quién había visto alguna vez al monacello, haciendo aquella descripción del niño de largo hábito blanco y sonrisa angelical. Evidentemente, uno de ellos había sido el comerciante del relato de los montañeses, hasta cuya tienda llegó el monacello. Pero según mi tía Luisa, la primera que había logrado verlo fue una bella joven de Roccanova, a la que pretendía el más poderoso propietario de tierras de la región.

Ella peinaba sus cabellos dorados, como presuntuosamente acostumbraba hacerlo durante buena parte del día, cuando vio al monacello de la única forma en que era posible verlo inadvertidamente. Lo descubrió detrás de sí, reflejado en su espejo de mano. Advirtiéndose descubierto, el monacello se presentó naturalmente a los ojos de la joven y le explicó los motivos de su acechanza.

Le propuso un trato. La muchacha debía aceptar las propuestas de casamiento del poderoso señor que la requería, y al que se resistía creyéndose enamorada de un campesino humilde. Una vez consumado el matrimonio, el monacello se las arreglaría para dotarla de todas las riquezas de su eventual marido, haciéndolo desaparecer y permitiéndole a cambio de la cesión de una parte de su fortuna, disfrutar del mayor bienestar con el dueño de su corazón. Como la doncella era verdaderamente muy ambiciosa, y no había decidido antes su matrimonio con el campesino, porque no dejaba de añorar las riquezas que le ofrecía el viejo hacendado, accedió de inmediato y gustosa, creyendo así concretar sus más fervientes deseos.

Los acontecimientos se desencadenaron muy rápidamente y tal como se conviniera. La joven ocupó la gran casa de su flamante esposo y tuvo jornadas agradables en que nada le faltó. Llegó luego el esperado día en que el viejo hacendado no volvió de una de sus prolongadas cacerías y muy breve lapso transcurrió entre que se diese por muerto al esposo de la joven, y que el campesino destinado a compartir las riquezas y la belleza de la viuda, comenzara a visitar la mansión.

Transcurridos algunos meses y pese a que la joven viuda disfrutaba de gran comodidad, comenzó a intranquilizarla la idea de la consumación del pacto con el monacello. Se preguntaba cuándo terminaría todo ello y el niño volvería a reclamar su parte de la fortuna. Así, poco a poco, le faltó la tranquilidad necesaria para ser feliz con su nuevo esposo y resultó en vano que pasara gran parte del día evocando al demonio con sus espejos.

Cierto día se sintió profundamente cansada al despertar. Casi no pudo mover las piernas al levantarse de la cama,  y una seria opresión en el pecho la obligó a respirar con ritmo acelerado. Tratando de quitarle importancia al malestar, se dirigió hasta el gran espejo ante el cual diariamente se peinaba durante largas horas, y aún sin haberse contemplado sintió que la sangre se le helaba en las venas. A sus espaldas sonaba estrepitosamente la risa cristalina de un niño al que no veía. Al tratar de descubrirlo tras sus hombros, alcanzó a contemplarse en el espejo y pudo reparar en su estado. Había envejecido espantosamente en una noche. Sus cabellos dorados eran ahora estopa blanca; su nariz se había estrechado y caía en gancho sobre sus labios; sus ojos se arrugaban empequeñecidos y habían perdido su atractivo destello azul; sus mejillas eran sólo pálidos estropajos y su boca, la que le había permitido negociar con el diablo y deleitar a su amante, ahora totalmente desdentada, apretaba las encías flácidas.

La viuda comprendió que ése era el precio de su riqueza material y que su sorpresa respondía a que el monacello no había aclarado con qué parte de su fortuna se quedaría. El demonio había elegido justamente el atributo que a él le permitía conservar eternamente su niñez y su risa cristalina. Entonces la vieja rica clausuró las puertas de su casa. Ello fue poco después de que descubriera la fuga –entre sorpresa y terror- de su amante. Entonces lloró desesperadamente hasta sus últimos días. Todavía podrán escucharse, contaba tía Luisa, las burlonas risitas del monacello en los rincones de la casa de Vía San Pietro, en Roccanova.

Una de las últimas historias que narró mi tía, antes de que dejase de verla, fue la del cazador presumido. Se trató de un hombre aficionado a la caza de lobos que, presumiendo de sus fuerzas y de su coraje, se aventuró desarmado en los alrededores de los rebaños más poblados de la comarca, donde merodean las fieras. Estaba decidido a pelear de frente con los lobos, como tantas veces había asegurado a sus compañeros pastores que era capaz de hacer, vanagloriándose por anticipado del excelente papel que haría ante ellos, apareciendo con dos o tres lobos muertos.

Topó efectivamente con un grupo de lobos hambrientos, los que al verse descubiertos y amenazados por el hombrón de apariencia feroz, no tuvieron otra alternativa que presentarle lucha. El hombre llevó la peor parte. Tanto, que apenas pudo escapar de una muerte segura, arañado, mordido y desgarrado por doquier.

Trató de ocultarse de los pastores que se burlarían de él y tomó un atajo por el bosque, para llegar en el más corto tiempo a su cabaña. Estaba entregado a caminar lo más rápido que le permitían sus carnes y huesos maltrechos, cuando vio a la vera del sendero a un anciano abatido, que había caído al fondo de un pozo. Ante esa visión, el cazador olvidó sus heridas por un momento, y se decidió a auxiliar al caído. Lo colocó sobre sus hombros, y pensó en llevarlo a su cabaña para aliviarlo del golpe.

Caminaba el cazador, más penosamente que antes, con el anciano a grupas y éste –que no era sino el monacello- cantaba burlándose del cazador presumido.

– El roto lleva al sano… El roto lleva al sano, y reía burlón.

El cazador, casi sin sentido, preguntaba:

– ¿Qué dices? ¿Qué cantas, pobre anciano?

– Nada, mentía el monacello. – Es que desvarío a causa de mis graves heridas… Y volvía a su canto y a las risitas burlonas.

– El roto lleva al sano… El roto lleva al sano.

El monacello ha sido personaje habitual de mis juegos infantiles. Entonces, animaba centinelas y custodios de los terrenos vedados a mi edad. Ahora, aún antes de su evocación, continúa visitándome y me parece imposible abandonar mi condición de anfitrión.

Pero verlo… Eso sí que no. Pese a que vuelvo el espejo hacia atrás y trato de descubrirlo, cuando casi imperceptible a lo lejos escucho una burlona risita de niño.

Carlos Enrique Cartolano

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s

%d bloggers like this: