Feria de palabras

(c) Carlos Enrique Cartolano, 2011

Parece que no hubo nada
si se mira sin mirarlo.
Todo es malezal confuso,
pero mi huella está abajo.

Atahualpa Yupanqui – De tanto dir y venir

 

 

 

¿Qué palabra?  ¿Qué lenguaje?  ¿Qué idioma?

Con palabras se reflejan realidades o se inventan mundos diversos… Pero: ¿Cuáles palabras? y ¿cuál lenguaje?, y ¿en cuál de las medidas disponibles se cernirán mejor las imágenes que nos atraviesan segundo a segundo, hasta saturarnos?  Los mortales somos imperfectos, vamos siempre por detrás del propósito. ¿Y qué decir de la carrera contra la ambición, si es que no podemos librarnos de su esclavitud?

Advertía Borges: Arribo, ahora, al inefable centro de mi relato; empieza aquí mi desesperación de escritor (…) lo que vieron mis ojos fue simultáneo; lo que transcribiré, sucesivo, porque el lenguaje lo es (1). El autor de El Aleph se sometió al imperio de las imágenes, a la inutilidad relativa de las palabras, a la impericia del narrador. Pero pudo explicarnos por qué: lo que vemos es simultáneo, pero el lenguaje –alfabeto de símbolos sobre los que opera la transcripción- es sucesivo. Y Borges confiesa a un tiempo su ingenuidad y la magia de las palabras cuando recuerda: De chico yo solía maravillarme de que las letras de un volumen no se mezclaran y se perdieran en el decurso de la noche (2).

Por lo que queda dicho, nos parece obvio reconocer que sólo la palabra divina es simultánea. Y creadora por definición: En el principio existía la Palabra; la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios (Juan 1, 1). Y que por lo tanto, la historia de nuestra rebeldía habrá sido, a lo sumo, una relación de búsquedas de palabras comprensivas, totalizadoras (y de su codificación en lenguas de idéntica naturaleza).

En El Congreso (3), Borges vuelve sobre la cuestión, al urgir a su personaje con la elección de un idioma que fuera digno del Congreso del mundo (…) Me asomé al esperanto –que el ¨Lunario sentimental¨ califica de ¨equitativo, simple y económico¨- y al Volapük, que quiere explorar todas las posibilidades linguísticas, declinando los verbos y conjugando los sustantivos. Consideré los argumentos en pro y en contra de resucitar el latín, cuya nostalgia no ha cesado de perdurar al cabo de los siglos. Me demoré asimismo en el examen del idioma analítico de John Wilkins, donde la definición de cada palabra está en las letras que la forman (4).

Claro que esta búsqueda no es un calvario. Por el contrario, es muy placentera. El agrado está en el equilibrio difícil, en el heterogéneo contacto de las palabras. Yo me atrevo a pensar que todos los  artificios de la retórica son reductibles a la oposición, al contraste, y que son tanto más afortunados, cuanto menos burda es la oposición (5).

Los resultados de estas búsquedas son inciertos. ¿Cuánto se lleva recorrido? ¿O cuánto resta para disponer de la lengua simultánea, que nos regale un calce perfecto sobre la realidad? Ernesto Sábato se sorprendió de que en 1978 se celebraran los mil años del castellano. ¿Y qué averiguó don Ernesto? Que en cierto momento del año 978, un monje de San Millán de la Cogolla, en el margen de un manuscrito en latín, escribió anotaciones en una disparatada jerga románica, ignorando que acababa de inaugurar el castellano. Se me dirá que estoy bromeando, pero no hago sino parafrasear los argumentos que se ofrecen para esta celebración. Porque si no, ¿de qué fecha estamos hablando? No tratándose del esperanto sino de una lengua viva, podemos suponer que el buen hombre no inventó el nuevo idioma, formado durante siglos, poco a poco, torpe y balbuceantemente, por analfabetos que para criar cerdos, enfurecerse con la mujer, pedir la comida y amenazar a los chiquilines no iban a aprender a Cicerón. Nunca se sabrá cuánto duró este proceso, que algún purista llamaría de corrupción del latín; primero, porque no anduvimos cerca de ese durante algunos cientos de años, y, segundo, porque tampoco puede establecerse cuándo se alcanza la categoría de montón agregando granos de trigo (6).

Distingamos, finalmente, palabras de idioma. Aunque este último esté compuesto por las primeras, convengamos en que las palabras tienen vida propia. Y que para los que estamos habituados al lenguaje poético, muchas veces una imagen y una palabra nos vienen juntas e inseparables en lo que acostumbramos a llamar iluminaciones. ¿Que tanto El Aleph como El Congreso necesitaran de la estructura de un idioma para levantarse desde él…? Ésa es una cuestión diferente.

Dos continentes, dos conciencias

 

Segunda arista de una misma cuestión. Nosotros estamos en el otro mundo, el que una vez fue el nuevo, después granero o reserva, secularmente y al fin: saqueado.

Desde la torre del oro hasta la minería a cielo abierto en nuestra cordillera, la historia ha distinguido perfectamente entre patrones y servidores (y utilizamos aquí la palabra servidores, como indicativa de servidumbre y no de servicio).

En el terreno de la buena fe nos ha costado siempre entendernos con el europeo; lo mismo sucede en el campo de la cultura. Carl Gustavo Jung (7) dijo que los europeos debían mirarse desde fuera para comprenderse adecuadamente, percibiendo a su vez al americano. Y que a la inversa sucedería otro tanto con los del nuevo mundo.

Sin embargo había advertido: Lo que describimos como colonización (…), difusión de la civilización, etc., presenta también otro rostro, un rostro de ave de rapiña que acecha con cruel avidez el lejano botín, un rostro digno de una ralea de piratas y salteadores. Todas las águilas y demás animales de rapiña que adornan nuestros escudos de armas me parecieron exponentes psicológicos adecuados a nuestra verdadera naturaleza (8).

El psicólogo suizo visitó a los Pueblo de México, ofreciendo la versión de sus diálogos:

¨Mira¨, decía Ochwiä Biano ¨lo crueles que parecen los blancos. Sus labios son finos, su nariz puntiaguda, sus rostros los desfiguran y surcan las arrugas, sus ojos tienen duro mirar, siempre buscan algo. ¿Qué buscan? Los blancos quieren siempre algo, están inquietos y desasosegados. No sabemos lo que quieren. No les comprendemos. Creemos que están locos¨.

 

Le pregunté por qué creía que todos los blancos están locos.

 

Me respondió: ¨Dicen que piensan con la cabeza¨.

 

¨¡Pues claro! ¿Con qué piensas tú?¨, le pregunté.

 

¨Nosotros pensamos aquí¨, dijo señalando el corazón (9).

Como hay dos conciencias, y hubo dos culturas, también tuvimos un lenguaje impuesto por los invasores –nuestro castellano o español- y otras lenguas  avasalladas en su momento, y sólo revalorizadas recientemente. Y fruto de este enfrentamiento de conciencias, culturas e idiomas, tenemos palabras pardas, barcinas y mestizas.

Si bien tal realidad evoca condiciones de vasallaje y mucho dolor, el resultado no deja de ser atractivo, pintoresco, de franco deleite el trabajo con los detritus americanos de la lengua.

Pablo Neruda, en su Canto General (10), concluyó confiando en la única herencia valiosa del invasor: el idioma. Claro que sesenta años atrás, cuando esta obra vio la luz, era poco lo que se sabía de las lenguas de pueblos originarios. Pablo dijo también:

Yo tomo la palabra y la recorro

como si fuera sólo forma humana,

me embelesan sus líneas y navego

en cada resonancia del idioma:

pronuncio y soy y sin hablar me acerco

al fin de las palabras al silencio (11).

 

Y en este otro texto: Todo lo que usted quiera, sí señor, pero son las palabras las que cantan, las que suben y bajan… Me posterno ante ellas… Las amo, las adhiero, las persigo, las muerdo, las derrito… Amo tanto las palabras… Las inesperadas… Las que glotonamente se esperan, se acechan, hasta que de pronto caen… Vocablos amados… Brillan como perlas de colores, saltan como platinados peces, son espuma, hilo, metal, rocío… Persigo algunas palabras… Son tan hermosas que las quiero poner todas en mi poema… Las agarro al vuelo, cuando van zumbando, y las atrapo, las limpio, las pelo, me preparo frente al plato, las siento cristalinas, vibrantes, ebúrneas, vegetales, aceitosas, como frutas, como algas, como ágatas, como aceitunas… Y entonces las revuelvo, las agito, me las bebo, me las zampo, las trituro, las emperejilo, las liberto… Las dejo como estalactitas en mi poema, como pedacitos de madera bruñida, como carbón, como restos de naufragio, regalos de la ola… Todo está en la palabra… Una idea entera se cambia porque una palabra se trasladó de sitio, o porque otra se sentó como una reinita adentro de una frase que no la esperaba y que le obedeció. Tienen sombra, transparencia, peso, plumas, pelos, tienen de todo lo que se les fue agregando de tanto rodar por el río, de tanto transmigrar de patria, de tanto ser raíces… Son antiquísimas y recientísimas… Viven en el féretro escondido y en la flor apenas comenzada… Qué buen idioma el mío, qué buena lengua heredamos de los conquistadores torvos… Éstos andaban a zancadas por las tremendas cordilleras, por las Américas encrespadas, buscando patatas, butifarras, frijolitos, tabaco negro, oro, maíz, huevos fritos, con aquel apetito voraz que nunca más se ha visto en el mundo… Todo se lo tragaban, con religiones, pirámides, tribus, idolatrías iguales a las que ellos traían en sus grandes bolsas… Por donde pasaban quedaba arrasada la tierra… Pero a los bárbaros se les caían de las botas, de las barbas, de los yelmos, de las herraduras,  como piedrecitas, las palabras luminosas que se quedaron aquí resplandecientes… el idioma. Salimos perdiendo… Salimos ganando… Se llevaron el oro y nos dejaron el oro… Se lo llevaron todo y nos dejaron todo… Nos dejaron las palabras (12).

Esto es lo que queríamos decir. ¿Quién mejor que Neruda podría expresarlo?

Diferenciemos otra vez las palabras del idioma. Las primeras son las piedras, la segunda es la montaña, el ventisquero, el Ande, la cordillera. Las palabras son íntimas; el idioma nos parece externo, ajeno en su crecimiento, en sus maniobras masivas. Leopoldo Lugones negó sistemáticamente la pertinencia de la Real Academia española en el idioma de los argentinos (13); al hispanoamericanismo opuso el panamericanismo, aunque desde España le respondieran que este último era la máscara del imperialismo (¡sic!).

Aunque lo de Lugones no fue innovador; ya habían señalado la trascendencia del idioma nacional para la expresión de una cultura patria Echeverría, Alberdi, Sarmiento y Juan María Gutiérrez. Algo en lo que Argentina y México, los dos países indoamericanos de mayor carácter, fueron contestes (14).

La cuestión es muy diferente en nuestros días; hemos comenzado a llamar español al castellano –peligrosamente entiendo yo, aunque el vasallaje cultural responda ahora a otros signos-, y nos encontramos inmersos en lo global, materializados con palabras que imponen ciencia y tecnología al ritmo de los navegadores informáticos.

Mansilla

Leer es empuñar la brújula mientras se marcha. Aunque miremos siempre adelante, el idioma nos brinda conciencia profunda del pasado, recopila y proyecta. Utilizamos palabras de la Edad Media española, cuya desuetudo lleva varios siglos en la península; cargamos las alforjas con palabras de fronteras, que sintetizan dos y más idiomas; incorporamos palabras del quechua, del guaraní, del mapuche; nos damos el lujo de contar con diferentes acepciones de una misma palabra conforme sea la tierra sudamericana que pisemos. Todas estas palabras son vibrantes, coloridas, encendidas, sugerentes, apropiadas a nuestras geografías y al destino que nos debemos.

En la más reciente relectura de Una excursión a los indios ranqueles (14), anoté una veintena de palabras que volvían a llamarme la atención, por su juventud y vejez simultáneas, por su carácter de mestizas, pardas o barcinas. Mansilla, pese a no haber profundizado en las cámaras legislativas su defensa de los aborígenes, nos legó imágenes imborrables en estas cartas con las que concibió su obra magna. Nadie puede dudar ya de su veracidad, aunque no sea toda la verdad, y aunque no fueran todas las palabras, y aunque su mirada continuara resultando afrancesada y propia de una generación que terminó conspirando contra el patrimonio nacional.

Cuando Mansilla fue nombrado Comandante de frontera en Río Cuarto, había concluido la Guerra de la Triple Alianza, que dejó para el porvenir un Paraguay flaco, empobrecido e indefenso, con sólo catorce mil hombres y ciento cuarenta mil mujeres. Muchas de estas últimas asaltadas y violadas durante la final ocupación y saqueo de Asunción.

El Coronel Mansilla, que los ranqueles no dudaron en calificar como un verdadero toro, había propuesto firmemente la candidatura presidencial de Sarmiento –confeso enemigo de los aborígenes-. Al ocupar Don Domingo Faustino la primera magistratura, Mansilla fue designado en una Comandancia políticamente importante. Desde allí marchó el Coronel a los ranqueles, a Marianito Rosas, a Epumer y otros, a los interminables cuentos de fogón, con charqui y choclos, a los cristianos cautivos, a los parlamentos inquietantes, para terminar de convencer sobre algunas cosas…

Lo escuchamos cuando nos cuenta que las mulas son seguras y los caballos son ciegos. Que irse tierra adentro, quiere decir entrar en las tolderías. Que a la conversación se le dice pasto. Que ir hacia el este se dice ir para abajo. Que a la inversa, ir para arriba es marchar hacia el oeste. Y muchísimo más.

Ya para entonces, acaudillaba a los puntanos Don Felipe Saá, y el juego de la chueca, muy parecido al actual hockey sobre césped, convocaba peligrosamente a los naturales rebeldes, como ahora encienden los piquetes a tanto disconforme.

Cuando Juárez Celman perdió su protagonismo merced a la Revolución del Parque, se apagó la estrella de Mansilla. Culminó sus servicios como embajador y murió en París. No faltó quien dijo que para el dandy Lucio Victorio esa muerte resultaba un privilegio.

Vamos ahora al análisis de las palabras. Disfrutemos de nuestra Feria de Palabras.

Achumar(se)

Es emborracharse, como achumado significa borracho, ebrio, en franco tren discriminatorio. Esta palabra procede del quechuismo achuma: fruto empleado por los indios como brebaje alcohólico. A su vez, achuma deriva de ch´uma: escurrir, vaciar y apurar las últimas gotas del contenido de una vasija (15).

No sabemos muy bien por qué esta palabra nos evoca al morado de los españoles, al tumefacto por lo adormilado, y al más americano abatatado por su color. Pero así sucede con las palabras: sugieren, evocan, desatan recuerdos sonoros y arrastran imágenes que traemos con nosotros desde muy lejos.

Asafétida(o)

En el estante A de la feria nos encontramos con esta palabra, que es en realidad una abreviatura de la especie vegetal de la familia de las apiáceas: férula assafoetida. Se trata de una planta herbácea y perenne que llega a crecer hasta dos metros de altura, con un tronco que se desarrolla entre cinco y ocho centímetros en la base vegetal… La flor es amarilla y la planta la produce en grandes cantidades. ¡Pero todo esto no nos dice nada de la acepción que sugiere lo de fétida!

Ahora sí: la plantita trae consigo un olor pungente, sulforoso, que le atrajo apelativos curiosos. En castellano estiércol del diablo; en francés, merde du diable. Tal el sentido que le asignaron los parlantes del siglo XIX: de un olor insoportable.

Y si dicen que los toldos ranqueles olían mal, servirá aclarar que eso era más por el insuficiente curtido de los cueros, que porque los antiguos no se asearan. De hecho, Mansilla se topaba con Mariano y otros cada mañana, cuando volvían de sus baños en aguas del río.

Beberaje

Esta palabrita refiere a bebidas alcohólicas; licores y zumos espirituosas en la jerga rioplatense, aunque Mansilla la utilizaba también con significado de borrachera y sed insaciable. Todo ello sugiere una evolución de la palabra que ha culminado en nuestros días con su nueva acepción de reunión destinada exclusivamente a beber.

Con este último significado se la encuentra hoy en foros y fotologs sudamericanos. Algo que recuerda al novedoso botellón español, a la muy hispana cogorza, a las trancas y mamúas gauchescas que sólo podían alcanzarse con la complicidad de pulperos y esperanzadas nóminas.  Y respecto de estas últimas borracheras, parece que tranca es peninsular en esta acepción, así como mamúa es un típico argentinismo –alusivo al efecto de tetas contundentes en los bebés- que algunos rotulan como lunfardo.

Biznaga

Palabrita que nos suena muy elegante. Se da este nombre a varias especies de cactáceas originarias de América, derivado de huitznáhuac, nombre que recibían las integrantes de esta etnia vegetal en idioma náhuatl. Mansilla aporta decididamente esta información: las chinas ranqueles barrían con escobas de biznaga. Y quedamos preguntándonos: ¿cómo se puede barrer con espinas de cactus? Antes carpir o escardar que barrer en tales condiciones.

Nos faltaba otra acepción de la RAE: Arbusto de la familia de las umbelíferas, de aproximadamente un metro de altura, tallos lisos, hojas con hendiduras muy pequeñas, flores pequeñas y blancas y fruto oval. Por lo que las chinas barrían con vegetales que ya habían nombrado los españoles, antes que con los autóctonos pinchos de cactus.

Y un dato más: a este último tipo de biznaga también se la llamó zanahoria silvestre.

Cancanear

Arribamos ahora a una palabra encantadora por su sugerencia, tanto fonética como lógica. Inevitablemente nos suena a diversión, acción momentánea, disfrute sensual, superficialidad. Y mucho de todo eso queda tras pasar el peine verbal del cancán…

En la acepción de la Academia, cancanear (de cancán) es divagar, vagar, errar o tartajear; también significa en América tartamudear, traquetear, trepidar y vibrar. Y muy recientemente, su acepción ha evolucionado hasta la designación de prácticas sexuales consistentes en mantener relaciones en lugares públicos, siendo sus anglicismos dogging (para los heterosexuales) y cruising (para ambientes gay).

El origen del significado más moderno de este verbo intransitivo español, es seguramente derivado del francés cancaneartartamudear-, para tomar un sentido neológico que concurre con el del inglés dogging. Pero… ¡créase o no se crea, la acepción de Mansilla tiene más que ver con el neologismo que con la acepción tradicional!. Y recordemos que el autor de Una excursión… vivió en Francia, y que de él se predicó notoria mimesis con tal cultura, para asociar de inmediato este verbo con el baile francés en el cual las bailarinas levantan la pierna hasta la altura de sus cabezas, confesando prendas íntimas. Y para decir, de paso, que la denominación del baile tiene que ver con la alusión a la marcha de pato, conforme el nombre que asigna al ave la media lengua infantil.

El origen de la palabra utilizada en Una excursión… es araucano (mapuche decimos hoy), y bien pueden imputarse las coincidencias señaladas antes a la simple casualidad que a la lógica más estricta. En esa lengua vernácula, cancanear es el acto de penetrar en un toldo a deshoras, o durante la noche, y cancán equivale a seducción. Los filólogos franceses pueden averiguar si estos vocablos  se los han tomado los indios a los galos o éstos a los indios; yo sólo sé decir que es muy curioso que entre indios y franceses ¨cancanear¨ y ¨cancán¨, respondan a ideas que se relacionan con Cupido y sus tentaciones (16).

¡Nos queda aún la segunda coincidencia! Para Corominas(17), cancanear como copular carnalmente, que Mansilla atribuye a los indios del sur argentino, viene del quichua kankana –asador-, derivado de Kankan –asar- y kanka –asado- (18). ¡Farragoso, realmente!

Chafalonía

Entre nosotros así se llamaron las joyas de escaso valor. Pero en Europa chafalonías fueron las piezas de plata u oro destinadas a la fundición. Tamaña diferencia conceptual ¿no creen? Que concluye por justificar la liquidación por escasísima contraprestación, de joyas –forzadas chafalonías sin valor- para su fundición por los europeos.

En La mestiza de Pizarro, Álvaro Vargas Llosa cuenta que con el fin de evitar sublevaciones, los conquistadores quisieron hacerle creer a los incas que su naciòn era independiente, o al menos autónoma. Los hermanos Pizarro coronaron soberano al inca Manco Capac II, poniéndole una corona de chafalonía y un manto de lentejuelas (19). Antes de pasar a ser chafalonìa, posiblemente la corona española de Manco Cápac II formara parte de objetos de gran valor étnico y cultural.

Un bloguero no totalmente identificado agrega: Chafalonía no aparece en mi Larousse 2003, ni en el Clave (2004). Sí aparece registrado en el DRAE (2001): conjunto de objetos inservibles de plata u oro, para fundir. Dicho vocablo, que forma pues parte del léxico histórico de la conquista, se registra notablemente en Diccionario de las Américas (1995) y también lo ha tomado Elvira Muñoz en su Diccionario de Palabras Olvidadas o de uso poco frecuente (1993) acompañado del sinónimo algo irónico de ¨chatarra (de plata u oro)¨ (20).

Cuchufleta

 

Su acepción genérica es broma. La condición de palabra en vías de extinción, que comparte con otras aquí recogidas, no variará seguramente por el hecho de designar la página del músico chileno Gregorio Fontén, un artista de la fusión, cuyo conjunto ha sido comparado con Los Jaivas (21), y que compone e interpreta rock, más música experimental y latinoamericana.

Cuchufleta designa también el ardid o engaño, por el cual se hace caer a alguien en error o confusión, o situación de visible compromiso o ridículo frente a otras personas (meter una cuchufleta).

Diantre

Esta palabra identifica al diablo, aludiendo siempre a su habilidad e inteligencia para restar almas en el momento más oportuno. Es un eufemismo cuando se utiliza para decir, por ejemplo: ¡Diantre de niño; qué malo es!. Y enfado o sorpresa cuando se la usa para decir, por ejemplo: ¡Diantre! ¡Eras el último a quien esperaba ver!

Diantre o diantres –se discute si corresponde utilizarlo siempre en número plural, o no- procede del francés diantre, y este a su vez de diable, que deriva del latín medieval diábolus, originado en el griego antiguo diábolos (calumniador), a su tiempo usado como traducción del hebreo antiguo Satán (acusador).

Algunas interpretaciones de nuestras tradiciones lo definen como un diablo pobre y de escaso poder:

El Diantre es el diablo de los humildes y de los tímidos, de los pobres y de los jornaleros; es el diablo de los cansados y de los bobos; de esos que hastiados de la vida y sus reveses, suelen exclamar con amargura:

– ¡Hijue Diantre!

O que, cuando la desilusión trae la resignación forzada, se conforman diciendo:

                   – ¡Qué Diantre!

El Diantre es un diablejo sin poderío espiritual y sin ascendiente; tienta con tanta pereza que nadie le hace caso; no como las tentaciones de ese otro que es convincente, dialéctico y materialista.

El Diantre ejerce un poder muy limitado en los dominios de su patrón; muy pocos le creen o se dejan convencer de sus acechanzas.

Es lo que pudiera llamarse con toda propiedad, entre los de su casta, ¨un pobre diablo¨.

Suele valerse de recursos de tentación tan inocentes para los agonizantes, que no pasan de ser sandeces… Porque para quienes están a punto de abandonar el mundo, tentaciones de dinero y de mujeres, ya no tienen importancia.

Del Diantre desconfían hasta los mismos de su oficio y como es un pobre diablo, sin malicias y sin entendederas, le han encomendado sólo aquello a lo que alcanzan sus capacidades.

El pueblo no le teme al Diantre, y cuando lo menta, generalmente lo hace con desprecio o para mofarse de él (22).

Guadal

Esta palabra identifica a la tierra baja, por lo general inundable. O bien, a tierra arenosa que, cuando llueve y sin que existan declives, se convierte en un barrizal (o barrial). Para el habla rioplatense, guadal es sinónimo de ciénaga, con referencia directa a las trampas de arena que devoraban caballos con sus jinetes, y que el espanto de los aborígenes reconoció como hecuvú mapu (tierras del diablo). Las que hoy llamamos también marismas, o arenales (23).

Estos sitios corresponden en realidad al entorno geográfico del humedal, área misericordiosa en el marco inmisericorde del desierto, lugar al que acuden los pájaros viajeros para prodigarse alimentación, donde desovan infinidad de especies; una verdadera incubadora de la vida animal.

Jagüel

El jagüel es básicamente un pozo de agua. Pero no todo pozo de agua, sino el que sin brocal es ancho y poco profundo, ideal para ser utilizado como bebedero del ganado. Con este alcance, es balsa, pozo o zanja llena de agua –ya artificialmente, ya por filtraciones naturales del terreno- (24).

Etimología del quichua: jagüei o jagüey, aludiendo a pozo que recibe o conserva agua de lluvias o de alguna vertiente natural. La literatura argentina ha mostrado estos jagüeles auxiliando a los viajeros en su estado natural, o bien diestramente adaptados a las necesidades de la explotación pecuaria. Véase, por caso, lo que cuenta Godofredo Daireaux (25):

(…) Mandó avisar al vasco don Martín, para que viniese el día siguiente, sin falta, con el pico, a cavar el jagüel; hizo voltear tres álamos gruesos, de las hileras que cercaban la quinta; buscó en el galpón la soga de cuero crudo torcido que especialmente se reservaba para tirar agua; mandó atar el carro para llevar la represa y las bebederas de madera, que todavía estaban en regular estado, y un tarro de bleque, para pintarlas; cuatro postes y alambre para hacer un cerco que las protegiese; palas y demás herramientas. Pero constatando con dolor, que la manga, hecha de un cuero de potro, era ya completamente inservible, no vaciló; hizo traer la manada al corral, enlazó una yegua gorda y vieja, la degolló, y sin desdeñar de poner a un lado los matambres para adobarlos y hacer un asado, reservó la grasa, siempre tan útil para mil cosas; después, cortó el cuero, redondeándolo, para coserlo al rededor de la gran argolla de fierro, con las mismas lonjas que de él había sacado, de modo que el pescuezo formase, como un caño de embudo; llenando con pasto la manga así improvisada, para que, al secarse, no se fuera a encoger.

El día siguiente, el vasco, con dos peones, y la ayuda de un muchacho que, montado en un petizo, tiraba afuera la manga, limpió el jagüel, enderezó sus paredes, destapó las vertientes, y lo ahondó hasta darle más de un metro de agua.

En los dos años, durante los cuales han estado siempre con agua las lagunas, bien han podido las vacas olvidarse del jagüel; y así mismo, apenas el muchacho, con su petizo echándose sobre la cincha y haciendo fuerza, empezó a hacer chillar el eje mohoso de la roldana, cuando ya algunos animales viejos paran la cabeza y miran por ese lado.

Y al cesar, por un momento, el rechino de la roldana y del molinillo de la represa, cuando sordamente suena, al caer a manojos, el agua, que se desploma en catarata sobre la represa vacía, se paran más cabezas, como soñando, en su actual penuria, de regueros abundantes y límpidos, vertidos, a hora fija, en aquel mismo lugar.

Vuelve a hacerse oír el chillido de la roldana, y vuelve a caer la catarata, y el agua empieza a correr de la represa a las bebederas, con su cantito suave. Ya se acordaron los animales sedientos; no necesitan más llamada; uno por uno, todos, con lentitud, se vienen acercando, siguiendo paso a paso, la sendita vieja y casi borrada que lleva al jagüel.

El muchacho sigue yendo, viniendo, silencioso, en el petizo que hace fuerza; y monótono sigue el crujido del eje, seguido, al rato, por el estrepitoso derrame del agua en la represa.

Tímidas, se paran las vacas, como pidiendo permiso, como si dudasen que sea para ellas el agua que ahora sube en las bebederas, clara y limpia. Tanto ruido las asusta; vacilan; pero pronto se atreve una, estira el hocico, toca el agua, se echa atrás, vuelve y ahora bebe a grandes sorbos, sosegada y voluptuosamente, el agua sana, que para ella el hombre ha sabido sacar del seno de la tierra.

Las bebederas y la represa están llenas; el muchacho se apea y deja resollar el petizo, mirando la hacienda que tranquilamente bebe y, satisfecha, se retira a comer. De cuando en cuando, vuelve a tirar algunas baldeadas y descansa.

Pero, según se conoce, no faltarían clientes si se les dejara hacer. No todos los vecinos han tenido la precaución de don Anastasio, y también conocen la melodía del jagüel sus animales sedientos. Al trote largo, de otro campo, se viene una manada, con su padrillo al frente, las orejas paradas y relinchando, pidiendo o exigiendo, -no se sabe-, su parte del festín. «Pues, señor, no faltaría más,» piensa el muchacho, y saltando en el petizo, les pega a los intrusos una corrida jefe (…) (26).

Entre tanta nota colorida y en boca de un lenguaje chispeante, Daireaux nos ha presentado así nuestro jagüel.

Jareta

Palabra extraña para el lenguaje común, pero muy utilizada aún en la jerga marítima. Alude a un cabo del que se sujetan cosas. El diccionario de la Real Academia dice: Dobladillo que se hace en la ropa para introducir una cinta, un cordón, una goma, etc y que sirve para fruncir la tela (…) dobladillo cosido con un pespunte, que se hace en la ropa para adornarla.

Jareta es de origen árabe; procede de xarita (trenza). En el ámbito marítimo designa la red de cabos o enrejado de madera que, para defensa, cubría horizontalmente el alcázar. También alude al cabo utilizado para asegurar los palos cuando la obencadura ((conjunto de cables gruesos que sostiene los mástiles)) se ha aflojado en un temporal. Y además, el cabo que se amarra y tensa de obeque a obeque, desde una banda a otra, para sujetarlos y asegurar los palos (…).

Donde se sujeta se cierran nudos… Por eso no es curioso que jareta se utilice en Venezuela para designar un contratiempo o una molestia. También es utilizada nuestra palabra en algunas artes de pesca, para designar el cabo que se pasa por las argollas dispuestas en la parte inferior de la red y que sirve para cerrarla por abajo y formar el bolso. Finalmente, en Costa Rica y Honduras, seguramente por aquello del dobladillo cosido, jareta es bragueta.

Loncotear

Acción del loncoteo: deporte de jefes araucanos, y puntualmente ranqueles (Chile y Argentina). Se trataba de una competencia de resistencia, consistente en tirarse respectivamente de los cabellos hacia atrás.

El mismo Mansilla reconoce que, entre los ranqueles, se trataba de un juego de manos bestial. Se educaba a sus nacionales desde pequeños, en  competencias en las que resultarían vencidos aquéllos que soltaran su primera lágrima (27).  Por el contrario, resultaban ¨toro¨ aquéllos que vencían en el tironeo (loncoteo) (28).

Etimológicamente, loncotear proviene de lonco (jefe, en lengua mapuche), como que en Una excursión… son Mariano Rosas y Epumer los que protagonizan peleas tan particulares.

Maturrango

En Argentina, como en Chile, esta palabra designa a quien es pesado en sus movimientos, torpe, mal jinete, brusco en acción y reacción. Y también a quien es capaz de plantar tretas o marrullerías. Resultando que marrullero es el astuto que halagando ((por demás)) a otro, lo engaña (29).

Pero ¡atención! En España y en la América del Sur colonial, maturrango identificó a la población andalusí que se convirtió al cristianismo tras la Reconquista. Y también durante las guerras de independencia se predicó maturrango del español que apoyaba a la metrópoli, sinónimo entre otros motes, de sarraceno, godo, chapetón, gallego y matucho (matungo: caballo viejo e inútil).

De forma tal, este término, que tan frecuentemente encontramos en la correspondencia intercambiada entre los generales San Martín y Pueyrredón, resulta francamente discriminatorio. Porque el criollo volcaba un odio contenido latente durante siglos de sometimiento (…) Esas denominaciones se aplicaban a todo español dedicado al comercio, actividad que más tarde el hijo del país debía heredar, por derecho propio, por justicia revolucionaria. Indio, salvaje, plebeyo, eran las réplicas de los españoles fieles a la monarquía (30).

Patochada

Disparate o metida de pata, que Mansilla predica de algunos dislates escuchados durante la celebración de los fogones diarios. Se entiende también como patochada el dicho o hecho estúpido o grosero, el desatino, despropósito, bobada, torpeza, tontería o disparate. Es un término propio del glosario criollo argentino; no obstante ello, la RAE recoge la palabra asignándole una acepción próxima a las apuntadas, y aclarando que procede etimológicamente de pata.

Posible

Así se llamó al dinero, identificándolo con la disposición de los medios necesarios. Así, el Diccionario Larousse establece que los posibles son rentas o medios del que posee.

Rastrillada

O camino de los chilenos. Rastrillada se llamó a la huella de caballos en tropel, impresa sobre el suelo de la pampa, más comúnmente llamada entonces desierto. El propio Mansilla la definió como los surcos paralelos y tortuosos que con sus constantes idas y venidas han dejado los indios en el campo. Suelen ser profundos, y constituyen un verdadero camino, ancho y sólido (31). Y continuaba relatando que desde Leubucó (Leuvú-co) arrancaban esos caminos para todas partes: Allí es la estación central; salen caminos para las tolderías de Ramón, para las tolerías de Baigorrita, para las tolderías de Calfucurá, en Salinas Grandes; para la cordillera y para las tribus araucanas (32).

Fundantes, estos caminos abiertos a puro galope, pezuña y rastrón de lanceros, hilvanaba aguadas ofreciendo insospechables pistas del destino de cuatreros, carnes y cuero. Y desde un siglo atrás, más o menos, las rutas que previnieron tehuelches, mapuches, pampas y ranqueles, recibieron el oropel del tránsito habitual argentino y chileno.

En 1879 Estanislao Zeballos realizó un viaje de exploración. Llegó hasta Azul en tren y desde allí emprendió en carruaje su marcha hasta Olavarría, pasando previamente por el fuerte General Lavalle. Según él, dos caminos unían Olavarría y el mencionado fuerte:¨el primero, trillado por los indios araucanos desde los tiempos precolombinos, que cruza el continente hasta Chile, y por eso llevó el nombre de Los Chilenos; el otro, hecho por la civilización en la guerra contra los indígenas y denominado del Telégrafo…¨ (33). Después ambas sendas fueron rebautizadas, como ruta de la sal y camino del hilo, respectivamente. El propio Zeballos asegura que ¨de cada toldería parten como hebras de la gran madeja, numerosísimas sendas que se ramifican con el camino de los Chilenos, rastrillada que por aquí mide una milla de amplitud…¨ (34).

Investigaciones posteriores han permitido demostrar que el Camino de los Chilenos unía Valdivia (Chile) con Buenos Aires. Pasaba por Salinas Grandes, continuando por Choele-Choel hasta la confluencia de los ríos Limay y Neuquén, para torcer desde allí hacia Chile a través de los pasos cordilleranos. Estos mismos estudios han demostrado que los pasos nativos precedieron a los derroteros de los realistas.

Enrique M Barba señaló que los conquistadores aprovecharon el gran conocimiento topográfico de los pueblos originarios, y al seguir esas huellas fundaron lo que son las actuales rutas. Los caminos transitados en la pampa por los españoles primero y por los argentinos luego, han seguido la ruta de los usados por los indios, por las rastrilladas. La ruta 5, que parte de Capital Federal a Santa Rosa, sigue la huella del indio por las aguadas de Trenque Lauquen, Lonquimay, Toay, etcétera. El camino de Carhué a General Acha y de allí a Lihué Calel, Neuquén, etcétera, sigue la rastrillada real de los chilenos (35).

De tanto dir y venir hice una huella en el campo, escribió Atahualpa Yupanqui (36). Tal el origen de estas antiguas cicatrices del desierto… Volvemos a los versos de nuestro epígrafe:

De tanto dir y venir
abrí mi huella en el campo.
Para el que después anduvo
ya fue camino liviano.

En infinitos andares
fui la gramilla pisando.
Raspé mí poncho en los talas.
Me hirieron pinchos de cardo.

Las huellas no se hacen solas
ni con sólo el ir pisando.
Hay que rondar madrugadas
maduras en sueño y llanto.

Viento de injustas arenas
fueron mi huella tapando.
Lo que antes fue clara senda
se enyenó de espina y barro.

Parece que no hubo nada
si se mira sin mirarlo.
Todo es malezal confuso,
pero mi huella está abajo.

Desparejo es el camino.
Hoy ando senderos ásperos.
Piso la espina que hiere,
pero mi huella está abajo,

Tal vez un día la limpien
los que sueñan caminando.
Yo les daré, desde lejos
mi corazón de regalo.

Vivandero

Del francés (vivandier), persona que vende víveres a las tropas en marcha o en campaña, transportándolas a mano o teniéndolos en tiendas o cantinas (RAE). También persona que lleva el hato a un poblado y mujer que vende en el mercado de comestibles. De manera que fuera del ámbito del ejército, la palabra se aplica tanto a un productor como a un mayorista, que realizan su mercadería en mercados al menudeo.

En otros diccionarios se advierte otra acepción: hombre que lleva a los pastores que están en el campo la provisión de víveres por unos días, recordándonos entonces a los proveedores de viandas, que bajo diferentes modalidades aún subsisten.

En cualquiera de sus acepciones, tanto en México como en España, la palabra continúa en uso corriente. No en Argentina, Uruguay y Chile.

Pero sí es generalizado el reparo de corruptibilidad a los vivanderos. De tal mácula dan cuenta Fernando Fulgosio y Cayetano Rosell en España (37), tanto como Álvaro Barros (38) y el mismísimo Martín Fierro entre nosotros.

Zaraza

Palabra derivada del árabe: Tela de algodón ancha, poco tupida y muy colorida, con estampados de flores o listas. Se trata de tejido y diseño capaces de adaptarse con facilidad y rapidez a diferentes funciones, cuyos orígenes se remontan al siglo XVII.

De denominación actual chintz (chint en hindi: manchado), esta tela era originalmente producida en La India; en los siglos XVII y XVIII hizo furor en España; entonces se la conocía con la palabrita que llamó nuestra atención: zaraza.

Así fuimos de la estiba de A a la estiba de Z escuchando y repitiéndonos sonidos olvidados en palabras misteriosas, sugerentes. ¿Podremos predicar de alguna de ellas la simultaneidad característica de nuestra mirada…? ¿O serán todas ellas sucesivas, como el propio lenguaje que diariamente nos expresa y cobija? Yo me quedo con cancanear y rastrillada… ¿Y ustedes?

(1) Borges, Jorge Luis. De El Aleph, cuento integrante del volumen que lleva el mismo nombre (1949).

(2) Borges, Jorge Luis. Op cit ut supra.

(3) Borges, Jorge Luis. El Congreso es un cuento integrante de El libro de arena (1975).

(4) Borges, Jorge Luis. Op cit ut supra.

(5) Borges, Jorge Luis. Prólogo a Reposo, de Elvira de Alvear (1937).

(6) Sábato, Ernesto. Los granos de un montón. Integrante del volumen Ensayos, publicado por Seix Barral, junto a las obras completas. Extraído del suplemento cultural de La Nación (07.07.1996).

(7) Jung, Carl Gustav. Los indios pueblo, en Recuerdos, sueños, pensamientos. Barcelo, Seix Barral, 2001.

(8) Jung, Carl Gustavo. Op cit.

(9) Jung, Carl Gustavo. Op cit.

(10) Neruda, Pablo. Canto General. Barcelona, Seix Barral, 1997.

(11) Neruda, Pablo. La palabra.

(12) Neruda, Pablo. Confieso que he vivido –memorias-. Buenos Aires, Editorial Losada, 1974.

(13) Lugones, Leopoldo. El payador (1916).

(14) Alonso, Amado. Castellano, español, idioma nacional. Buenos Aires, Losada, 1968.

(14) Mansilla, Lucio V. Una excursión a los indios ranqueles. W M Jackson Inc Editores –Grandes Escritores Argentinos; 2 tomos-, Buenos Aires, 1947.

(15) Calvo Pérez, Julio y Jorquez Jiménez, Daniel. Estudio de lengua y cultura amerindias, Volumen II, Universidad de Valencia, Depto Teoría de los lenguajes, 1994-1998.

(16) Anaine, Susana. En http://weblogs.clarin.com/revistaenie-elmisteriodelas palabras/2011/04/11/.

(17) Anaine, Susana. Se refiere en Op cit supra al lingüista Joan Corominas (1905-1997).

(18) Anaine, Susana. Op cit supra.

(19) Vargas Llosa, Álvaro. La mestiza de Pizarro. Lima, Punto de Lectura, 2004.

(20) Eliseo (New York), en http://elvocabulista.blogspot.com.

(21) Conjunto chileno de música folklórica y latinoamericana, que ha hecho asimismo fusión con experimental y rock.

(22) Conforme http://www.chispaisas.info/mitos

(23) Véase en especial: Cartolano, Carlos E. Tierra regada –La independencia mal tenida-, Capítulo I. Madeira, Emooby, 2011.

(24) http://www.wikipedia.com

(25) Daireaux, Godofredo ó Geoffroy Francois Daireaux (París, 1839 – Buenos Aires, 1916) se estableció en Argentina en 1868, dedicándose a la explotación agropecuaria, pero también a la docencia y a la escritura.

(26) Daireaux, Godofredo. Fábulas Argentinas: El Jagüel (fragmento). Biblioteca Virtual del Círculo criollo El Rodeo. http://www.edu.mec.gub.uy  /biblioteca_ digital/libros.

(27) Aleza Izquierdo, Milagros; Estrems Rocher, Javier y Teruel Gutiérrez, Francisco M. Estudios de historia de la lengua española en América y España. Valencia, 1999.

(28) Tal como en el Martín Fierro, sólo que payando en vez de loncotear: Yo soy toro en mi rodeo/y torazo en rodeo ajeno;/ siempre me tuve por güeno/ y si me quieren probar/ salgan otros a cantar/ y veremos quién es menos (…).

(29) Diccionario de la Real Academia Española.

(30) Orgambide, Pedro. El racismo en Argentina. Originalmente publicado en Extra de abril 1967. Ahora disponible en: http://www.magicasruinas.com.ar /revdesto 033.htm.

(31) Mansilla, Lucio V. Op cit.

(32) Mansilla, Lucio V. Op cit.

(33) Baliña, Juan Pablo. Rastrilladas, antiguas cicatrices del desierto. En La Nación 12.08.2009. Este autor cita a Estanislao Zeballos en La Conquista de 15 mil leguas. Buenos Aies, Hachette, 1961.

(34) Baliña, Juan Pablo. Op cit.

(35) Barba, Enrique M. Rastrilladas, huellas y caminos. Buenos Aires, Raigal, 1956.

(36) Yupanqui, Atahualpa. De tanto dir y venir. Letra del poeta y cantor folklórico Atahualpa Yupanqui (1908-1992); música de Pablo del Cerro.

(37) Fulgosio, Fernando. La Crónica de la provincia de Zamora, integrante de La Crónica General de España (1869). Rosell, Cayetano, en Historia de sucesos particulares (Guerras contra los moros) (1852).

(38) Barros, Álvaro. Fronteras y territorios federales de las pampas del sur. Buenos Aires, Hachette, –El pasado argentino-, 1975.

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