¿Acaso hubo una tercera parte del Martín Fierro?

Juan Manuel Blanes. El juramento de los Treinta y Tres. Óleo sobre tela 5,64 m x 3,11 m. 1878

Hernández es perfectamente consciente de su indisputada maestría como retratista del gaucho y privilegiado descifrador de los misterios de su alma a partir de su aspecto exterior y ofrece en ambos aspectos un ejemplo deslumbrador de sus habilidades de virtuoso en su única poesía en lengua gauchesca independiente del ciclo de Martín Fierro, la carta que en nombre de éste dirige a su amigo el pintor oriental Juan Manuel Blanes, que acaba de poner su cuadro de los Treinta y Tres Orientales en exposición en Buenos Aires: el núcleo de esta composición relativamente extensa (33 sextinas) lo constituye una sucesión de concisos relatos físicos de la gente subalterna incluida en el lienzo y una reconstrucción de su personalidad a partir de los rasgos de aquéllos.

 

Halperín Donghi, Tulio: José Hernández y sus mundos. Editorial Sudamericana –Inst T Di Tella-

Buenos Aires, 1985. Pág 301. (El subrayado es nuestro)

 

Carta que el gaucho Martín Fierro dirige a su amigo

don Juan Manuel Blanes con motivo de su cuadro

El juramento de los treinta y tres

 

 

 

 

Amigo Don Juan Manuel,

Me alegro mucho que esté

Sano del copete al pié;

Y dispense si en su carta

Algún  disparate ensarta,

Este servidor de usté.

 

Una suya recibí

Puntiada con todo esmero;

Y al verlo tan cariñero

Dije para mí: A este Blanes

No hay oriental que le gane

Como amigo verdadero.

 

Y aunque me llame atrevido

O que a la luna le ladro,

Como ese bicho taladro

Que no puede estarse quieto,

En todas partes me meto

Y me metí a ver su cuadro.

 

Por supuesto los diez pesos

Los largué como el mejor,

Pues no soy regatiador,

Y ya entré a ver dispués

Los famosos Treinta y Tres;

¡Ah cuadro que da calor!

 

Me quedé como azorao

Al ver esa comitiva;

La miré de abajo arriba

Pero ¡que el diablo me lleve

Si parece que se mueve

Lo mesmo que cosa viva!

 

Encima han acomodao

Un sol que valdrá un tesoro:

Lo habrán puesto, no lo inoro,

Como en el naipe español,

Porque habrán dicho esos toros:

A todos alumbra el sol.

 

Y esa gente tan dispuesta

Que su país va a libertar,

No se les puede mirar

Sin cobrarles aficion:

¡Hasta quisiera el mirón

Poderles acompañar!

 

Para mi más conocida

En la gente subalterna;

Mas se ve que quien gobierna,

O lleva la direción,

Es un viejo petisón

Qu está allí abierto de piernas.

 

Tira el sombrero y el poncho,

Y levanta su bandera

Como diciendo: ande quiera

Que flamé se ha de triunfar,

Vengo resuelto a peliar

Y que me siga el que quiera.

 

Le está saliendo á los ojos

El fuego que el pecho encierra,

Y señalando a la tierra

Parece que va á decir:

Hay que triunfar o morir,

Muchachos en esta guerra.

 

Y animando aquella gente

Que á lidiar se precipita,

Mientras se mueve y agita

Oyéndolo hablar el viejo,

Hay uno que desde lejos

Le muestra su crucesita.

 

Cerca de él hay otro criollo

De poncho y de bota fina;

Se ve que en la tremolina

Hará agujero si atropella:

Ha agarrao la garabina

Como pa darles con ella.

 

Y otro de camiseta

Ya deja ver que es soldao;

Está muy arremangao

Como hombre resuelto a todo:

Se le conoce en el modo

Que ha sido algún desalmao.

 

Hay uno de pantalón,

Tirador bordao de seda;

¡Que lo resista quien pueda

Cuando llegue a gritar, truco!

Ha echao al hombro el trabuco,

Y se ha metido en la rueda.

 

Es de pantalón también,

Otro de sombrero al lao:

Es resuelto y animao,

Pero de un modo distinto;

Tiene el naranjero al cinto,

Y parece más confiao.

 

Hay otro viejo gritando

A mí naides me aventaja;

En cuanto suene la caja

He de responder al grito.

Tiene en la mano un corvito

Que ha de estar como navaja.

 

Ese que esta arrodillao

No me deja de gustar;

Uno puede asegurar,

Que va á decir cuando hable:

Todos tienen que jurar

Sobre la hoja de este sable.

 

Ha de haber sido algún bravo

En el ademán se advierte,

Y para estar de esa suerte,

Dijo yo, lo han elegido,

O por ser más decidido

O por tener bota fuerte.

 

Me gusta el de casaquilla;

Se le nota el movimiento,

Como que en ese momento

Tira su sombrero arriba.

A tiempo que pega un viva

Medio loco de contento.

 

Pero entre tanto valiente

Donde lejos se divisa

El que en mangas de camisa

Se hace notar el primero,

Un gaucho más verdadero:

No he visto ni en los de Urquiza.

 

Espuela y botas de potro

Todo está como nacido:

Es patriota decidido,

Resuelto se ve que está:

Para mejor, le ha salido

Medio escaso el chiripá.

 

En el amor y en la guerra

En todo habrá sido igual;

Tiene en trance tan formal

El enemigo en contorno,

Pero no olvidó el adorno

De cola de pavo rial.

 

Le descubre la intención

Todito aquel que lo vea;

Para dentrar en pelea

Revela hallarse dispuesto,

Y, de fantástico, ha puesto

De dragona la manea.

 

Lleva su ropa y sus armas

Como que las sabe usar:

Con gracia sabe arreglar

Su trabuco en la cintura;

Muestra ser, por la figura,

Sin asco para matar.

 

Y además de algunos otros,

Me ha llamado la atención

Uno que está en un rincón

Como quien no dice nada:

Se ha largado a la patriada

Descalzo y de pantalón.

 

Para mí solo decía:

Estos hacen lo que deben;

Y varones que se atreven

Con voluntad decidida

A jugar ansí la vida

Tal vez ni cigarros lleven.

 

Van a libertar su Patria

Peliando con valentía;

Quizás ni ropa tendrían,

Pero nada los sujeta;

Hasta las mesmas maletas

Están ay medio vacías.

 

La garabina y el sable

Que están tirados allí,

Pensé yo al verlos ansí:

O alguno se ha hecho avestruz

O son de aquel de la cruz

Que los ha dejado aquí.

 

A la distancia se llevan

El bote los marineros,

Los mesmos que los trajeron

Se retiran apurados;

Ya se ve que les hicieron

La compaña del horcao.

 

Parece que van diciendo:

¡Ay quedan sin esperanza!

Y vámonos sin tardanza;

Si viene fuerza enemiga

Tal vez ninguno consiga

Escapar de la matanza.

 

Yo los hubiera agarrao

A los que el bote se llevan;

Justo es que á todo se atreva

El hombre que hace la guerra;

Cuanto pisaron en tierra

Debió principiar la leva.

 

No meto en esta coplada

A todos por no cansancio;

Pero debo confesarlo,

Amigo, y se lo confieso,

Yo le saqué los diez pesos

Al cuadro tanto mirarlo.

 

Con esta son Treinta y Tres

Si es que la cuenta no yerro;

Así pues mi carta cierro.

Amigo, me planto aquí,

Ni Cristo pasó de allí

Ni tampoco

Martín Fierro.

 

Buenos Aires, Agosto 20 de 1878

 

Para explicar someramente el texto que ofrecimos:

Los Treinta y Tres Orientales es el nombre con que históricamente se conoce a los hombres liderados por Juan Antonio Lavalleja que, en 1825, emprendieron una insurrección desde lo que hoy es la República Argentina, para recuperar la independencia de la Provincia Oriental (territorio que comprendía lo que hoy es Uruguay y parte del actual estado brasileño de Río Grande del Sur), en ese momento bajo dominio brasileño. Uno de los jefes militares de aquel grupo, Lavalleja, que había combatido contra los portugueses y brasileños junto a Artigas, organizó desde la Provincia de Buenos Aires una expedición militar con el objeto de expulsar a los brasileños y reunir a la Provincia Oriental con las Provincias Unidas del Río de la Plata, tal como había sido la intención del movimiento de los años 1822 a 1823. La expedición, que resultó en la Cruzada Libertadora contó con el apoyo de algunos ganaderos y saladeristas de la provincia de Buenos Aires que veían en la ocupación brasileña de la Provincia Cisplatina un peligro para sus intereses, ya que los saladeros porteños habían visto mermados sus mercados regionales por la competencia de sus similares de Río Grande del Sur, que se nutrían de las arreadas de ganado de los campos de la Cisplatina. Juan Manuel de Rosas, uno de los representantes más caracterizados de ese grupo, había hecho llegar a los exiliados orientales una importante contribución financiera. En 1868 Rosas trasmitía desde su exilio en Southampton datos curiosos acerca de esa expedición: Recuerdo, al fijarme en los sucesos de la República Oriental la parte que tuve en la empresa de los 33 patriotas. Refiere al itinerario y el objeto aparente de su viaje, tal como queda narrado, y agrega: Ello crea una trampa armada a las autoridades brasileras en esa provincia (la Oriental) para que no sospecharan el verdadero importante objeto de mi viaje, que era conocer personalmente la opinión de los patriotas, comprometerlos a que apoyasen la empresa, y a ver el estado y número de las fuerzas brasileras. Así procedí de acuerdo en un todo con el ilustre don Juan Antonio Lavalleja; y fui también quien facilitó una gran parte del dinero necesario para la empresa de los 33…. El 18 de abril de 1825 Lavalleja y sus hombres embarcaron en los puertos bonaerenses de San Isidro y Quilmes y avanzaron cuidadosamente por las islas del delta del Paraná, evitando la vigilancia de la flota brasileña. Por la noche, cruzaron el Río Uruguay en dos lanchas y desembarcaron en la Playa de la Agraciada, también conocida como Arenal Grande, la madrugada del día 19 de abril. Allí desplegaron la bandera de tres franjas horizontales roja, azul y blanca, colores tradicionalmente usados desde los tiempos de Artigas, no sólo en la Provincia Oriental sino también en otras de la región rioplatense. Mucho tiempo después, en 1877, el suceso sería plasmado por el pintor Juan Manuel Blanes. El número de los expedicionarios de 1825 ha sido objeto de diversas controversias a partir de la existencia de varias listas de integrantes, publicadas entre 1825 y 1832. Si bien el número de treinta y tres es el oficialmente aceptado, los nombres difieren de un listado al otro. También debe sumarse el hecho de las deserciones de algunos de ellos, lo que hizo que sus nombres no fueran incluidos posteriormente. Finalmente, cabe agregar que no todos eran orientales, ya que se contaron entre sus filas varios isleños argentinos del Paraná, e incluso paraguayos. La lista era: Juan Antonio Lavalleja, Manuel Oribe, Atanasio Sierra, Pablo Zufriategui, Simón del Pino, Manuel Freire, Manuel Lavalleja, Jacinto Trápani, Pantaleón Artigas, Manuel Meléndez, Gregorio Sanabria, Santiago Gadea, Juan Spikerman, Andrés Spikerman, Ignacio Núñez, Juan Acosta, Felipe Carapé, Juan Rosas, Celedonio Rojas, Avelino Miranda, Agustín Velázquez, Santiago Nievas, Ignacio Medina, Luciano Romero, Juan Ortiz, Ramón Ortiz, Basilio Araújo, Carmelo Colman, Andrés Cheveste, Francisco Lavalleja, Tiburcio Gómez, Joaquín Artigas y Dionisio Oribe.

Juan Manuel Blanes (Montevideo, 8 de junio de 1830Pisa, Italia, 15 de abril de 1901), pintor uruguayo. Fue el pintor de temas históricos más reconocido del Río de la Plata. Nació el 8 de junio en 1830 en Montevideo. Hijo de Pedro Blanes Mendoza, un español que trabajaba de repartidor de pan y de Isabel Chilabert Piedrabuena, Argentina. Era el tercero de seis hermanos, el mayor de los cuales, Gregorio, era quien sostenía económicamente a la familia. Interrumpió su educación escolar en 1841 para trabajar de mandadero en un comercio que quebraría ese año. Hizo en 1844 su primer dibujo conocido, una imagen de la goleta inglesa Comodoro Purvis en la bahía de Montevideo. Durante el Sitio de Montevideo su madre trasladó a la familia al campo, hasta su término en 1851; su padre se quedó en Montevideo, donde murió en 1848. A su vuelta a Montevideo, comenzó a trabajar como tipógrafo en la imprenta del diario La Constitución; de esta fecha son también sus primeros óleos de tema histórico, retratos y alegorías. En 1854 instaló un taller en la calle Reconquista donde comenzó a hacerse conocido en la sociedad uruguaya, pintando retratos por encargo. De una relación con María Linari, nació su primer hijo Juan Luis; con ellos viajó a Salto donde continuó pintando por encargo. También retocó un óleo que había hecho en Montevideo y se lo regaló al General Urquiza con el título Alegoría Argentina. Este obsequio llamó la atención de Urquiza con quien se entrevistó en el Palacio San José. El entrerriano le encargó una serie de obras por lo que se mudó con su familia a Concepción del Uruguay en 1856. También pintó un retrato del General Urquiza. Terminado este trabajo, volvió a Montevideo con su familia aumentada por el nacimiento de su segundo hijo, Nicanor, pero a causa de la expansión de la fiebre amarilla, viajó a Buenos Aires donde permaneció unos meses en los que siguió trabajando exponiendo la obra La fiebre amarilla en Montevideo en el Café de la Armonía. En 1858 obtuvo un nuevo encargo de Urquiza para decorar la recientemente construida capilla en el Palacio San José, por lo que se volvió a instalar en Concepción del Uruguay y trabajó en una serie de siete obras sobre los Dolores de la Virgen María. Terminado este trabajo regresó a Montevideo, donde continuó pintando retratos y cuadros de temas gauchescos. En 1860 Blanes le pidió al gobierno de su país una pensión para viajar a Europa a estudiar pintura por cinco años, y a cambio ofreció el envío de copias de las obras para que su gobierno eligiese; también prometió fundar una academia de pintura a su regreso. El gobierno aceptó. Antes de partir, Juan Manuel se casó con la madre de sus hijos e ingresó a la Francmasonería en Uruguay en la Logia Fe. En Florencia tomó clases con Antonio Ciseri; también complementó con estudios de Anatomía Pictórica y Dibujo Geométrico. Realizó dibujos en base a modelos de yeso, estudios de pliegues y desnudos, todo dentro de la corriente academicista. El primer envío de obras a Uruguay no llegó a destino porque naufragó el barco en el que viajaban. Pero el segundo, de 1863, que sí llegó, con dos óleos para el gobierno y dos más para regalos particulares, le alcanzó a su hermano Mauricio para gestionarle un aumento de la pensión, que le fue concedido. A pesar de ello Blanes decidió regresar a su país ya que dependía enteramente de la pensión que le otorgaba el gobierno de Bernardo Prudencio Berro, que estaba enfrentando en ese momento la Cruzada Libertadora de 1863 liderada por Venancio Flores. Ya en América, proyectó abrir una Escuela de Dibujo Académico en Buenos Aires, que no prosperó; también realizó el cuadro histórico Ataque a Paysandú adquirido luego por Venancio Flores a quién también le hizo un retrato ecuestre. Vuelto a Uruguay, viajó a Paysandú y retrató a dos militares muertos en la defensa de Paysandú, el Coronel Leandro Gómez y el General Lucas Píriz; también pintó un Escudo Nacional por encargo del Gobernador Delegado para el Salón de Honor del Fuerte de Gobierno. Envió un proyecto a la Comisión Económico-Administrativa de Montevideo para realizar dos cuadros patrióticos aunque esto no llegó a concretarse. Paralelamente a estas obras de historia, realizó cuadros de gauchos y temas costumbristas que expuso en su taller y en la Casa Bousquet en 1866. También obtuvo la subvención para fundar la Academia de alto y serio Dibujo que abrió sus puertas en marzo de 1867, pero las cerró al año siguiente por la falta de alumnos y el coste que significaba. En 1868 el presidente de Uruguay Lorenzo Batlle le encargó a Blanes un retrato oficial de su predecesor Venancio Flores, asesinado ese año, además del cual pintó Asesinato de Venancio Flores. Luego ejecutó el Asesinato de Florencio Varela, en 1870. En 1869 envió a Urquiza, en Concepción del Uruguay un retrato ecuestre, junto con una carta en la que le cuenta a su viejo mecenas: Excelentísimo Señor: alentado por V.E. en el arte que profeso, lo estudié rigurosamente cuatro años en Europa, ayudado por el tesoro público de mi país. Cuatro años más corren ya desde mi vuelta a América, a mi patria. Las esperanzas que traía han sostenido una lucha horrible con la condición de los tiempos que mi país atraviesa. Esas esperanzas sucumben ya, Señor, bajo el peso de una adversidad para mí. La pintura fue tajeada a lanzazos el día de la muerte de Urquiza. De 1871 fue Un episodio de la Fiebre amarilla en Buenos Aires a la que multitudes van a ver en su exhibición en el foyer del Teatro Colón. Dos años después fue seleccionada para la Exposición Internacional de Viena. A raíz del éxito de esta obra, se le encargó un cuadro con el General San Martín, como tema central, para lo cual eligió la revista de tropas en la cañada de Rancagua en 1820. Después de documentarse sobre el hecho terminó la obra, que fue expuesta en Buenos Aires en julio de 1872, en su taller. El gobierno argentino no la adquirió porque no la consideró un episodio de historia argentina. Después de terminada la obra, Blanes corregió el paisaje de fondo después de haber visitado Rancagua en su viaje a Chile. En 1878 El gobierno de Uruguay compró esta píntura y se la regaló al gobierno argentino con motivo del Centenario del General San Martín. También proyectó varias telas de temas históricos de Argentina: El fusilamiento de Liniers, El cabildo abierto del 25 de mayo de 1810, La Conspiración de Alzaga y La Batalla de Maipo que no se concretaron. Algunas de las que sí concretó fueron El Cabo de Patricios Orenzo Pío Rodríguez sobre la defensa de Buenos Aires durante las invasiones de 1807, y Los Últimos Momentos de José Miguel Carrera, basado en un libro de Benjamín Vicuña Mackenna, sobre el encarcelamiento del General. Viajó a Chile para exponer en el Foyer del Teatro Municipal de Santiago La Revista de Rancagua y Los Últimos Momentos de José Miguel Carrera. Durante el viaje, que fue en barco, apuntó paisajes que luego utilizó para pintar una serie de marinas y en Chile realizó algunos retratos por encargo y viajó para tomar apuntes a Rancagua y a Maipo. Los Últimos Momentos… tuvo muy buena aceptación y en 1875 se expuso nuevamente como parte de envío uruguayo a la Exposición Internacional de Artes e Industrias junto con cinco Marinas y otros óleos, y obtuvo una medalla de segunda clase. Le ofrecieron la dirección de la Escuela de Pintura, pero rechazó este cargo. A su vuelta a Uruguay pintó por encargo un telón de escena para el Teatro Solís, publicó su primer artículo sobre arte y fundó la Sociedad de Ciencias y Artes. También viajó a la Estancia Casablanca en el departamento de Soriano para tomar apuntes del natural para su siguiente obra El juramento de los Treinta y Tres; también pintó el óleo Estancia Casa Blanca y una serie de Cuadros Costumbristas. Para documentarse sobre el episodio histórico evocado por el primero de los recién mencionados, Blanes viajó en 1875 al lugar del desembarco en el mismo día y mes del acontecimiento, para tomar apuntes de luz y coloración lo más fieles posibles. El último día de 1877 se descubrió el cuadro en el taller del pintor ante el Presidente de la República Lorenzo Latorre y estuvo en exposición durante enero del año siguiente. En las calles se entregaba un panfleto con la descripción de le obra y sus protagonistas. Blanes mismo leyó una memoria explicativa en la sede de la Sociedad Ciencias y Artes. A fin de ese mes regaló el cuadro al gobierno Uruguayo. El eco de la obra llegó a la otra margen del Río de la Plata y el gobierno argentino pidió la obra prestada para exhibirla en una exposición que inauguró el Presidente Avellaneda. El juramento… viajó junto con el obsequio de Uruguay, La Revista de Rancagua.

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