Lope de Aguirre

La ira de Dios

Transcurre la primera mitad del siglo XVI. Gobierna en España y sus inmensas posesiones de ultramar don Felipe II, llamado el Rey Prudente, (en cuyos dominios no se pone el sol). Nos encontramos en plena conquista del Nuevo Mundo. En México, Hernán Cortés, después de hacer quemar sus naves con el fin de impedir el regreso a la Península, somete a sangre y fuego la tozuda resistencia de los aztecas, acaudillados por su último emperador Cuauhtémoc, a quien tortura y ajusticia en la horca. En Chile, Pedro de Valdivia no logra reducir a las feroces tribus araucanas, con su caudillo Caupolicán a la cabeza. En nuestro país, don Gonzalo Jiménez de Quesada y los demás conquistadores no necesitan, sino muy excepcionalmente, recurrir a la violencia para doblegar la escasa resistencia (circunscrita a los indómitos indios pijaos) que encuentran a su paso en nuestro territorio. En cambio, Francisco Pizarro en el Perú se ve en calzas prietas para someter a los incas, a cuyo cacique, Atahulpa, hace morir descuartizado en la plaza mayor de Cuzco.

Entre los seguidores incondicionales de Pizarro se ha colado un aventurero llamado capitán Lope de Aguirre. No es ningún valiente. Muy al contrario, es un sujeto de la peor laya a quien todos detestan por su fanatismo, crueldad y capacidad para la traición.

Y no exageran. Muy pronto los hechos se encargarán de demostrar que todo ello es cierto. En efecto, se rebela contra su superior, recluta un puñado de partidarios tan locos y desleales como él, ejecuta a sangre fría al Gobernador don Pedro de Arsúa y luego a don Fernando de Guzmán, nombrado por la Corona española Príncipe del Perú.

Perseguido por Francisco Pizarro, huye con unos cuantos seguidores, internándose por el río Marañón o Amazonas. Lo recorre en una balsa desde su nacimiento hasta su desembocadura. En sus delirantes fantasías, Aguirre sueña con destronar a su monarca Felipe II y coronarse como soberano de un hipotético Imperio Amazónico, con capital en Lima, la opulenta ciudad de los Virreyes, pero no sin antes darse el gusto de ver desollar vivos a Pizarro y a su compañero de conquista, Diego de Almagro. A lo largo de su descabellada aventura por el Amazonas, Lope de Aguirre no vacila en hacer ahorcar a su confesor sólo porque éste se niega a darle la absolución. Hace colgar también a varios de sus secuaces, acusados de real o supuesta insubordinación. Pero es que ni siquiera escapa a su vesanía su propia hija adolescente, a la cual estrangula él mismo ante la mirada estupefacta de sus huestes, temerosos de que la quedan señalando como la hija del traidor.

Hastiados ya de tanta demencia y brutalidad, los miembros de su ya diezmada tripulación deciden por fin deshacerse del bárbaro, a quien acorralan y hieren de un arcabuzazo para luego proceder a descuartizarlo todavía vivo.

En los estertores de su agonía, el tirano deja escapar un último alarido estremecedor: “yo soy la ira de Dios”. Y, al propio tiempo, la embarcación desaparece para siempre como devorada misteriosamente por la espesa niebla que emerge del océano al recibir el gigantesco caudal del Amazonas en su desembocadura.

Meses después, no muy lejos de Madrid, en la capilla del Monasterio de San Lorenzo del Escorial, inmensa mole mandada a construir en forma de parrilla invertida (San Lorenzo, diácono mártir, murió asado en una parrilla) por Felipe II, el taciturno monarca interrumpe brevemente sus rezos para escuchar la noticia que le llega desde América: El traidor Lope de Aguirre, “la ira de Dios”, ha muerto. Felipe de Austria no deja traslucir su complacencia y sólo acierta a musitar: “Contra el Rey de España es posible que se rebele impunemente cualquiera de sus súbditos. Pero contra Dios, eso es imposible. Porque siempre habrá un castigo para el insensato que incurra en semejante desatino”.

 

Artículo inédito publicado a la memoria del abogado, Silvio González, colaborador habitual de estas páginas (( Ignoria )) fallecido recientemente.


Fuente: http://tinyurl.com/2nv7fj

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