Borges y Bioy Casares: una vez más

En La Biela, las figuras de Borges y Bioy forman parte del entorno

En La Biela, las figuras de Borges y Bioy forman parte del entorno

Borges y Bioy en El sueño de los héroes

 

Es extraño cómo se puede revelar la amistad entre dos escritores a través de su literatura. Pero por raro que parezca esto se verifica, sobre todo, en los textos de Bioy Casares. Motivó este apunte la lectura “en clave de comparación” de la novela de Adolfo Bioy casares El sueño de los héroes. Es de todos conocida la larga amistad que éste mantuvo con Borges, con el que cenaba todos los días, y con quien escribió en colaboración bajo el seudónimo de Honorio Bustos Domecq. Esta amistad, que por despareja en el terreno de la edad (Bioy Casares era mucho más joven) uno se siente tentado a llamar paternidad, se trasluce en el terreno literario. Hay como resonancias de Borges en los textos de Bioy Casares. Una cierta arquitectura del fraseo, una elección de ciertos adjetivos que se entrevé compartida entre los dos escritores.

Sin embargo, el estilo de Bioy Casares es más vital, y por eso sus textos en comparación con los de Borges parecen más “desprolijos”, como si fuesen borradores de una escritura que en un futuro y luego de correcciones y omisiones de los superficial y lo contingente pudiese convertirse en otra literatura, precisamente la de Borges.

Los dos comparten el gusto por la tragedia y por la valentía; o por la búsqueda de esa valentía por parte de sus personajes. Preocupación de muchos escritores del siglo XX (verbigracia Hemingway). Gauna, el personaje principal de El sueño de los héroes duda todo el tiempo sobre si es un valiente o un cobarde. Quizás ese tema, que no preocupa demasiado al hombre de hoy en día, fuera central en una época donde cualquier maestro, albañil o ciudadano común, pudiese convertirse en un instante en soldado u oficial en el frente europeo de la primera o la segunda guerra mundial.

Otro elemento que los dos explotan es cierto tono burlón, que sin llegar a ser humorístico se relaciona con una mirada irónica e inteligente (ironía e inteligencia se implican mutuamente) de la vida. Y ese tono aligera en muchos tramos de su literatura la tragedia o la angustia que viven los personajes tanto de Bioy Casares como de Borges.

Dicen que Silvina Ocampo, esposa de Bioy Casares, refería que cuando estaban juntos los dos autores se tornaban insoportables; precisamente porque se comportaban como adolescentes bromistas. Dicen también que la noche en que los dos escritores se conocieron en la famosa casa de Victoria Ocampo, fue tal la empatía que sintió el uno por el otro que pasaron toda la noche charlando entre ellos sin prestar atención a los demás. Lo cual motivó que Victoria se acercara y los espetara: “No sean mierdas y hablen con el invitado”; que por aquel entonces era, si mal no recuerdo, Graham Greene.

Pero, y a pesar de que la literatura de Bioy Casares se ha visto muchas veces en la desventajosa posición de describirse como una obra “a la sombra de” la de Borges, puede decirse a su favor que es más efectivo que su amigo a la hora de construir personajes veraces. Y aunque esto se ve viciado de valoración personal y de gusto, esa literatura de Borges estilísticamente perfecta, deslumbrante de erudición e inteligencia, se ve penalizada a la hora de dar carnadura a sus personajes. Estos son más que personas simuladas, elementos para una alegoría mayor, aquella que se desprende de todos o casi todos los textos de Borges. Dos guapos batiéndose a cuchillo en la madrugada de los arrabales porteños, Cruz poniéndose del lado de su perseguido Martín Fierro en otra madrugada campera, no son más que elementos de una trama superior, de un ensamble literario parecido a la perfección, que los implica. Quizás en ese sentido no pueda hacerse más por ellos, si se profundizara en sus personalidades se perdería el tono general de lo que Borges buscaba: hablar de los grandes temas de la existencia y la filosofía a través de la literatura. En este sentido Bioy Casares parece más “libre” para construir sus personajes, para darle veracidad de existencia, de probabilidad; para apuntalarlos de detalles y hacerlos creíbles al lector. Gauna, el Dr. Valerga, son personajes ficticios que pueden haber deambulado por la noche de los carnavales de 1927. Es verosímil su existencia, y en el caso de Gauna su angustia.

“Gauna vio un dormitorio, con una cama de nogal enchapado, con una colcha celeste y una muñeca negra de celuloide, con un ropero, de igual madera que la cama, en cuyo espejo se repetía la muñeca y la colcha…”. La enumeración, algo farragosa, es de Bioy Casares; pero la inclusión del espejo y su esperado funcionamiento que hace innecesaria la frase “en cuyo espejo se repetía la muñeca y la colcha” son de inconfundible cuño borgeano.  Con eso no estamos diciendo necesariamente que todos los espejos, los laberintos y los minotauros incluidos en la literatura universal sean un plagio a Borges. Pero en el caso de Bioy Casares, tan cercano a Borges y su literatura, que en la descripción de un cuarto haya incluido un espejo como elemento inquietante, que activa esa descripción llana y objetiva de un escenario dándole otra dimensión; sugiere una influencia, un homenaje, o un mero horizonte de elementos compartidos.

Bioy Casares sí emprende una aventura a la que Borges nunca se asomó. La novela. El sueño de los héroes es una novela corta, aunque también puede tomarse por un cuento largo; tal como la Invención de Morel. Es evidente que la arquitectura de El sueño… no puede desarrollarse en un espacio breve como el de un cuento, necesita el aire de una novela corta, pero naufragaría en una de largo aliento. Casares escribe, sino con concisión, porque su escritura es de frases largas y se atarea muchas veces en consideraciones y descripciones que no hacen a la esencia de lo narrado (aunque  tienen un encanto inconfundible y configuran una parte interesante de su estilo); sí se constriñe en redactar capítulos cortos; a veces de una única página. El sueño… es en tal sentido una novela absolutamente contemporánea, que mantiene la atención con este ritmo rápido de los capítulos que se suceden, muchas veces cambiando repentinamente el escenario para dar una pincelada especifica sobre tal o cual sensación del protagonista en un momento determinado. Por ejemplo la descripción de un estado de ánimo (el desgano, el cansancio de Gauna tras tres noches de juerga) impulsa al autor a escribir todo el breve capítulo sobre la jornada de Gauna en su trabajo como mecánico. Eso obliga a Bioy Casares a crear un escenario verídico, incluir otros personajes difusos (los compañeros de trabajo) y uno más enfocado (el jefe del taller); y una escena que se desenvuelve en ese escenario; todo con el único objetivo de concluir en la frase: “Quería irse a casa a dormir”. Donde se manifiesta esta suerte de spleen en el que se sumerge Gauna luego de su aventura y eje de la trama (reventarse mil pesos ganados en el hipódromo en sendas noches de farra compartidas con amigos).

Si bien el riguroso estilo de Borges no hubiese consentido personajes con nombres como el Brujo Taboada o Gomina Maidana, que desarrollan sus destinos ficticios en el El sueño…, y cuyos apodos, por risibles, más se acercan a personajes que pudo haber imaginado Alejandro Dolina (otro gran deudor de Borges); ni tampoco ciertas libertades que se toma Bioy Casares que a veces emparentan el texto con lo coloquial; sí se encuentran, como perlas engarzadas en un tejido basto, estas pequeñas joyas con destellos borgeanos (pido perdón por la recargada metáfora). “Tuvo un secreto placer en contrariarse”; “Antúnez estaba muy nervioso, muy alagado, muy asustado”; “Se encontró, desde luego, muy solo”. Es difícil precisar qué parte de esas frases suena a Borges, el estilo de un autor es una suma de cosas definidas que se tornan difusas en el conjunto. Armonizando con otros elementos extra borgeanos, encontramos estas pequeñas obritas de arte, como figuritas adorables danzando en un paisaje laboriosamente elaborado para que ellas se destaquen.

Puede parecer antipático juzgar a una autor a la luz de sus influencias. Sin embargo, Borges mismo vivió refiriendo las propias, y sus recomendaciones y simpatías literarias son un buen camino para introducirse en el mundo de la literatura; si bien el mapa que Borges ofrece tiene mucho de anglosajón.

La controvertida María Kodama tuvo el exceso de describir a Bioy Casares como el “Salieri de Borges”. Borges por su lado, comentó en algún momento en una entrevista que, al inicio de su amistad de cincuenta y seis años con Bioy Casares, Bioy era el maestro. Ni una cosa ni la otra; Kodama pecó por atrevida (y SADE la condenó en un acto de desagravio), y Borges elaboró seguramente una broma parecida a la humildad que lo ponía a él por debajo de su amigo. ¿Podemos pensar en una impostura tal que pusiera a Borges como secreto Salieri de Bioy Casares?

Una vez Mick Jagger refirió: “Uno se encuentra con David Bowie y él nos elogia nuestros zapatos nuevos. Tanto le gustan que va y se compra los mismos. Por algún motivo, todos creen después que él fue el primero que los compró”. ¿Podrá suceder lo mismo entre Borges y Bioy Casares? ¿Confundimos quién fue maestro de quién? Lo dudo, pero si fuera cierto, sería uno de los últimos y más perfectos chistes de dos brillantes bromistas.

 

Fuente: Libros viejos – El cazador literario ©

 

Ilustración:  Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares, bastante jóvenes aún…

borgesybioy

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