En los mares del sur. Robert Louis Stevenson

Un entierro pomotuano

 

No, yo no tenía la menor idea de los terrores que atormentaban a aquellos hombres. Sin embargo, ya antes de eso había recibido un aviso, pero no lo comprendía; fue en un entierro.

Un poco retirado, en la avenida principal de Rotoava, en una choza baja de hojas que se abría a un terreno cercado, como una pocilga en un corral, un anciano vivía con su avejentada mujer. Quizás fueran demasiado viejos para emigrar como los demás. Lo cierto es que se habían quedado allí y los invitamos a una fiesta. Les costó decidir si acudirían o no, y el marido se debatió entre la curiosidad y la consideración de su ancianidad, pero acabó ganando la primera; se presentaron, y en medio de la celebración la muerte le dio un golpecito en la espalda. Durante algunos días, cuando el cielo estaba despejado y el viento era fresco, extendía su estera sobre el gran camino principal de la población; permanecía allí, quieto, acostado, pobra despojo humano, junto a su mujer, sentada a su cabecera e igualmente inmóvil. Parecían elevarse encima de nuestra necesidades y facultades; no hablaban, no escuchaban, no nos miraban siquiera cuando pasábamos por su lado; la mujer no se movía, no parecía cuidar a su esposo; los dos pobres vejestorios estaban allí, juntos, bajo la alta bóveda de palmeras, la tragedia humana reducida a sus elementos básicos, una escena que iba más allá del patetismo y excitaba un estremecimiento de curiosidad. Un detalle de este caso dramático me obsesionaba: pensar que la juventud y los deseos habían circulado por aquellas venas moribundas, y que aquel hombre había malgastado sus últimos restos de vida en una fiesta.

El 17 de septiembre, por la mañana, el infortunado murió, y como el tiempo apremiaba se le enterró el mismo día, a las cuatro. El cementerio estaba situado junto al mar, detrás del edificio del gobierno; la superficie se halla cubierta  de trozos de coral, a modo de gravilla; cruces de madera y unas pocas piedras pequeñas indican las tumbas; un muro de la altura de un hombre lo rodea; macizos de arbustos le dan sombra con un follaje pálido. Allí, aquella mañana, unos enterradores inquietos cavaron la sepultura al son del mar cercano, bajo los gritos de las aves marinas, mientras el muerto esperaba en su choza, y la viuda y otra anciana permanecían apoyadas contra la empalizada, frente a la puerta, con los labios mudos y los ojos inexpresivos.

A la hora exacta, el cortejo se puso en marcha, con el ataúd envuelto en un paño blanco y llevado por cuatro hombres; la comitiva fúnebre era poco numerosa, pues había poca gente en Rotoava, y sólo algunos vestían de negro, ya que eran pobres; los hombres llevaban sombrero de paja, chaquetas blancas y pantalones azules, o bien el vistoso pariu multicolor, el kilt tahitiano; las mujeres, con algunas excepciones, lucían alegres atavíos. Al final iba la viuda, que portaba, con evidente dolor, la estera del difunto; como una criatura sin edad, igual que una antorcha apagada.

El muerto había sido mormón; pero el sacerdote de esta confesión se había marchado con el resto de la población para tomar posesión de sus propiedades en la isla vecina, y un abogado lo reemplazó. De pie, al lado de la fosa abierta, ataviado con una chaqueta blanca y un pariu azul, con la Biblia tahitiana en la mano y un ojo tapado con un pañuelo rojo, leyó solemnemente aquel capítulo de Job que todos hemos oído leer ante los restos mortales de algún familiar y recitó dos plegarias con vos fuerte. Junto a la verja del campo santo una madre, vestida de rojo, amamantaba a su hijo envuelto en un paño azul. La viuda, sentada en el suelo, en medio del recinto, pulimentaba una de las varas del ataúd con un trozo de coral; un instante después se volvió de espaldas a la tumba y comenzó a juguetear con una hoja. ¿Comprendía algo de lo que ocurría? ¡Sólo Dios lo sabe! El oficiante se interrumpió por un instante, se inclinó y recogió un puñado de coral, que dejó caer respetuosamente sobre el féretro. Polvo sobre polvo; sin embargo, los granos de este polvo eran gruesos como cerezas, y el polvo que debía venir luego estaba sentado allí, todavía aglomerado (como por milagro) y tenía la trágica apariencia de una mujer de aspecto simiesco.

Hasta el momento el entierro, mormón o no, era cristiano. Se había leído el conocido pasaje de Job, se había recitado los rezos, la fosa se había ocupado y los concurrentes se habían despedido. Con las únicas diferencias de una tierra algo más gruesa arrojada sobre la caja, el ruido más cercano del mar, una luz más intensa y algunas incongruencias en el color de los vestidos, se  había observado el ritual.

Según dictaba la costumbre, el entierro debía haberse desarrollado de otro modo. La estera debería haberse sepultado con su propietario, pero como la familia era pobre, la guardaron prudentemente para otra ceremonia. La viuda debería haberse arrojado sobre la tumba y haber expresado a gritos su dolor, los vecinos se habrían unido a ella, y en la pequeña isla habrían resonado estos lamentos durante cierto tiempo. Sin embargo, la viuda era anciana; quizá lo había olvidado ya, quizá no lo había comprendido nunca, y allí estaba, jugueteando con unas hojas y con las varas del ataúd. De todos modos, mi invitado había sido inhumado con ritos poco corrientes. Resultaba extraño pensar que su último placer consciente hubiera sido asistir a la fiesta que ofrecí en la Casco; extraño pensar que había acudido allí renqueando, como una vieja criatura en busca de algún nuevo bien; y ese nuevo bien, el reposo, le había sido concedido.

No obstante, aunque la viuda se hubiese olvidado de muchas cosas, había una que no habría olvidado jamás. Se marchó con la comitiva, pero dejó la estera del difunto sobre la tuba, y supe que, al ponerse el sol, regresaría para dormir allí. Esta vigilia es de rigor. Desde la puesta de sol hasta que aparece el lucero del alba, el pomotuano debe velar los restos de su pariente. Si el difunto ha sido un hombre de importancia, muchos amigos le harán compañía; acudirán abrigados para protegerse de la intemperie; me parece que llevan algún alimento; el rito se sigue durante dos semanas. Nuestra pobre superviviente, si realmente sobrevivía, apenas tenía nada para abrigarse y pocos amigos que le hicieran compañía. La noche del entierro, un fuerte chaparrón la obligó a marcharse del lugar donde velaba; durante algunos días el tiempo fue inestable, amenazador; antes de la séptima noche, la anciana ya había abandonado el lugar y regresado a su humilde morada. Que aquella mujer se tomara la pena de regresar, por tan poco tiempo, a una casa solitaria, que tan próxima a la tumba temiera un poco de viento y una manta mojada, me hizo reflexionar. No puedo acusarla de ser indiferente; me superaba tanto en experiencia que el tribunal de mi crítica se abstuvo de juzgarla; pero forjé excusas, me dije que quizá no tuviera mucho que llorar, que tal vez hubiera sufrido demasiado o nunca hubiese comprendido nada. Sin embargo, no era una cuestión de ternura o piedad, y el valeroso regreso de aquel pobre desecho era indicio de una inteligencia o una entereza poco comunes.

Con todo, algo me había puesto, en parte, sobre la pista. Ya he comentado que el entierro se había efectuado como en nuestro país. Cuando una vez que hubo terminado, volvíamos a franquear en grupo la verja del cementerio y descendíamos por el sendero que conduce a la colonia, un incidente de género muy diferente suscitó de pronto la alarma y el terror entre nosotros. Dos personas caminaban juntas, no lejos del cortejo: mi amigo el señor Donat –Donat Rimarau, Donat el de las manos innumerables-, suplente del vicepresidente, en la actualidad boernador del archipiélago, el hombre más importante del lugar, conocido por su inalterable buen humor, y cierta joven pomotuana, agradable, bien formada, la más guapa de la isla, pero (seguramente) no la más valiente ni la más educada. De pronto, antes de que el silencio de las exequias se hubiese roto, la muchacha dio un salto hacia el residente, con el dedo extendido, gritó algunas palabras con voz chillona, y retrocedió con una risa que expresaba regocijo.

-¿Qué os ha dicho?- pregunté a mi amigo.

-No me ha hablado a mí-  me contestó Donat con cierta turbación-; hablaba al espíritu del difunto.

Las palabras que la chica había pronunciado eran éstas: ¡Mirad! ¡Donat será un buen festín para vos esta noche!

El señor Donat afirma que se trata de una broma –escribí entonces en mi diario-. Sin embargo me pareció más bien una especie de conjuro terrorífico, como si la muchacha desease alejar de sí al espíritu. Tal vez una raza caníbal posea fantasmas caníbales. En general las suposiciones de los viajeros parecen condenadas a ser erróneas, pero en este caso no me equivoqué. La mujer había asistido al entierro presa del terror y se encontraba en un lugar temido por todos: el cementerio. Con igual terror veía venir la noche, con aquel ogro, un espíritu nuevo, vagando por la isla. Y las palabras que había lanzado al rostro de Donat eran realmente fruto de su conjuro y su miedo, y con ellas pretendía salvarse del peligro y designar otra víctima en su lugar. Una cosa debe decirse en su descargo; sin duda escogió a Donat no sólo porque era un hombre excelente, sino también porque era de sangre mestiza. Pues creo que los nativos consideran el color blanco una especie de talismán contra los poderes del infierno. Es el único medio que tienen para explicarse la temeridad sin consecuencias de los europeos.

 

Capítulo 5 –Un entierro pomotuano-, de la Segunda Parte –Las Pomotú-.

 

Stevenson, Robert Louis: En los mares del sur. Barcelona, Ediciones B SA –Los libros de Siete Leguas-, 1999.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s

%d bloggers like this: