La Argentina nacida del régimen colonial

pedrodezeballos

¿Dónde están los trabajos inéditos de Vicente Fidel López?

Al comentario de la política de Pedro de Zeballos, agrega Vicente Fidel López en este prólogo, un inventario de sus trabajos más notables -escritos en apariencia durante el exilio-, y que no pueden sino interesarnos vivamente todavía.

por Vicente Fidel López

 … Por más que la España dio leyes, no pudo contener el torrente. Las provincias del Río de la Plata habían cambiado de frente: lejos de venirles de Lima el soplo de vida, eran ellas quienes lo habían empezado a dar. Tuvo la España la fortuna de encargar entonces el gobierno del Río de la Plata, que empezaba a hacerse muy delicado a causa de estas ocurrencias, al célebre don Pedro de Zeballos, oficial de mucho crédito en las guerras de Italia, y que a mucho valor personal reunía la voluntad y el golpe de vista que hace a los grandes hombres.

En dos días comprendió él que el único remedio que aquel mal tenía era legitimar francamente los hechos consumados: es decir, abrir el Río de la Plata al comercio europeo, pero destruyendo antes la Colonia del Sacramento, para arrancar a los portugueses el privilegio que esas murallas les daban de hacer ese comercio por su cuenta. Realizada la obra vendría ese tráfico a hacerse por intermedio de los españoles; y el gobierno del Rey tendría cómo hacer positivas sus restricciones. Revolución inmensa que basta por sí sola para asignar a qué altura estaban las ideas políticas de Zeballos.

La colonia fue arrancada dos veces por él a la corona de Portugal; y restablecida la España en la dominación exclusiva de las dos orillas del río, fue creado Virreinato de Buenos Aires todo el territorio que ha sido después República Argentina. Desde entonces, el comercio exterior se hizo libremente por el Río de la Plata produciendo en su tránsito las riquezas de las ciudades de Salta, Córdoba, Tucumán y otras, que eran entonces centro de una civilización y de una prosperidad sumamente notables. La ciudad de Buenos Aires, que había estado muy lejos de fijar al principio la atención de la madre patria, debió a ese tráfico sólo su acrecimiento y su importancia: hasta que la guerra de la independencia y la guerra civil después, le fueron quitando a pedazos los antiguos mercados del interior: que tantísimas ventajas le produjeron y que tanto le prometían siempre para el porvenir.

Esta revolución consumada por un hombre como Zeballos, que supo llenar la imaginación de los pueblos por medio de guerras tan nacionales como aquéllas, habría sido de cierto un vastísimo campo para la novela histórica. En ella habrían podido hacerse servicios eminentes a la nacionalidad argentina reponiendo el espíritu de los pueblos, aturdidos por los excesos y las calamidades de las guerras incesantes, a la vía sana de su nacionalidad y de su único desarrollo posible.

(…) Hecha la revolución se me ofrecían tres grandes fases.

1° El estado interior del país con respecto a los españoles, que tratado por medio del gran complot conocido como Revolución de Álzaga, habría revelado el espíritu y las condiciones morales de la sociedad revolucionaria con las primeras erupciones de sus pasiones políticas; escogí por título de este trabajo el de Martín I, y permanece en bosquejo.

2° La guerra exterior y de propaganda llevada por el general San Martín a Chile, y señalada con los famosos triunfos de Chacabuco y Maipú, me hicieron concebir un trabajo que Ud ha tenido en sus manos con el título del Capitán Vargas, que es el que he dejado más adelantado entre todos.

3° La insurrección de las masas campesinas contra los gobiernos centrales, al mando de Artigas y de Ramírez, que empezó a reducir a ilusión todos los proyectos de organizaciones políticas que se habían imaginado; que con el título de Guelfos y Gibelinos, tengo también bosquejado apenas…

de la Carta-Prólogo dirigida por el autor a su editor el Dr D Miguel Navarro Viola, desde Montevideo, el 7 de setiembre de 1854. En La novia del hereje –o la Inquisición de Lima-. Buenos Aires, Emecé –memoria argentina-, 2001.

Ilustración: Pedro de Zeballos

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