La depuración étnica: las opiniones de monsieur Ebelot (La Pampa)

Francisco Madero Marenco

 

El ingeniero francés contratado para llevar adelante la construcción de la luego llamada ¨Zanja de Alsina¨ – Alfredo Ebelot-,

opina sobre el gaucho, el bandolerismo, el indio, los gobiernos

y hasta de la depuración étnica.

 

Nuestra sabia generación del ´80 permitía entonces, no sólo disponer

de mandones británicos, sino que visitantes de países europeos

prestaran su industria y al mismo tiempo dieran a conocer

opiniones hijas de un positivismo tardío.

 

 

El Gato Moro

 

Se han hecho muchos bosquejos del gaucho, lo han pintado en las situaciones y posturas más diversas, en su rancho, en la pulpería, en la boleada.

Pero es un tipo voluble y variable cuya descripción es un tema inagotable. Quisiera hoy hacer un croquis del gaucho bravo, del gaucho alzado, esto es, traduciendo en lenguaje ordinario estos expresivos epítetos, sacados de las costumbres del ganado medio salvaje, un croquis del gaucho que se ha declarado en abierta guerra con los jueces y los policianos, que la sociedad no supo amansar, y que se echó al desierto, confiando en su cuchillo, como el tigre en sus garras, para hacer respetar sus gustos de vagancia y de soledad.

Tienen indudablemente mucho de tigre. Tienen el mismo cráneo chato, la misma sed de sangre, y otros defectos mil que hacen a esta fiera muy poco recomendable para los pacíficos civilizados, para los estancieros y los turistas aficionados. Pero participan también de su soberbia, de su valor, de su astucia, y en resumidas cuentas es difícil no interesarse en seres como éstos que, hombres o fieras, son la andante aplicación de la altanera divisa: yo contra todos, todos contra mí.

El Gato Moro nos ofrece un bonito ejemplo de este fenómeno de atavismo, que nos hace remontar hasta los tiempos en que los humanos pasábamos la vida en el fondo de las selvas primitivas, y en que los dos elementos esenciales de la existencia eran el homicidio y la caza. Pocos años ha, aterrorizó con sus sangrientas hazañas la provincia de Corrientes.

Es de notar que su parentesco con los felinos no había escapado a la poca ilustración de sus compañeros. Le habían dado el sobrenombre de Gato. En cuanto a Moro, la palabra designa un pelo de caballo y el color de una variedad de cantárida, el bicho moro, cuya picadura es cruel. En su laconismo, el sobrenombre significa: un gato malo como una cantárida. Es corto, pero significativo.

En los principios de su carrera de bandido, era simple cuatrero, como existían entonces muchos en la provincia de Corrientes. Su número estaba siempre en relación con los abusos de la administración, y su historia era siempre la misma. Habían tratado de establecerse, de trabajar, de formar una familia honrada. Un día habían tenido que saltar precipitadamente en pelo sobre su mejor caballo, y que disparar de la partida de policía que venía a sorprenderlo a fin de mandarlos a un batallón atados codo con codo.

¿Por qué razón? Porque el juez de paz codiciaba su mujer, o un oficial de la partida su parejero, o porque no votaban con docilidad, u otros análogos motivos. Una leva legal, un reclutamiento regular eran cosas que ni se mentaban en aquellas épocas de mandones.

No falta quien asegure que este modo arbitrario y sin control de reclutar defensores de la patria no iba dirigido sino a los pendencieros, a los enlazadores de vacas ajenas; pero contados son los gauchos que no reúnan ambas condiciones, y para los pobres diablos que caían en la trampa, a lo crítico de su situación se añadía frecuentemente la amargura de ver la ejecución de las sentencias del juez de paz entregada precisamente a bandidos célebres o a vagos de profesión, cuyos antecedentes les eran por demás conocidos.

Sálvese quien pueda era su lema. Pensaban que cuando la ley se aplica tan caprichosamente están libres de culpa y cargo los que se sustraen a sus arbitrariedades.

Nuestro hombre está, pues, solo, a caballo, en plena pampa, después de haber cansado los mancarrones flacos de la policía, libre de ir a donde quiera, menos a su casa. Ha pasado de la condición de gaucho casi sedentario a la de gaucho errante. Es cuatrero, no ha entrado todavía en la categoría de gaucho bravo.

Se necesitan, para que se verifique esta transformación, una vocación especial y circunstancias particulares.

Estas circunstancias derivaron, para el Gato Moro, de la intervención de las fuerzas nacionales en Corrientes, en 1880. En cuanto a la vocación, la tenía muy marcada, como se verá.

Lo pusieron preso por revolucionario y lo encarcelaron junto con toda una remesa de pobres rebeldes, que ignoraban de qué se trataba. Organizó entre ellos una conspiración. Lo delataron, y las autoridades no acertaron a más que a mandar en el acto al reo a Buenos Aires. Todo correntino es nadador insigne. El comandante de la cañonera que lo llevaba no se fijó bastante en esta observación. El Gato Moro consiguió tirarse del buque al agua, se zambulló, y bajo un fuego graneado, se puso a salvo en los cañaverales de la orilla.

Entonces, habiendo maduramente reflexionado sobre las cosas de este mundo, parece haber llegado a esta conclusión: que cuanta calamidad ocurría en la tierra no debía achacarse  sino a los jueces de paz. La pura verdad es que los jueces de paz de Corrientes en esa época no eran, según dicen, como para infundir respeto a la justicia.

Sea de esto lo que fuere, el Gato Moro, dictándose a sí mismo una sentencia sin apelación, decidió que lo ocurrente era exterminarlos. En pocas semanas, cinco perecieron; los hallaron degollados, revelándose a las claras, por lo irreprochable de la incisión, la segura mano del Gato Moro.

Una respetable fuerza emprendió su persecución sin entusiasmo. Estos soldados habían sido reunidos valiéndose de los métodos de que se ha hecho mención más arriba y pensaban en sus adentros que el Gato Moro no dejaba, bajo ciertos conceptos, de estar en su derecho.

Una madrugada, los dos oficiales que mandaban la columna no aparecieron a la diana. Habían pasado la noche en un rancho situado a poca distancia del campamento, y abandonado por sus habitantes. No se halló adentro sino el cadáver de los dos oficiales. El Gato Moro estaba en acecho y los había muerto.

La persecución, después de esto, aflojó un tanto. Pasaron sin novedad seis meses, como hubieran podido pasar cien. De repente el Gato Moro desapareció. Se supo que había emigrado al Paraguay y no lo inquietaron. Parece que ha acabado por ser un hombre como cualquier otro, que sus instintos feroces se han apagado por falta de ocasión para lucirlos. ¡Desgraciado del que los despertara! Para desmerecer del todo del título de héroe de novela a la antigua moda, no le faltaría más que ser padre de numerosos hijos. No abrigo la más mínima duda, conociendo a los gauchos como los conozco, que no desempeñe esta obligación, que no ha de proporcionar a la República del Paraguay ciudadanitos de egregia clase, con tan vivo ardor como gastó en la supresión de los jueces de paz (1).

Me dirán seguramente: lo que nos está contando no es interesante ni muy bueno. Muchachos parecidos a éste no escasean en nuestra propia casa. Sin hablar de los países en que el bandolerismo florecía hace poco y no ha sido desarraigado del todo, los anales de los tribunales del crimen ofrecen a granel tipos tan netamente caracterizados como su Gato Moro. No es indispensable franquear los mares e internarse en los desiertos para encontrar hombres tan desalmados que no hay más que pedir (…).

Nota original (1) La ferocidad del Gato Moro no se ablandó y ha quedado hasta su fin a la altura de su sombría fama. Publicada ya la edición francesa de este libro, leo en un periódico de Buenos Aires, el siguiente suelto (El Diario, N° del 9 de octubre de 1889): La policía de Monte Caseros acaba de dar muerte al famoso bandido Alberto Zárate (a) Gato Moro, quien con los salteadores Romerito, Fulgencio Borda y Leocadio Leiva, ejercían el bandolerismo más salvaje en aquella parte de Corrientes y en el departamento oriental de Artigas. Gato Moro tenía una larga cuenta con la justicia. Últimamente había sentado sus reales en Santa Rosa, donde cuatrereaba a mansalva, siendo el terror del lugar. El miércoles tuvo aviso la policía de Caseros que había pasado Gato Moro y su gente por aquel pueblo en una chalana con una vaquilla que habían robado. Despachó el activo jefe político D Oscar Domínguez una comisión al mando del alférez Ballejo a recorrer la costa del Uruguay en persecución de la chalana, la que fue encontrada en la barra del arroyo Mangangá. Gato Moro procuró ocultarse al ver que huían sus compañeros, pero el oficial Ballejo no le dio tiempo, y acorralado como se acorrala un tigre, procuró no caer en manos de la policía y defender su libertad como los tigres la defienden. Al dársele la voz de preso, armado de un facón y con una pistola contestó: -Sólo muerto me han de llevar. Un gaucho como yo no se rinde a la policía-. Los agentes de la autoridad, al ver la resistencia que hacía el célebre bandolero, cumpliendo con su deber, le hicieron fuego, cayendo herido de muerte para no levantarse más.

 

//Páginas 43/ 48

Más adelante, y en la misma obra, el Ingeniero Ebelot, se refiere con idéntica omnipotencia a ¨otras lacras¨ de la sociedad de la época. Y en este caso, nada menos que a lo sucedido en Carmen de Patagones y Bahía Blanca:

(…)  La aristocracia de Patagones, los españoles viejos tan devotos de nuestra Señora, eran hidalgos por cierto, pero hidalgos que habían traficado largo tiempo con los indios.

Cuando el gobierno argentino se acordó al fin de que existía Patagones, fue para adoptar una medida, que poco hubo de gustar al barrio Saint-Germain altivo que languidecía al pie del fortín de Viedma.

Se reparó en que este pueblito excéntrico formaría una perfecta colonia penitenciaria, y se le mandaron los ladrones, los rateros, los falsificadores, y una que otra remesa de mujeres perdidas para acompañarlos.

No es ésta la única vez que los gobernantes de Buenos Aires han tenido a bien demostrar que habían leído Manon Lescaut, y que estimaban los métodos de colonización que habían llevado a la Nueva Orléans esta interesante niña y su desdichado amante.

Pocos años ha, se puso a bordo del vapor Santa Rosa, que hacía un servicio regular a Bahía Blanca y Patagones, un cargamento de estas desgraciadas, dirigido a la Municipalidad de Bahía Blanca, a fin de que ésta les diera el destino que creyera conveniente.

El capitán del vapor llega a la puerta de la Municipalidad con su encomienda femenina, apiñada en un carro, y solicita entregarla. Con lujo de indignación, pregunta la Municipalidad qué se ha figurado el gobierno, y declara que le va a elevar una nota sin pelos en la pluma. ¿Qué hacer mientras tanto?: abrir la jaula y largar los pájaros; en otros términos, lavarse las manos por el carro y su contenido. Así lo hizo el capitán.

Durante algunos días, las tranquilas calles de Bahía Blanca fueron el teatro de sabrosos escándalos y de picantes escenas de borrachera. Precisamente pasé por allá en aquel tiempo, y no hablo por relaciones ajenas. Las niñas del pueblo no se atrevían a ir a misa, ni a asomar la cabeza a la puerta de sus casas.

Después, el barullo pasó como pasa todo. Las ninfas de este grupo loquillo se metieron, ¿quién sabe dónde?, se acomodaron acá y acullá, hasta se casaron. Antes de un año, muchas asistían a las funciones de esta misma iglesia, cuyo acceso imposibilitaron en otro tiempo a las señoritas decentes, con ademanes que no lo eran.

Páginas 115/ 116

Y guardando coherencia con todo lo expuesto, el Ingeniero Ebelot, después colaborador ferviente de la mal llamada ¨Campaña del desierto¨, termina calificando a nuestros aborígenes como ¨raza inferior¨ (véase nuestro subrayado). Es en el capítulo denominado:

Carlos Montefusco

Cómo se forman las aristocracias

He prometido mostrar cómo se forman las aristocracias. He dicho de qué modo un grupo aristocrático brotó espontáneamente en ese lejano rincón del globo llamado Patagones, y degeneró en seguida por los efectos de la consanguinidad, y como resultado del imprudente empeño puesto en evitar los cruzamientos.

Bajo muchos aspectos, los hombres se parecen a los animales, especialmente en lo tocante al vigor de las razas.

Aquella aristocracia no hubiera podido perpetuarse. Para que cobrase solidez y duración, le fue preciso mezclar su sangre azul con la de los salvajes. No está de más explicar cómo la cosa pasó.

Les voy, pues, a contar el casamiento de una descendiente de los gallegos de Viedma, de una duquesa, digamos así, de Patagones, con un cacique indio.

Es toda una novela sociológica. No es una novela de amor.

Y ¡miren un poco cuántas complicaciones de besos furtivos y de chanzas inesperadas ocurren en los fenómenos de la creación de una raza! El tal cacique no era de sangre pura; su padre fue un francés quien, habiéndose ganado la simpatía del cacique anterior, había solicitado y conseguido la de la más bonita de sus mujeres. El pícaro se manejó de tal modo que el rango supremo recayó en un vástago suyo, al morir el marido… coronado.

Toda la tribu, incluso el esposo, estaba en el secreto, y nadie lo tomó a mal. Tan novelesca estirpe no dejó tal vez de conciliar al nuevo cacique el respeto de sus súbditos. No le había quitado el cariño del padre putativo.

Sírvanse dispensarme, si les ensarto aquí de paso un cuento corto, en que intervino otro francés. Los franceses  son por lo visto propensos a los amoríos.

Este segundo francés era alsaciano, muy rubio, carpintero, y vivía en Bahía Blanca; su tapera estaba a dos pasos de la choza de un indio manso. Esa éste el nombre que se daba a los indios sometidos, los que muchas veces, como los de Bahía Blanca, eran instalados y mantenidos por el gobierno en un pueblo fronterizo. La mujer del indio era tan hechicera como es posible serlo en su raza.

Por un misterio de afinidad que no me corresponde explicar, parió un hijo muy rubio.

Un observador que allá vivía, el patriarca de Bahía Blanca, un hombre de talento perdido en aquellas soledades, y en cuyo simpático genio hubiera sido difícil decir lo que descollaba, si la malicia o la bondad, el señor Caronti, no dejó escapar este detalle. Dijo al indio como quien no dice nada: Rubiecito te ha salido el niño.

Fue el indio quien se sonrió finamente. Hizo una guiñada al señor Caronti, designandole la vivienda del alsaciano y el grupo que formaban su mujer y el indiecito que se revolcaba en el suelo, y contestó con orgullosa satisfacción: ¡Buena casta! ¡casta refinada! ¡rubio! ¡carpintero!

Su familia se había enriquecido con un mestizo de más noble sangre, y cándidamente esto le gustaba tanto como si hubiera caído en su manada el producto de un parejero inglés.

¡Costumbres del desierto!

El rubiecito hubiese tal vez llegado a cacique, si no se hubiera muerto en Buenos Aires, donde lo habían mandado a educarse. Noten en qué concepto lo tenían sus casi paisanos. Formaba parte del contingente selecto a quien se quería dar enseñanza.

Sería del caso esbozar una teoría sobre las tendencias de amable galanteo tan genuinas de los franceses, y que les han merecido ser unos colonizadores eficaces y prolíficos, atrayéndoles, en las colonias que han formado, la adhesión de las razas inferiores más por la fuerza del cariño que por el poder de la fuerza.

Podríase recordar que entre el Canadá y el Pacífico, en los inmensos territorios de la Compañía de la bahía de Hudson, existe una raza de mestizos que habla francés, y que ha quedado refractaria a la rigidez anglosajona. Los conquistadores la han formado y la han ganado para siempre con sus solícitas atenciones hacia el bello sexo. La etnografía es u na ciencia que ha de escudriñar los más misteriosos detalles y valdría la pena… pero esto nos llevaría lejos. Ocupémonos de nuestro cacique patagón.

Ignoro si recibió gran educación. Sabe probablemente leer y firmar. Lo cierto es que sus instintos son más elevados que los de sus compañeros. Admira sinceramente las instituciones de la civilización. Su fidelidad al gobierno argentino ha sido, en toda ocasión, intachable. Con pocos indios vigorosamente mandados, y a quienes precedía siempre en las cargas a una distancia de cuatro cuerpos de caballo, ha preservado a Patagones de los ataques del salvaje más eficazmente que las escasas y mal armadas fuerzas nacionales que antiguamente guarnecían el punto.

De joven demostró apego a la propiedad y tendencias previsoras, lo que está reñido con las costumbres indias. Posee estancias regaladas unas por el gobierno como premio de sus servicios, adquiridas otras con su propio dinero, ganado con el producto de sus rebaños, y tal vez con una que otra operación ajena a la industria pastoril.

Tiene el grado de sargento mayor de línea, y adorna su pantalón con la ancha lista de oro de los jefes. Es todo un propietario y todo un cacique.

Cuando se llega a su tribu, al ver su casa de material, desprovista de muebles, si bien no lo es de pretensiones, y alrededor los toldos de cuero de su gente, se presenta a la mente el recuerdo de un señor feudal de la época sajona, un par de siglos antes de la invasión de los normandos, en las selvas de Inglaterra.

Cuando se come en su casa, y se pone en la mesa un capón entero, que despedaza con un cuchillo de cabo de plata largo como un sable, otros detalles mil llaman la atención.

Hay galleta, hay vino, hay hasta un vaso en que los convidados beben por turno. Son refinamientos todos que huelen a cristiano a la legua, y que no pocos estancieros no tendrían cómo ostentar.

He dicho que no había muebles en la vasta sala que es toda la casa. He exagerado. Además de dos grandes cofres, que sirven también para sentarse, y de una mesa desvencijada, existe una cama, una cama de veras, una cama de hierro regularmente fea, pero tapada con una manta de tejido pampa, muy fina como trabajo y originalísima como colorido, que no sentaría mal en cualquier habitación suntuosa.

¡Una cama en casa de un indio! Es un milagro, ¿no es cierto? Si no se quedan pasmados de admiración, no entienden ni jota de los indios o de los gauchos.

Búsquese la mujer, decía M de Sartines, cuando le tocaba tener que dilucidar, como prefecto de policía, un caso embarazoso. ¿Cómo prescindir de buscarla, tratándose de una cama? Así lo hice, y no tuve que buscar mucho.

Otro fenómeno extraordinario: la mujer del cacique no se había escabullido al vernos llegar; hacía los honores de la casa, conversaba con los visitantes. Si no se sentaba todavía a la mesa (no hubiera faltado más para que me cayera muerto de estupefacción) se informaba de lo que acontecía en Patagones, en un castellano perfectamente castizo.

-¡Qué bien habla el español!- dije en voz baja a mi compañero.

-¡Cómo! ¿Que habla bien? Mejor que usted por cierto. Es española.

-¿Qué me dice?

-¿No lo sabía usted? Es de la familia de…

El apellido no hace al caso. Figúrense los Rohan o los Montmorency de Patagones.

-¡Hola! ¡pobrecita! ¿En una invasión, sin duda? (¡Qué quieren! Los franceses en lo primero que pensamos es siempre en lo malo).

-¡Pero, hombre! ¡De ningún modo! Los ha casado el cura y forman un excelente matrimonio.

-Por qué razón no lo formarían en resumidas cuentas? El cacique es uno de los más importantes propietarios de la región, y no ha de seer desagradable por añadidura tener súbditos y ser la señora cacica.

Parece que el único que no estuvo del todo conforme fue el cura. Quería que el cacique aprovechase la ocasión para hacerse cristianar, como Clodoveo; pero, agregaba mi interlocutor, hay recursos infalibles para convencer a los curas. Será esto sin duda una dichosa condición de los países medio bárbaros. En las naciones de gran civilización, la empresa es más ardua.

Tuve la curiosidad de ver a los hijos que habían tenido. El padre era soportable y casi hermoso a caballo; la madre era de regular abajo. En esta ocasión reconocí cuán profundamente justa es la observación de Lord Byron, que dice más o menos, hablando de la primera querida de don Juan: Su padre descendía de una larga serie de hidalgos, los que, casándose entre primos, habían conseguido llegar a ser los más feos de España; éste tuvo el buen gusto de unirse con una muchacha de poco flamante linaje, hasta dicen que se decía -¡oh escándalo!- que provenían de nuevos cristianos. La niña que resultó de estas bodas era esbelta como una palmera y linda como una hurí…

Los hijos de mi cacique, que no era siquiera un nuevo cristiano, y de la angulosa hija de los hidalgos, no desmerecían de este retrato.

Se criaban derecho como álamos, con unos ojos bravíos, rasgados y aterciopelados que comunicaban un resplandor suave y cálido a sus caritas morenas.

Van a la escuela y saben leer en los libros. Admitamos que a estos chiquillos les siga gustando más el lazo y las boleadoras que las bellas letras. Después de mucho cazar y mucho beber, dejarán a sus hijos una gran fortuna y los gérmenes de un desarrollo intelectual más completo.

El abuelo fue cacique ¿quién sabe si algún nieto no llegará a presidente de la República? Seguramente serán doctores, formarán parte de la buena sociedad y tendrán palco en la Ópera.

Ahí tienen el modo como se forman las aristocracias.

¡Pensar que sin el francés que vino a dar por allá…!

¡La mujer es en todas partes hija de Eva! Faltando éste, no habría faltado otro cualquiera.

Existe siempre una causa ocasional para que las razas se mejoren y raros son los casos en que puede decirse que esta causa ocasional sea acreedora a la aprobación de los moralistas rígidos (…)

Pág 121/127

 

Ebelot, Alfredo. La Pampa. Buenos Aires, Ediciones Pampa y Cielo, 1965.

 

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