La vacuna indígena

Tras el descubrimiento de América se propagaron enfermedades que eran originarias de cada continente. Así por ejemplo la sífilis, originaria de América, sobre la cual los indígenas tenían ciertas defensas, se propagó en Europa. Lo mismo sucedería con otras enfermedades de origen americano, como el mal de Chagas. A la inversa, los europeos traerían a América otras, como la Viruela, que causó estragos entre la población indígena.

Los europeos habían desarrollado ciertas defensas contra la viruela a consecuencia de las epidemias sufridas durante los siglos anteriores al descubrimiento de América (en el siglo XIV la peste negra redujo en un tercio la población europea). En América en cambio la viruela no era conocida y los indios no contaban con estas defensas inmunológicas, por lo que la propagación de la enfermedad causó más muertes que todas las guerras de conquista. Mientras entre la población de origen europeo la enfermedad causaba una mortandad de 29 %, entre los indígenas alcanzaba al 80 %.

La vacuna antivariólica había sido descubierta en Inglaterra pro Eduardo Jenner a raíz del cow-pox encontrado en los pezones de las vacas de Gluocester, y la introdujo en Argentina el presbítero Saturnino Segurola en 1805.

El virrey Sobremonte creó el primer centro de conservación de la vacuna, y se dedicaron a difundirla, entre otros Miguel O´Gorman, Cosme Argerich, Francisco Muñiz, Pedro Serrano, Claudio Mamerto Cuenca, Francisco Rodríguez Amoedo, Pablo Villanueva, etc.

En 1829, ya existían tres centros de vacunación en Buenos Aires: la Casa Central, la Casa Auxiliar del Norte y la Casa Auxiliar del Sur, dirigidas por Justo García Valdés y luego por el Dr. Saturnino Pineda.

Durante el gobierno de Rosas se incrementó el suministro de la vacuna, llegando el servicio a los pueblos de la campaña bonaerense en la que los médicos de la policía también se ocuparon de aplicarla.

En 1830 el gobierno asignó un sobresueldo al médico de la Policía de Campaña de la sección de Luján Dr. Francisco Javier Muñiz quien además descubriría luego (1840) en los pezones de una vaca el cow-pox antivariólico, marcando un hito en la ciencia médica y un reconocimiento mundial de su prestigio.(Archivo General de la Nación, en adelante AGN, S.X.44.6.18).

La vacuna antivariólica llegó también al pueblo de San Nicolás de los Arroyos, designándose en 1830 al Dr. Pedro Serrano para aplicarla. (AGN S.X.44.6.18). En Chascomús el administrador de la vacuna fue el Dr. Pablo Villanueva y en el Fuerte Federación (la actual ciudad de Junín) el Dr. Claudio M. Cuenca que el 3 de mayo de 1837 le informó al gobernador Rosas: “…el médico del Fuerte Federación tiene el mayor gozo al anunciar a V. E. que tanto la tropa como el vecindario de este Fuerte ha cesado la enfermedad epidémica que reinaba (la viruela) y que son muy pocas veces molestados por algunas enfermedades esporádicas muy benignas…” (“La Gaceta Mercantil”, 7 de marzo de 1837).

El licenciado médico García Valdéz administrador general de la vacuna en un informe del año 1836 invitaba a los pueblos de campaña a vacunarse expresando: “…se hace indispensable el citar el celo de los jueces de paz y los curas párrocos a fin de exhortar al vecindario para que se apreste a recibir el gran beneficio de la vacuna que con tanto empeño promueve nuestro Ilustre Restaurador de las Leyes el Sor. Gobernador…” (“La Gaceta Mercantil”, 6 de marzo de 1837).

Otros médicos en distintos fuertes y cantones cumplieron esta tarea sanitaria desde 1832 en las poblaciones rurales de Quilmes, San José de Flores, Morón, Las Conchas, San Fernando y San Isidro (AGN S.X.6.2.2.) y en las provincias según informe del Dr. García Valdéz del año 1838 (AGN S.X.17.2.1.).

Si entre la población de origen europea era difícil la difusión por falta de medios o prejuicios, mas aún lo sería entre la población indígena, que sumaba desconfianza, prejuicios y supersticiones.

No se sabe exactamente cuando comenzó a difundirse la vacuna entre los indígenas, pero lo cierto fue que el 4 de enero de 1832 Rosas recibió una distinción de la Sociedad Real Jenneriana de Londres, designándolo “miembro honorario” de esa sociedad “…en obsequio de los grandes servicios que ha rendido a la causa de la humanidad, introduciendo en el mejor éxito de la vacuna entre los indígenas del país…”.

Saldías de cuenta que a comienzos de 1826 “…en esas circunstancias se había desarrollado la viruela en algunas tribus. Como resistieran la vacuna, Rosas citó ex profeso a los caciques con sus tribus y se hizo vacunar él mismo. Bastó esto para que los indios en tropel estirasen el brazo, por manera en que en menos de un mes recibieron casi todos el virus” (Saldias, Adolfo, “Historia de la Confederación Argentina”, vol. I,). Sir Woodbine Parish y informa que en uno de los tantos parlamentos efectuados con indígenas por Rosas en la Chacarita de los Colegiales, hacia 1831, suministró la vacuna a muchos indígenas que integraban la comitiva de caciques pampas y vorogas. La vacunación en la Chacarita se repitió en distintas oportunidades como puede verse en lo informado en “La gaceta mercantil” de la época.

El 17de octubre de 1836 en nota dirigida a Rosas, el Dr. Saturnino Pineda le informó que: “…el día 3 de septiembre a las tres y media recibí de orden verbal de V.E. de asistencia médica (a una comitiva indígena afectados por la viruela) que me fue transmitida por el Sr. edecán coronel don Manuel Corvalán y no obstante de hallarme enfermo con el mayor contento y sin pérdida de tiempo procedí a su cumplimiento…”. Y agrega: “…el violento foco de contagio que significa la aglomeración de más de setenta individuos en un mismo lugar algunos con la misma viruela y declarada por lo que el día 9 del mes de que se hace referencia fueron vacunados de brazo a brazo 52 indios entre adultos y niños de ambos sexos para cuyo efecto se condujeron desde la Chacarita a la casa donde se hallaban alojados cuatro niños con vacuna de la más excelente. El 16 fueron reconocidos y en todos los se encontraron granos (reacción positiva) tan hermoso que juzgando por sus caracteres no pude menos que tranquilizarme…”(“La Gaceta Mercantil”, del 19 de octubre de 1836). Rosas destacó dicho informe del Dr. Pineda en el mensaje dirigido a la Legislatura el 1º de enero de 1837.

Para persuadir a los indios que recibieran la vacuna, Rosas, que tenía gran prestigio entre ellos, reunía los caciques y se hacía aplicar la vacuna a si mismo, para que estos la difundieran en sus tribus, como “gualicho el hinca” contra la enfermedad. También apelo a su inteligencia y sagacidad para convencer a los indios, como se comprueba en la carta que le dirige a Catriel: “…Ustedes son los que deben ver lo mejor les convenga. Entre nosotros los cristianos este remedio es muy bueno porque nos priva de la enfermedad terrible de la viruela, pero es necesario para administrar la vacuna que el médico la aplique con mucho cuidado y que la vacuna sea buena, que el médico la reconozca porque hay casos en que el grano que le salió es falso y en tal caso el médico debe hablar la verdad para que el vacunado sepa que no le ha prendido bien, el grano que le ha salido es falso, para que con este aviso sepa que para el año que viene debe volver a vacunarse porque en esto nada se pierde y puede aventajarse mucho. La vacuna tiene también la ventaja de que aún cuando algún vacunado le da la viruela, en tal caso esta es generalmente mansa después de esto si quieren ustedes que vacune a la gente, puede el médico empezar a hacerlo poco a poco para que pueda hacerlo con provecho y bien hecho y para que tenga tiempo para reconocer prolijamente a los vacunados” (Chavez, Fermín, La vuelta de Juan Manuel”, Edic. Dirección General de Escuelas de la Provincia de Buenos Aires, La Plata, 1991 o Edit. Theoría, Buenos Aires, 1991). No solamente procuraba la vacunación de los indios, sino que los persuadía además para que permitieran la entrada de médicos a la tribu.

Apeló a su vez a un humanitario “chantaje” al obligar a los indios a vacunarse antes de recibir “suministros” que había comprometido el gobierno. Así lo atestigua Pincén cuando relata que “…Juan Manuel ser muy bueno pero muy loco; me regalaba potrancas, pero un gringo nos debía tajear el brazo, según él era un gualicho grande contra la viruela y algo de cierto debió de ser porque no hubo mas viruela por entonces…” (J.M.Rosa,Hist.Arg.t.VIII).

 En carta al Dr García Valdéz el 15 de julio de 182, Rosas le dice “…Sírvase Ud. hacer entender a la Sociedad Real Jenneriana entre lo más satisfactorios triunfos digno de su memoria deben enumerarse la propagación del virus de la vacuna entre los indígenas reducidos y sometidos al gobierno y aseguraba que tomando yo en sus honrosos trabajos la parte que puede caberme en mi actual posición, no perdonaré medio para que la institución de la vacuna sea conservada en este país con todas creces que dependan ya de mi autoridad ya de mi decisión personal…” (Fernández, Humberto “Francisco Javier Muñiz, Rosas y la prevención de la viruela” en “Revista del Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas nº 42 enero/marzo 1996.).

A diferencia de este interés por la vacunación de los indígenas por parte de Rosas, en el país del norte, ante una epidemia de viruela, se recogían las mantas infectadas y se redistribuían entre los indios para diezmarlos, en lo que podríamos llamar una “guerra bacteriológica”.

Fuente: http://www.lagazeta.com.ar/antivariolica.htm

Ofrecemos a continuación la nota por la que el médico argentino, Francisco J Muñíz, elevó los resultados de sus investigaciones a la Real Sociedad Jenneriana de Londres.

Provincia de Buenos Aires, Villa de Luján, enero 20 de 1842

Al Sr Médico Director de la Real Sociedad

Jenneriana e institución de Vacuna de Londres,

D Juan Epps.

Señor:

Tengo el honor de informar a usted que la vacuna original, o sea la pústula de la vaca preservativa de la viruela en nuestra especie, ha sido extraída de uno de estos animales dentro del Departamento, en el cual soy Administrador de Vacuna. Los documentos justificativos de la extracción y de la aplicación del humor genuino a 46 personas de distintos partidos de edad, de sexto y temperamentos contrarios, se han sometido a la consideración del Señor Administrador General de Vacuna en la Capital.

La pústula que se me permitirá llamar secundaria o de transmisión, aquel signo libertador del contagio variólico, ha demostrado en todos los vacunados sus peculiaridades naturales: sin embargo, en los tres cuartos de número total de estos fue notable la erupción de pústulas en varias partes del cuerpo, lo adolorido de los miembros, el aumento de los síntomas febriles, la tumefacción de las glándulas de la axila y aún de las cervicales.

Las pruebas, señor, se han multiplicado. El Administrador General que con tanto celo preside el Departamento Central ha hecho experimentos con costras originales y secundarias que tuve la satisfacción de remitirle. Allí, lo mismo que en todas partes, los ensayos produjeron el resultado más feliz y completo.

Ya es, pues, un hecho que el cow-pox de las Vacas de Glocester, teatro glorioso de las operaciones descubridoras del inmortal Jenner, existe también en las de este país. Pero si tal descubrimiento no es exclusivo de aquel Condado en el antiguo hemisferio, ni exclusivo tampoco de la campaña perteneciente a la Capital de la Confederación Argentina en el hemisferio de Colón, habiéndose realizado en algún punto de América equinoccial; sin embargo parece que nadie hasta ahora ha reconocido experimental y repetidamente entre nosotros, ni en alguna otra Sección de este Continente, aquella extraordinaria propiedad de los granos vacunos. A lo menos si así ha sucedido, el ensayo no se ha acompañado de ningún género de solemnidad, ni revistió la notoriedad de pruebas, la irrefragable autenticidad de que sobreabunda el presente.

Como hace ya veinte años que contrajimos nuestras investigaciones (aunque sin el fruto que ((obtuviésemos)) en la última tentativa) sobre la erupción variólica en la vaca, podemos asegurar tal vez contra la opinión del hombre memorable y digno del respeto universal que la descubrió, que ella no es necesaria y precisamente provenida del humor vertido de la ranilla (eaux aux jambes de los franceses; arestin de los españoles) enfermedad caballar conocida entre nosotros con el nombre genérico: mal del vaso, pues comprendemos en esta denominación también la ulceración llamada agujas.

Si el cow-pox o la viruela en la vaca, como algunos aseguran, no se desarrolla sino por el contacto de las manos de aquellos que las llevan, al ordeñar, impregnadas del humor o serosidad producida por aquella enfermedad equina (siendo intransmisible la erupción variólica mediante los efluvios o emanaciones de vaca a vaca) resultaría que el cow-pox sería extraño a esta Provincia, quizá a toda la América, y probablemente a una máxima parte del globo. En casi todo él, como entre nosotros, y en el resto del Mediodía de la América, el ordeñamiento de las vacas está exclusivamente confiado a las mujeres, quienes como es sabido, jamás tocan a los caballos presa de la afección indicada. En este país, además no hay albéitares: por consiguiente aquella dolencia, en cortísimas excepciones se abandona a la naturaleza, y se puede afirmar, que uno u otro charlatán que se ocupara de algún remedio empírico contra la ranilla, no ordeña jamás una vaca.

Por otra parte, en cinco casos de observación sobre el cow-pox, en ninguno se ha ni sospechado el contagio por aquella causa. Con el intento de remover todo escrúpulo en el particular, se escudriñó menuda y atentamente el estado de los caballos pertenecientes a la lechería o tambo, o fuese en otros casos hacienda, donde existían las vacas atacadas. Se hizo más; se exploró el ganado yeguarizo a los alrededores, para no sentir ni la más remota aprehensión de un contacto fortuito y singular, y nada se pudo descubrir de semejante y mucho menos la dolencia eaux aux jambes.

Confesamos con franqueza que creemos no sin pena (aunque está admitido por escritores estimables) que aquel humor acre de las manos del caballo en contacto momentáneo con las tetas de la vaca, se observa en medio del torrente de la circulación, en órganos como éstos expuestos al ambiente, y envueltos en un tejido eréctil, poco penetrado respectivamente de vasos linfáticos y sanguíneos. La dificultad al ascenso aumenta todavía  algunos grados cuando se considera, que para que el fluido vacuno tomado del racional produzca el cow-pox es necesario insinuar sobre la teta la lanceta preparada algo más que en aquél cuando se intenta comunicarle el contagio vaccínico. Únicamente de este modo se logra la infección sobre el bruto, cuyo producto, como preservativo de la viruela, es preferido por algunos vacunadores, o por algunos que desean ser vacunados.

Nos parece oportuno observar, que si la humedad del terreno y la frescura de la yerba son condiciones requeridas para la manifestación del cow-box en Inglaterra, país si no de su primer descubrimiento, donde él aseguró a lo menos un triunfo glorioso y cosmopolita para los siglos futuros, en esta provincia esto, absolutamente hablando, no se verifica con el mismo vigor. El año presente cuya sequedad y sus efectos están visibles para todos (no habiendo caído desde primero de mayo, época en que principian las aguas del invierno, hasta últimos de setiembre sino seis aguaceros no abundantes) hemos tenido la agradable satisfacción de encontrar la viruela en la vaca dentro de este partido. En 1831, año de los más secos que recuerda la historia del país; año funesto a su riqueza pastoril y a su ganadería, habiéndose perdido por aquella causa, sólo en el norte de la provincia de Buenos Aires más de dos millones de vacunos y sin cuento en el lanar, el cow-pox fue sin embargo reconocido por nosotros en el mes de enero. Cuando nos preparábamos para la extracción  de las costras desgraciadamente bandas inmensas, columnas impenetrables de polvo, flotantes en la atmósfera, a merced de los vientos, ofuscando el luminar casi sin interrupción por dos días consecutivos, paralizaron nuestro propósito. La vaca de la observación desapareció con otras a favor de aquellas sofocantes tinieblas, y nosotros vimos, con dolor, perdido el fruto interesante de nuestros continuados desvelos.

En cuanto a la estación más favorable a la aparición o desenvolvimiento de la viruela en la vaca, creemos que cualquiera de las del año lo es indistintamente; pero, particularmente lo son (y esto consta de nuestras particulares inquisiciones) los meses de agosto, setiembre y octubre, meses de primavera, y en los que es general también la parición del ganado vacuno.

No habiéndonos sido posible observa el primer período llamado de infección, nos valimos para reconocerlo y describirlo (después de principiado el segundo) de los signos conmemorativos o antecedentes a este estado. Nuestros recuerdos sobre ellos nos muestran al animal en aquella época, taciturno y sin apetito; que disminuye en él la secreción lactífera. Huye la sociedad de los demás animales, y ejecuta un ruido sordo (especie de musitación) con la lengua y los labios. Este período dura apenas cuatro días.

En el segundo que es el eruptivo, aparecen varias pustulillas en línea circular sobre el límite de la teta o sea en su conjunción con la piel vellosa que envuelve la ubre. Su número varía de dos a tres en cada una, y quizá ellas no se descubren siempre en todas las cuatro tetas. En el espacio que las separa, y rara vez sobre su mismo cuerpo, salen algunos granos, los que suelen también aparecer sobre el ámbito total de la ubre. Aquéllas se entumecen, se hinchan y aparentan cierta disminución de longitud. La ubre presenta distintos puntos endurecidos y dolorosos, que son otras tantas glándulas sobreirritadas. La figura de las costras es redonda, achatada, y tiene un hundimiento umbilical en su promedio. Una línea color púrpura, que aumenta en extensión hasta principiar la saturación, cuando forma un verdadero disco, circuye las costras.

Desde que se inicia este período, el animal entra y permanece en un continuo exceso de irritabilidad. No permite a su cría la lactación. Si la traban para emulgirla, patea y se agita extraordinariamente, y procura cuando siente la ruda mano de los ordeñadores, desasirse de las ligaduras. Entonces, en el lenguaje de éstas, la vaca se enloquece, y es menester soltarla –que equivale a decir, no volver a ordeñarla hasta pasado aquel estado febril y doloroso.

Regularmente el cuarto días de principiada, termina la erupción. El animal que estaba antes taciturno y sombrío, aparece ahora más alegre y apetitoso, como si se hallara menos oprimido de aquella aflicción que antes lo molestara.

La maturación de las pústulas que constituye el tercer período, principia al cuarto o quinto día, contando del en que empieza el eruptivo. A este tiempo las vesículas han adquirido todo su volumen; el líquido que contienen de transparente pasa a blanco mate o argentado.

Entre tanto la vaca, aunque en alivio de la revolución que ha experimentado en su constitución al depurar de un virus elaborado específicamente en sus propios órganos (esta es nuestra opinión), o al sufrir su acción si es proyectado en la circulación general por causas externas, la vaca, decíamos, conserva todavía una viva sensibilidad sobre las mamas y aún sobre la ubre entera.

En el cuarto período de disecación, el humor que llena las pústulas pierde su limpidez, pasa a gris amarillento, adquiere en seguida un tinte rosáceo y queda en perfecta condensación al duodécimo día.

Las costras que conservaban un color plúmbleo, principian en esta época a oscurecerse y a perder de su forma celulosa en proporción que avanzan en densidad. Estrechan algo su diámetro en la misma progresión en que se concreta el humor que contienen. Su superficie no es tan lisa y suave, como la de la vacuna humana: es rugosa y áspera, aunque conserva en toda circunstancia la depresión central característica de este género de erupción.

El animal, hasta el completo desprendimiento de las costras, que acaece al catorceno día adelante, rehúsa el lactífero sustento al becerrillo. Basta la más leve presión sobre aquellos endurecidos tubérculos para excitar un excesivo dolor, que lo hace conocer por su violenta inquietud, por sus embestidas y propensión a dañar con los cuernos.

Extrajimos las costras de nuestra última observación, temiendo perderlas, al décimo tercio día cuando estaban firmemente adheridas aún. Profundas cicatrices quedaron en el sitio de su implantación.

Hemos concluido, señor, nuestras observaciones sobre la vacuna natural: si insuficientes, si conducidas sin el debido tino, si defectuosas en sus pormenores, son, sin embargo, dignas de indulgencia. Nadie ha debido esperar quizá ni exigir más orden, precisión, claridad ni talento de un pobre médico de aldea. Y si nos fuera permitido concebir alguna satisfacción en la materia de que tratamos, ésta sería la de habernos empeñado tanto cuanto nos fue posible, en rendir un servicio a la práctica de la vacuna. Si algún día ella llegara, por fatalidad, a faltar o a desnaturalizarse, la belleza de una o más generaciones nada tendría que temer de la devastación variólica, desde que existe en este territorio la costra vacuna indígena.

Los médicos en situación más afortunada que la que nos ha cabido a nosotros podrán más adelante contraerse a ampliar y perfeccionar un trabajo tan digno de sus miras filantrópicas, como él es interesante a la salud pública de la cual son, y deben ser ellos los fieles y vigilantes custodios.

Al terminar esta comunicación sólo nos resta suplicar a V se digne elevar al conocimiento de la Real Sociedad Jenneriana, lo principal de su contenido. Siendo este ya un paso honroso para nosotros, esperaríamos sumisos el juicio que ella formara sobre nuestros ensayos. Entonces ellos podrían valorarse aunque no como el más digno, al menos como el más justo tributo de gratitud a la noble generosidad con que en 1832 se sirvió premiar, inscribiéndose en el número de sus miembros, otra de nuestras inmeritorias tareas.

Desea que Dios guarde a V su importante vida muchos años, señor Director:

Francisco J Muñiz

Fuente: Muñiz, Francisco Javier: Escritos cientìficos. Con prólogo de Florentino Ameghino. Buenos Aires, W M Jackson –Grandes Escritores Argentinos-, 1944.

Muñiz, Francisco Javier. Nació en San Isidro, Provincia de Buenos Aires, el 21 de diciembre de 1795. Era hijo de doña Bernardina Frutos y de don Alberto José Muñiz, propietarios pertenecientes a prestigiosas familias argentinas. Después de cursar primeras letras, demostrando desde sus primeros pasos contracción al estudio y firmes virtudes morales, toma parte en la defensa de Buenos Aires contra los invasores ingleses. Pelea como un héroe y cae herido cuando apenas cuenta doce años (1807). Cursa luego los estudios secundarios en el antiguo colegio carolino. A los 17 años (1812) da muestras de aptitudes literarias: ayuda a su venerado maestro, el canónigo José León Banegas, a redactar un manifiesto encomendado por la segunda Sociedad Patriótica. Esto indica que Muñiz está en cuerpo y alma con la fracción renovadora de la Revolución de Mayo, la morenista. En 1814 ingresa en el Instituto Médico Militar, dirigido por el doctor Cosme Argerich conforme al plan de seis años aprobado por la Asamblea de 1813. En 1821 se recibe de facultativo. Defiende la casa donde se formara contra ataques inmotivados, y en páginas que se conservaron inéditas hasta hace poco, formula muy edificantes consejos de ética profesional: a ellos ajustó su conducta al resto de su vida. Colabora en dos excelentes periódicos de la época, el Ambigú de Buenos Aires (1822) y el Teatro de la Opinión (1823); en este último preconiza conceptos educacionales y políticos ampliamente modernos. En 1824 se gradúa de médico y cirujano; al año siguiente es destacado en Chascomús como médico militar. Aprovecha sus ocios realizando sus primeras excavaciones paleontológicas; participa, asimismo, en la fundación de la sociedad Amantes de la Ilustración. En 1826 es designado cirujano mayor del ejército. En la memorable batalla de Ituzaingó tiene oportunidad de distinguirse. En 1827 es designado profesor en partos, niños y medicina legal. Inicia brillantemente la enseñanza de esas especialidades en el país. Aunque su curso es muy concurrido y él hondamente estimado por sus discípulos, decide en 1828 instalarse en Luján, como médico militar y de policía. Busca el sosiego campesino con el objeto de consagrarse a sus caros estudios paleontológicos. Tras muchos años de labor junta considerables materiales. Los obsequia a Rosas, pensando para sus adentros en dar vida al Museo de Historia Natural. Pero… (Rosas) resuelve donarlos a Europa, a través del almirante Dupotet. Y los frutos de tantas vigilias van a parar al extranjero. En 1844 se gradúa de doctor en medicina, presentando la respectiva tesis; publica un excelente trabajo sobre la escarlatina y descubre la vacuna indígena. Este descubrimiento tiene repercusiones en el viejo continente; gracias a él se continúa en la Argentina la lucha de preservación contra la viruela y se salvan muchas vidas. Sus observaciones acerca de la vaca ñata son utilizadas por el insigne naturalista inglés Charles Darwin, quien le expresa su admiración por su obra científica y las condiciones precarias dentro de las cuales debe realizarla. En octubre de 1845 lleva a cabo el descubrimiento paleontológico que más aprecia, el del tigre fósil (Muñífelis bonarensis). Su monografía sobre el ñandú es una joya, tanto científica como literaria; los primeros naturalistas del mundo no desdeñarían firmarla. Tras una permanencia de veinte años cabales en Luján, los más fecundos de su existencia, retorna a Buenos Aires en 1848. Poco después vuelve a la cátedra de la Facultad de Medicina, como profesor en partos, enfermedades de mujeres y medicina legal. En 1859, mientras asiste a los heridos en la batalla de Cepeda, es gravemente lesionado por un soldado. Septuagenario, acuerda voluntariamente poner al servicio de la Nación su enorme experiencia como médico militar a fin de aprovecharla en la guerra del Paraguay, renunciando a todo sueldo, a pesar de su pobreza, gesto que el gobierno rechaza en este última parte. Su concurso es inestimable tanto en el frente de batalla, como en los hospitales de Corrientes. En 1871, retirado ya del ejercicio profesional y de toda actividad, presta su concurso en la campaña contra la fiebre amarilla y es vencido por ella. Fallece el 8 de abril del mencionado año. Fuente: Edición de Escritos Científicos por W M Jackson -1944-.

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