Libertad Demitrópulos

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Uno de los mejores pasajes de Sabotaje en el Álbum Familiar

 

Viaje en tren a La Quiaca

 

 

 

… Rato después de haber pasado Boulogne (donde los muchachos de los talleres le envidiaban la suerte y el ascenso) la ropa tendida indicaba que los edificios altos quedaban atrás. Sintió que lo estaban asediando:

Cayetano da la mano

a tu hermano;

como no lo tengo

con el tuyo me entretengo;

me entretengo.

Puso el oído en dirección a las ruedas y percibió el coro sin lengua:

Cinco pesos

poca plata

cinco pesos…

Luego se juntaban los dos asedios como los gritos furiosos de dos locos. Le quemaba la sed. Desde que se hiciera cargo de la diesel no bebía. Pero a medianoche estaba completamente ebrio. Casi no vio las luces de la estación Alta Córdoba, hacia la madrugada. Por poco sigue de largo. Pero entró bien y el superintendente lo miró desconfiado; supo quedarse impasible, dando la impresión de impunidad que los superiores exigen y que algunos borrachos dominan. Siguió, sin novedad.

El día era cálido. El camino carretero levantaba grandes polvaredas que parecían tener vida propia: en el centro se cumplía la inquietante vida de los remolinos. Adentro, ya se sabe, baila el diablo. El tren seguía tragando kilómetros y la boca de Cayetano se endurecía de sequedad. Vaciaba las botellas con desesperación. Faltaban tres horas para llegar a Deán Funes. Era el infierno.

Entonces giró la palanca de velocidad. Los pasajeros, que dormitaban, empezaron a bambolearse en sus asientos, molestos además por el atroz calor y el aire pesado del camino. Iban con las ventanillas bajas, cubiertas con toallas mojadas para conjurar la sofocación del polvo. Sólo el maquinista tragaba el tierral. Decidió no detenerse hasta el relevo. El sol pegaba de frente, así que cuando empezó a vomitar arrojaba bombitas brillantes y multicolores. No bien llegase tendría que dar parte médico, así que amorcito clandestino lo cuidaría. Pero estaba un poco resentida. Era brava la Rubia. Si lo veía así capaz que le echaba encima una carcajada. Su puso tieso. Apeadero 1090. Paso libre. Pasó como una exhalación: ¨Si te he visto no me acuerdo¨, pensó en una ráfaga. Una vez, cuando chico, en el baldío de la esquina encontró una gata con cinco gatitos: acababa de parirlos. Tenían aún el cordón umbilical fuera, sin cortar. ¿Qué era eso que les sobresalía? Se quedó mirando la viscosidad. Si te he visto no me acuerdo. Pero ahora se acordaba de eso. Le venía a la cabeza la armadura de la frase pero a la vez el pensamiento de aquello que había presenciado. Sucios, ciegos, con un cordón rosado en medio del vientre. Repetía: ¨si te he visto no me acuerdo¨; pero tenía patente a los gatitos.

Otro giro de palanca. En los coches dormitorios las parejas que se habían acostado para la siesta encontraban que el maquinista había perdido el sentido de lo razonable y una viejecita que bajaría en Tucumán sacó el rosario y empezó a rezar. Parados en el pasillo, haciendo frente a la siesta y al tierral, una chica morena y un muchacho de largas patillas cambiaban planes amorosos. Ambos se consideraban su conquista. Ella llevaba pantalones vulgares cubriendo sus caderas eróticas. Él parecía un beduino alegre, en el desierto. Los guitarristas que habían entretenido al pasaje desde la tarde anterior y durante la noche; el ciego que llamaba a cada rato a su esposa para que lo atendiera; los convalecientes de enfermedades tratadas en Buenos Aires y que volvían a su terruño; las sirvientitas de los coches de segunda; los árabes que tomaban anís en el comedor; los conscriptos con licencia; los que volvían en busca de refugio, todos iban haciendo fuerza para que el tren, que había empezado su marcha vertiginosa, siguiera en ese ritmo y los sacara del infierno de las Salinas Grandes. Estaban inquietos pero empujaban para que la velocidad los salvara de tantas incomodidades.

Entre polvo, sudor, rezos y sexo, el tren empezó a volar. No detenerse era la consigna. No detenerse. Más rápido. Cayetano/ da la mano/ a su hermano/ como no lo tengo/ con el tuyo me entretengo/ cinco pesos poca plata/ poca plata/ Hay que llegar. Tengo que llegar a Deán Funes. Ahí descansaré. Ahí respiraremos. Llegar. En Deán Funes está la rubia con vasos de hielo, y los gatitos negros con el vientre rosado, ciegos, con el cordón colgando de la boca. Tengo que llegar. El vientre se me va a abrir y podré arrojar el fuego, esa cosa rosada que me anuda la garganta y va a ahogarme. Tengo escalofríos. Otro giro: así será más rápido. Más rápido.

Pero hay un cura con sotana marrón parado en medio de las vías. ¿Qué hace ese curita ahora que el dolor se quedó tieso adentro de mi vientre estrangulado por el cordón? Ahora el cura me da la espalda y se vuelve caminando hacia adelante, entre las vías. ¡Dios mío! ¿No verá el tren? ¿Cómo se puso adelante? ¿No se da cuenta de que el tren viene sorbiendo el aire? Por favor, retírese: tengo que llegar. No puedo frenar. Por favor Deán Funes… ¿qué está haciendo? ¡Apártese! Le diré la verdad si se aparta: la Rubia es espléndida… y mi mujer con cuatro hijos no da más. Es espléndida la Rubia. ¡Qué cuerpo! Comprenda, padre. ¿Qué iba a hacer yo hasta el otro día? Dos noches por semana, solo, fuera de mi casa. Fue por eso, por sobrellevar el tiempo que estaba solo. Pero es brava la Rubia: quiere que abandone a mi mujer y mis hijos… Y yo no soy capaz de eso. No soy tan malo. Compréndame, padre. Se lo juro. Fue por esas noches que pasaba solo. Hace frío. Estoy tiritando con este calor. Tengo los pies duros. Tengo los dedos duros. No puedo frenar. Hágase a un lado, padre. Tenga piedad… Deán Funes. No puedo frenar. Y por usted no llegaré…

En los coches dormitorio las parejas se abrazaron con fuerza. El ciego de un salto se puso de pie. Las sirvientitas se tiraron al suelo. Los que dormitaban en los asientos de segunda pasaron del semisueño a una brecha que se abrió en el cielo. El coro exterior cesó apagado por el estrépito. Cayetano descansó. …

del Capítulo XVII de Sabotaje en el Album Familiar, de Libertad Demitrópulos. Mar del Plata, Editorial de la Universidad Nacional de Mar del Plata –Colección Escritores Argentinos-, 2012.

Libertad Demitrópulos nació en el departamento jujeño de Ledesma en 1922 y falleció en Buenos Aires en 1998. Desde muy joven ejerció como maestra de escuela en su provincia natal, pero ya en 1940 se trasladó a Buenos Aires para estudiar Letras. Se casó con el destacado poeta Joaquín Giannuzzi en 1951, y ella también detentaba una aguda sensibilidad poética como puede advertirse incluso en sus novelas por las condiciones del lenguaje.  Pese a la excelencia de su producción, especialmente el más conocido de sus textos, Río de las congojas, el reconocimiento de la crítica fue escaso y tardío. Recién un año antes de su muerte, en 1997, recibió el premio Boris Vian. Hay quienes atribuyen ese olvido crítico a su fervorosa militancia peronista, como lo prueba el haber escrito una biografía de Evita publicada en 1984. La lectura de sus novelas, por otra parte, permite atisbar la importancia de esta militancia, aunque de ninguna manera pueden considerarse ¨comprometidas¨  en el sentido sartreano y menos aún, panfletarias o propagandísticas.

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