Memoria del enemigo 4

Ituzaingó: una victoria pírrica

 

((En Ituzaingó *)) mientras que todos los jefes (…) obraron con arreglo a las instrucciones del general Alvear, el coronel Paz llevó por su cuenta una carga a fondo que hizo vacilar su división en el campo de batalla, arrastrando consigo al general Lavalleja, quien maniobró delante del tercer grupo cuando su colocación era a la derecha, e impidiendo que el enemigo fuese tomado por el frente y por el fondo, como lo pensaba Alvear. ((Este último)) manifestó su disgusto por la conducta de Paz: –Ha sido una carga brillante, díjole el coronel Dehesa. –Ha dado una carga sin precedente, por la que merecía un castigo, exclamó Alvear. –Señor general, replicó Dehesa, el coronel Paz la ha llevado para salvar el honor de su regimiento. –El regimiento, contestó Alvear, no es del coronel Paz, sino de la Nación. El coronel Paz es un bravo a quien estimo, pero la primera calidad de un soldado es la subordinación (**).

El ejército imperial quedó deshecho y desmoralizado. La única fuerza en actitud de combatir que campeaba en el teatro de la guerra, era la división del coronel Bentos Manuel, quien repuesto de su descalabro en el Ombú, había repasado el Ibicuy e incorporándose ((incorporado)) con gruesas partidas de caballería del guerrillero Lucas Teodoro para hostilizar al ejército republicano. Alvear lanzó contra estas fuerzas la 1ª división al mando del coronel Pacheco, reforzada con el escuadrón de escolta. Pacheco maniobró con habilidad, trayendo a Bentos Manuel al combate y pudo derrotarlo persiguiéndolo más de siete leguas. Este y el combate del Padre Filiberto fueron los últimos combates que empeñó el ejército republicano.

A fin de sacar las mayores ventajas de su victoria, el general Alvear marchó en dirección a Río Grande con la intención de ocupar esta provincia. Pero como su ejército se componía de caballería en su casi totalidad, ((y)) sus caballadas estaban en mal estado, pidiólas con premura a las autoridades de la Banda Oriental, y le manifestó al gobierno de Rivadavia que era ((n)) indispensables quinientos hombres de infantería, cuando menos, para asegurar el éxito de su segunda campaña. Pero no consiguió ni lo uno ni lo otro. Su permanencia en el territorio brasilero era tanto más insostenible cuanto que el gobierno de la presidencia, sin hacerse cargo de este nuevo plan de campaña, acababa de enviar a Río de Janeiro una misión para negociar la paz. (…)

El fracaso de la Constitución fue completo. Esto y la conducta agresiva de los jefes de provincia tornaron impotente al gobierno de la presidencia para continuar la obra comenzada por otras vías que no fuere la fuerza. Pero a la fuerza de la Autoridad Nacional que creyó prevalecer por obra de prestigios ilusorios, se opondría la fuerza de las Autoridades Provinciales unidas entre sí para defender sus posiciones y el principio federal de que blasonaban, y la guerra civil estallaría con todos sus estragos. Ante esta perspectiva siniestra, don Bernardino Rivadavia dimitió su cargo de presidente de la República a principios de julio de 1827 en un documento memorable, cuyos conceptos transpiran la conciencia de que la propia pureza lleva consigo el alma de un patriota, como en la despedida de Washington a su pueblo y algo de esa melancolía que abate en el momento en que se abre un abismo entre la patria y el que puede consagrarle todavía muchos días de su vida, como en la despedida de Fontainbleau, cuando Napoleón besaba sus águilas queridas y dejaba en este beso su espíritu y su gloria, que eran la gloria y el espíritu de la Francia.

Rivadavia descendió de la Presidencia envuelto en su propio orgullo y con la conciencia de haber irradiado proyecciones superiores a las pasiones que actuaron excluyentes contra sus ideas sobre gobierno y su sistema político. Descendió en medio de un silencio que él fue el primero en guardar (…)

(*) Nota del autor: Por corruptela se ha llamado de Ituzaingó a la batalla que tuvo lugar al frente del Paso del Rosario y márgenes del arroyo Cutizaingó. El general Espejo y el general Frías, testigos presenciales de esta batalla, me han dicho que no existía arroyo, casa, ni punto alguno que llevase el nombre de Ituzaingó; y el general Arredondo ha corroborado lo mismo al pasar por ese campo de batalla.

(**) Nota del autor: Apuntes del coronel Chilavert ((Manuscrito original en poder de Saldías)).

 

Saldías, Adolfo: Historia de la Confederación Argentina. Tomo II: La Guerra y la Política Constitucional. Buenos Aires, Orientación Cultural Editores SA, 1958.

 

 

 

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