Memoria del enemigo 9

¡CASEROS!

Orientales y brasileños se sumaron en contingentes considerables al Ejército Grande. Los cariocas, después de superar las defensas federales, cayeron sobre el Banco de Sangre hacia donde habían sido llevados los heridos.

Entonces se desencadenó una carnicería sin igual; los soldados brasileños pasaron a degüello a todos los impedidos de defenderse.

 

 

(Después del pronunciamiento de Urquiza) Rosas quiso no sólo que los representantes (diputados) reafirmaran su fidelidad a la causa, sino también los profesionales, los hombres de negocios, en una palabra todos los exponentes de la sociedad porteña.

A las expresiones de adhesión publicadas en los diarios, se agregaban ceremonias de desagravio, que terminaban invariablemente con la quema del retrato de Urquiza.

Todo ello tuvo una duración de varios meses, mientras el régimen de Rosas parecía permanecer intacto en toda su fuerza y consistencia.

Pero esto no era más que mera apariencia. La opinión pública, en su mayoría, acusaba cansancio e incredulidad, al tiempo que otras poderosas fuerzas políticas y militares se aunaban en contra de Rosas. En aquellos meses, estamos en 1850, el Brasil miraba con preocupación a la Confederación y el Río Grande do Sul.

El Imperio del Brasil estaba, en aquellos años, profundamente dividido entre conservadores y liberales, entre los que querían mantener la esclavitud y los abolicionistas. Unos eran monárquicos y los otros republicanos. Parecía que un solo punto los unía a todos, el de tomar venganza de la derrota que el Brasil años atrás, había sufrido en Ituzaingó a manos del ejército argentino.

Esta efemérides era recordada todos los años en Buenos Aires, con desfile militar y festejos, provocando la reacción del Brasil. En el Parlamento de Río de Janeiro se insultaba continuamente a la Argentina y a cada solicitud de explicaciones de la Cancillería de Buenos Aires, respondía invariablemente Itramaraty: El gobierno del Brasil no da explicaciones ni reparaciones, por lo que se dice en el Parlamento.

La diplomacia argentina lograba superar con dificultad este incidente que se presentaba, año tras año, en forma cada vez más aguda y siempre muy agraviante.

Por otro lado, los unitarios argentinos, a los cuales se habían asociado los orientales, enemigos de Oribe, habían tratado de atraer ya desde 1845 a Urquiza. Era un hecho que los barcos de Entre Ríos comerciaban con Montevideo, ignorando en forma deliberada la Aduana de Buenos Aires. Entre Ríos exportaba  frutos de la Mesopotamia y recibía en cambio manufactura europea. El resultado de esta rebeldía económica estaba a la vista: en poco tiempo, la provincia de Entre Ríos había logrado un cierto bienestar, lo que había permitido a Urquiza dejar el pobre rancho de dos piezas, una construcción de adobe donde había habitado hasta aquel momento, para ocupar una gran mansión que se había hecho construir en San José, cerca de la ciudad de Concepción. Este verdadero palacio, tan lujoso y en contraste con toda la edificación que lo rodeaba, pronto encontró un apodo: el pueblo lo llamó El Versailles Entrerriano.

En la primera semana del anuvo año (1851), el agente comercial de Urquiza en Montevideo, Antonio Cuyás y Sampere (8), con arreglo a las instrucciones del gobernador de Entre Ríos, se presentó en la Legación del Brasil, proponiendo una alianza entre el Imperio y la provincia separatista entrerriana. A partir de aquel momento, los acontecimientos se precipitaron. Será oportuno en todo caso recordar a este propósito, a quien quisiera encontrar en la actitud de Urquiza una evolución liberal, que nada de todo esto había en su genio. Urquiza se había dado cuenta de que el régimen de Rosas había cumplido su período histórico, que su negativa de abrir el país al comercio con las potencias europeas que golpeaban violentamente a sus puertas, era ya una posición anacrónica y finalmente que esta actitud permitía el enriquecimiento de la sola Buenos Aires, excluyendo a todas las  demás provincias de la Argentina.

Urquiza, atento observador, se había dado cuenta de que aquella franja de la población que en su exaltación fantástica seguía a Rosas, ya estaba cansada, esperaba un cambio. Sólo éstas y no otras fueron las consideraciones de su separación y rebeldía.

Tampoco había coincidencia ideológica alguna entre Cuyás y Sampere que (…) al recordar a Garibaldi se mostraba como un abolicionista recalcitrante, y el Imperio de Brasil, en el cual la esclavitud se mantenía sin perspectiva alguna de liberalización.

La caída del régimen rosista fue, por lo tanto, una cuestión de organización. Todos apuntaron a este objetivo buscando, con el fin de la guerra, también obtener una buena ganancia luego de las pérdidas sufridas. El 29 de mayo de 1851 firmaron la alianza. Urquiza, en nombre de la provincia de Entre Ríos, el ministro de la República Oriental del Uruguay (en representación de Montevideo) y el plenipotenciario del Imperio del Brasil.

En octubre del mismo año, Paraguay suscribió también esta alianza pero sin intervenir, reservándose el derecho de hacerlo sólo una vez iniciada la campaña. Corrientes, con su gobernador Virasoro, desde tiempo era a su vez aliado de Urquiza.

En Buenos Aires, como respuesta a todo esto, fue colgado en la  pirámide de Mayo un letrero que rezaba así: Muerte al loco traidor y salvaje Urquiza.

El 9 de julio, fiesta nacional, Rosas encabezó un imponente desfile militar bajo una lluvia torrencial. El régimen, que contaba con un ejército de 30.000 hombres, además de los 12.000 que desde 1842 sitiaban a Montevideo, aparentaba aún ser muy fuerte.

El 18 de julio, el gobierno de Buenos Aires presentó al ministro del Brasil, la declaración de guerra, lo que en definitiva no era más que el reconocimiento jurídico de un estado de hecho. La escuadra del Brasil se encontraba desde varias semanas atrás en el estuario del Plata, y colaboraba activamente con Urquiza, impidiendo todo movimiento en el Paraná. En las provincias de Entre Ríos y Corrientes se estaba efectuando la movilización general.

Urquiza respondió a la declaración de guerra de la Confederación al Brasil, presentándose delante de Montevideo e intimando a las huestes de Oribe a rendirse o pasar a su lado. Este fue el fin del sitio, proclamándose que la guerra terminaba sin vencedores y sin vencidos.

Domingo Faustino Sarmiento, que recién había llegado a Montevideo desde Chile, nos dejó sus impresiones al visitar el campo de Oribe. Dice el sanjuanino cuál fue su estupor al encontrar a estos temibles tercios de Rosas, que nos describe como soldados que tienen el pelo blanco, que han pasado más de 10 años en armas, embrutecidos por la guerra, duros y tenazmente fieles a su jefe, Rosas. En todo el tiempo no conocieron el techo de una casa ni el calor de una familia.

El 8 de setiembre, el sitio fue declarado oficialmente terminado y el 21 de noviembre los aliados se reunieron para dar a esta campaña un contenido ideológico, como siempre se pretende en estos casos, para encubrir intereses golpistas, económicos y políticos.

Urquiza fue nombrado jefe de todo el ejército, al tiempo que el Brasil se hacía cargo de la financiación de la campaña con una contribución de 100.000 patacones mensuales. El gobernador de Entre Ríos se empeñaba en todo caso a reembolsar todos los gastos a guerra terminada, pagando una tasa del 6% de interés anual.

Esta fuerza, cuyo único objetivo era derrotar a Rosas, fue una de las mayores de su tiempo, pues logró movilizar a unos 30.000 hombres y mereció el nombre de Ejército Grande. Estaba integrado, en su mayoría, por argentinos de las provincias: de Entre Ríos y de Corrientes, 24.000 aproximadamente, y el resto eran orientales, brasileños y, como veremos, italianos.

Los integrantes de la Comisión Argentina, gente preparada y experimentada militarmente, se alistaron en el ejército y recibieron mandos de tropa o bien, como oficiales, fueron integrados al Estado Mayor. Sarmiento fue nombrado jefe de prensa y se presentó a filas con uniforme de corte francés, lo que llamó mucho la atención de sus colegas.

Las unidades que habían constituido la defensa de Montevideo, fueron encuadradas en una llamada División Oriental: en total eran 1.671 hombres y el mando fue confiado al coronel César Díaz.

Aquí encontramos nuevamente a los italianos, los que quedaban de la Legión, los que habían sobrevivido hasta aquel entonces y muchísimos otros que habían llegado de Italia en aquellos meses, tras los acontecimientos políticos y militares en la Península, que hemos resumido al comienzo de este capítulo. Desgraciadamente, Odicini no se encontraba entre ellos y no disponemos por lo tanto de su diario. Se encontraron sólo referencias por lo general muy superficiales, de los oficiales italianos que tuvieron participación en esta campaña y prácticamente nada con relación a los suboficiales y soldados.

De toda la documentación que hoy conocemos, la más exhaustiva es, sin duda, la que nos dejó César Díaz, que como coronel, comandó esta División Oriental.  Esta se encuentra incluida en las Memorias inéditas, que años más tarde de su trágica muerte, fueron publicadas por su hijo.

De estas Memorias inéditas, extraemos que la División Oriental comprendía tres batallones de infantería, cuyos nombres eran Resistencia, Voluntarios y Orden. En este último se encontraban reunidos todos los elementos italianos,  ya sea los que habían pertenecido a la Legión, como los que recién habían llegado de Italia, después de las derrotas de Novara y de la República romana, y era comandados por el mayor Eugenio Abella (9), íntimo amigo de César Díaz.

Entre los oficiales de este batallón, encontramos al capitán Susini y al teniente 1° G B Charlone. Recordamos que este último había sido ascendido a sargento sobre el campo por su acción destacada en el combate de San Antonio. El origen del batallón fue algo singular: César Díaz relata que el tercer batallón había sido constituido inicialmente con los veteranos del campo de Oribe, una vez terminada la guerra: sin vencedores y sin vencidos. Pero éstos se desbandaron tan pronto se enteraron de que se trataba de marchar contra Rosas. Con mucha dificultad, fueron reunidos nuevamente y, para evitar peligrosas defecciones, se integró el batallón con gran número de italianos que, por lo que se deduce, se consideraban elementos más seguros. Con esta integración masiva italiana, el Batallón recibió el nombre de Orden.

La Escuadra del Brasil, que ya estaba en el Río de la Plata, rápidamente se desplazó a la zona de los cruces sobre el Paraná, lo que permitió al Ejército Grande trasladarse fácilmente a la provincia de Santa Fe y, una vez reagrupado, dirigirse hacia San Nicolás y entrar en la provincia de Buenos Aires.

El ejército de Rosas emprendió entonces una retirada general, que efectuó lentamente, incendiando los pastizales para retardar el avance del Ejército Grande e impedir la deserciones del campo enemigo.

Disidencias de último momento provocaron el relevo por parte de Rosas, del comandante en jefe del ejército, el general Pacheco. Era éste, sin duda, el mejor elemento de que disponía la Confederación. Fue un error gravísimo que cometió Rosas, cuya desconfianza llegaba a veces a actitudes infantiles.

La noche del 2 al  3 de febrero Rosas, que se había retirado constantemente hasta las inmediaciones de la Capital, tuvo que decidirse a aceptar batalla. Con este fin, desplegó sus fuerzas en defensa de la ciudad en la localidad de Cassero, llamada así por su primer poblador, que en la dicción española había sido transformado en Caseros. En esta localidad, más tarde, otro italiano de apellido Cúneo levantó un singular palomar (10), un edificio circular de tres pisos. A unos cien metros de esta construcción, existían en aquel entonces dos casas, en una de las cuales funcionaban un restaurante y albergue con una torre cuadrada que servía como mirador. Allí, la sociedad porteña llegaba a menudo para pasar unas horas apacibles en los fines de semana.

Todo este conjunto de edificios se convirtió en el centro de la resistencia del ejército de Rosas, desplegado entre la orilla del arroyo Morón y el camino a la capital. La artillería, una formidable línea de fuego, ocupó el sector contiguo a estos edificios.

La artillería de Rosas se componía de sesenta cañones, al mando de una singular figura militar, que había desertado de la defensa de Montevideo y se había incorporado al ejército federal. Era éste el coronel Chilavert, un soldado experto y competente y sobre todo animado de una inquebrantable decisión de pelear hasta el fin. Al cuadro de entusiasmo y de voluntad de combatir que presentaba todo el ejército federal, desde sus oficiales al último soldado, se oponía el estado de abulia y de resignación en el cual había caído su comandante, el gobernador de Buenos Aires, el brigadier general Juan Manuel de Rosas; un estado de indiferencia y de cansancio que era perceptible a todos los que tenían trato con él.

Luego de tantas traiciones y tanta sangre derramada, Rosas mismo parecía no creer más en su gobierno, como tampoco en la victoria.

Aun cuando ésta lo coronara una vez más, como en tantas veces anteriores, ¿cómo podía seguir gobernando rodeado de tantos traidores y enemigos?

Chilavert rompió el fuego, luego de que Rosas pasara revista al ejército y las tropas lo saludaran con vítores y hurras.

Al fuego de Chilavert, contestó la artillería de Urquiza, que era apenas inferior a la de su adversario. Luego de casi una hora de bombardeo, las fuerzas argentinas, orientales y brasileñas pasaron al ataque.

El mayor esfuerzo de los atacantes fue dirigido hacia aquel conjunto de edificios que hemos mencionado. Un bien dirigido ataque a bayoneta del batallón Orden, logró romper la resistencia y entrar en el edificio principal del caserío.

Allí la lucha fue encarnizada y Charlone dirigió a sus hombres de un modo tan brillante, que al poco tiempo quedaron dueños de toda la posición. Los brasileños sobrepasaron a los orientales y se precipitaron sobre el hospital de sangre que había sido instalado por los federales en las inmediaciones de la retaguardia y emprendieron la masacre de todos los heridos que habían sido llevados allí.

La caída de esta posición, fue la señal del desbande general del ejército de Rosas. Los entrerrianos, que llevaban el mismo uniforme de la Confederación, rojo punzó, y se distinguían de los de Rosas por un chaleco blanco puesto sobre la túnica, asaltaron el resto de la línea, que no opuso resistencia y se dispersó. Un solo oficial quedó sobre el campo disparando hasta el último momento: éste fue Chilavert. Cayó así en manos de Urquiza y fue pasado de inmediato por las armas. Como pretendían fusilarlo por la espalda y Chilavert se oponía con todas sus fuerzas a los entrerrianos, fue golpeado, derribado y, ya en el suelo, rematado a bayonetazos. El coronel Santapaloma no tuvo mejor suerte y, reconocido, fue degollado de inmediato junto a decenas de otros oficiales. La carnicería fue horrible y duró hasta la noche (César Díaz, obra citada).

Rosas había dejado el campo. Tan pronto se dio cuenta de que la batalla estaba perdida, se dirigió al galope cerrado hacia el Sur llegando, pasado el mediodía, a lo que hoy es la plaza Constitución. Allí redactó la renuncia (11), que envió a la Cámara de los Representantes, y buscó refugio en la casa del representante de Inglaterra. Entró en la Legación, al pareceer en forma algo brusca, y sin decir al valet quién era, se puso a buscar al ministro por todas las habitaciones. Pero éste había salido horas antes para obtener noticias de la batalla. Exhausto al fin, se tiró en la cama del diplomático, donde cayó en un sueño tan profundo, que el representante inglés, al volver a su casa a la tarde, lo encontró durmiendo. Al anochecer, Rosas, ya reunido con su familia, fue llevado bajo la protección británica a bordo de un barco inglés que se encontraba anclado en el puerto. Unas semanas más tarde desembarcaba en Southampton, donde pasó los últimos años de su vida. Allí vivió una existencia monótona, administrando una pequeña chacra que había logrado comprar y siendo visitado de vez en cuando por el premier inglés, Lord Palmerston.

(8) Nota original: El que había integrado la comisión que investigó la llegada del corsario Garibaldi en 1836 a Gualeguay.

(9) Nota original: César Díaz intentó, en 1858, derrocare al gobierno de Montevideo, pero tuvo que rendirse a las fuerzas de represión mandadas por el general Anacleto Medina en el paso de Quinteros. César Díaz, con el mayor Abella y unos cuantos oficiales, entre ellos los italianos Bonino, Nerri y Lustrini, fueron fusilados cuatro días después de su rendición, por orden del mismo Medina que había sido salvado en 1846 por Garibaldi en San Antonio. El hijo del general César Díaz, Adriano, publicó en 1878 las memorias que había redactado su padre. Estas contienen la descripción de lo actuado por la División Oriental y los italianos que la componían. Sobre la muerte del padre, en lo que Adriano Díaz llama la masacre de Paso Quinteros, dice que el mismo día, 63 militares entre sargentos, cabos y soldados, fueron degollados y abiertos por el vientre. Entre ellos encontramos los siguientes nombres de italianos: Morelli, Vicarini, Soresina, Santo Chicchi, Travechi, Cassaglia, Talquieri, Bergonzano, Marti, Pavesi, Arrigoni, Fumelle, Marchi, Fantino, Rollando, Antolla.

(10)Nota original: El edificio restaurado subsiste aún hoy y se encuentra en los jardines del colegio Militar. El Palomar fue construido por Diego Cassero, que dio el nombre de la localidad. En la época de la batalla, este edificio pertenecía a don Simón Pereyra. (Según Crónica Argentina, La Caída de Rosas, Pérez Amuchástegui).

(11) Nota original: La renuncia fue escrita sobre un pequeño papel con el lápiz que Rosas tenía consigo. A pesar del momento, el gobernador escribió la nota con su hermosa caligrafía, excusándose de hacerlo con lápiz, en lugar de usar la pluma que, por estar en medio del campo, no tenía a su disposición.

Transcripto de Gradenigo, Gaio: Italianos entre Rosas y Mitre. Capítulo V: De Montevideo a Buenos Aires. Buenos Aires, Ediciones EDILIBA

Ilustración, detalle de la obra Batalla de Caseros de Juan Manuel Blanes.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s

%d bloggers like this: