Pizarro brutal

 

luismontero

… Mis soldados recibieron lo suyo, los de Almagro no. Hice fundir todo lo que nos había pagado el señor Atahualpa, vasijas, vasos, adornos, hasta escudos nos habían traído, y después repartí las monedas y los lingotes a cada soldado. ¿Para qué tanto vaso, alhajas y chucherías? Eso para Cortés, en todo caso, o para algún recuerdo. Así que separé mi parte, la de mis hermanastros, el quinto del Rey, el de la Santa Iglesia, y el resto se lo repartí a los soldados: a los jinetes les dí el doble de los infantes. El escribano real anotó todo. Cada jinete embolsó más de 90 libras de peso en oro y unas 180 de plata. Tuvieron eso y después más en el Cuzco y encima les dí indios y tierras. Los de Almagro no se merecían tanto, llegaron tarde…

… Pizarro levantó no sólo los ojos, sino también las cejas. Me miró, se acarició la punta de la barba y luego vino hacia mí. Se instaló a mis espaldas, con una mano en la cintura y la otra sobre el mango de su puñal. Cuando observó el dibujo sentí un cosquilleo en las orejas. Un soldado siguió, a una prudente distancia, sus movimientos y los míos.

-¿Por qué me haces tan serio, hombre? Ponme cierta sonrisa, ¿quieres? ¿O es que así se pinta en Florencia?

Yo nunca había estado en Florencia. Luis Alfonso, en cambio, sí. El pintor, hidalgo y espía de la corona de los Médicis, cuyo nombre adopté, había muerto en mis brazos en alta mar, a bordo de una nao que nos llevaba desde el puerto de Génova a la ciudad de Sevilla… (…)

-A mi padre, don Gonzalo Pizarro, le decían el romano y a mi primo Cortés lo comparan con Julio César. ¿Qué tan bueno era ese César?

– Sé que César lloró ante una estatua de Alejandro Magno¨Este hombre a los treinta había conquistado el mundo y yo a su edad todavía no he hecho nada¨, dicen que dijo. Sé también que antes de cada batalla arengaba a sus soldados. Todos los generales lo hacían, pero mientras otro, como Germánico, eran serios y precisos, César les hacía largos discursos y bromas pesadas…

 

Sguiglia, Eduardo. Un puñado de gloria. Buenos Aires, Grijalbo, 2003. Págs 26/27; 30/ 31.

 

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