1809: La reina que no fue

Carlota

Carlota Joaquina de Borbón

 

La princesa brindaba la oportunidad de sacudir, sin los horrores de una sublevación o tumulto, una administración corrompida

 

 

Meses antes de las jornadas de mayo de 1810, un grupo integrado por conocidos personajes del momento, apostaron por el reinado rioplatense de la infanta Carlota Joaquina de Borbón: los carlotinos. Conforme documenta Mario A Serrano, fueron partidarios de Carlota: los integrantes de la peña que se reunía en el café del catalán Pedro José Marco, es decir: Manuel Belgrano, Juan José Castelli, los dos Passo, Nicolás Rodríguez Peña, los dos Vieytes, Alberti, Irigoyen, Guido, Donado, Chiclana, Terrada, Melián, Viamonte, Darragueira, French y otros. Desde el Brasil, Saturnino Rodríguez Peña, el aventurero Presas, Felipe Contucci, el almirante inglés Sidney Smith, el médico Paroissien y lord Strangford colaboraron en el intento (1).

Seguimos ahora la Historia de Belgrano, obra de Mario Belgrano (2).

(…) Con circunstancias tan propicias, la hora se la emancipación se encontraba cercana. Belgrano, en su Autobiografía, nos dice: Entonces fue que no viendo yo un asomo de que se pensara en constituirnos y, si a los americanos presentando una obediencia injusta a unos hombres que por ningún derecho debían mandarlos, traté de buscar los auspicios de la Infanta Carlota, y de formar un partido a su favor, oponiéndome a los tiros de los déspotas que celaban con el mayor anhelo para no perder sus mandos; y lo que es más, para conservar la América dependiente de la España, aunque Napoleón la dominara; pues a ellos les interesaba, poco o nada, ya sea Borbón, Napoleón u otro cualquiera, si la América era colonia de la España (3).

(…) La princesa no era por cierto, la persona más indicada para la realización de tan nobles propósitos. En efecto, Doña Carlota era una dama que no se distinguía por sus prendas morales; de maneras bruscas, cuando no groseras, solía usar un lenguaje excesivamente libre, que llegaba a ser obsceno: lo cual no disentía con su vida privada. Por otra parte, la naturaleza no la había favorecido, pues no sólo era pequeña de estatura, sino de facciones irregulares, acentuadas por la exuberancia capilar del rostro. Sus ojos negros expresaban vivacidad y decisión (4). La ambición del poder la dominaba, y viendo que sus planes no podían realizarse ni en España ni en Portugal, pensó en ser al menos la Emperatriz de la América Española, cuya lealtad dinástica se manifestara ruidosamente contra el Rey José, lo cual debía traer como consecuencia final la independencia de las colonias. En caso de que esto no fuera realizable se contentaría con la regencia de la América Española, con la del Río de la Plata, más no fuera, con tal de poder ejercer sobre un extenso territorio su autoridad propia, autónoma. El príncipe Regente veía en este asunto la perspectiva de alejar una esposa que no estimaba ni quería, pero también consideraba la influencia que para Portugal pudiera presentar este entrenamiento de doña Carlota en Buenos Aires, y en el futuro cuando se planteara la sucesión de ésta, que era la suya propia (5).

(…) El plan de llegar a la emancipación, coronando a la princesa Carlota, había sido iniciado en Río de Janeiro por Saturnino Rodríguez Peña, que se encontraba a la sazón en dicha capital. Este proyecto tuvo en un tiempo buena acogida en la opinión: en los pueblos del interior contó también con un partido considerable. Entre los partidarios más entusiastas figuraban Pueyrredón, Castelli, Nicolás Rodríguez Peña, los Passo, Vieytes.

(…) Belgrano tomó participación activa en el plan: por intermedio del P Chambo entabló una correspondencia con la Infanta Carlota, en los años 1808 y 1809. Al parecer fue probablemente la primera entre las personas de importancia a quienes se abriera la cancillería de Río de Janeiro, y que demostraren su conformidad. El secretario del Consulado, al decir del agente portugués, Possidonio da Costa, era persona docta y respetada, y que, desde mucho tiempo, seguía la trama, y trabajaba bastante por sí y sus amigos en beneficio de los derechos de la Serenísima Señora. Como obra de propaganda entre sus paisanos, escribió un diálogo entre un español americano y otro europeo, que, según Mitre, tuvo su influencia en los progresos de la opinión.

(…) El Americano no admitía el peligro aducido por el Castellano de que serían Portugueses por estar casada la Infanta con el Príncipe Regente de Portugal y Brasil, como los Castellanos no fueron Aragoneses, ni éstos Castellanos, porque la reina Isabel casó con el rey de Aragón, Fernando.

(…) Refiriéndose a este diálogo dice un autor español que no era otra cosa que una apología de la libertad y de las ideas de independencia, envolviendo a la vez un elogio de los proyectos (6).

(…) En efecto, los hombres que trabajaron por traer a la Infanta tenían en mira la independencia y establecer una monarquía constitucional. Este pensamiento está bien de manifiesto en la carta que Saturnino Rodríguez Peña escribiera desde Río de Janeiro el 4 de octubre de 1808, a sus amigos de Buenos Aires, en la que luego de expresar la necesidad de admitir algún gobierno bajo un sistema libre, se refería a un proyecto de petición a remitir a la Princesa, en el cual se mencionaban como condiciones para el establecimiento de la Regencia, la libertad de los americanos, todo lo que pueda tener relación con la feliz independencia de la patria y con la dinastía que se establece. Rodríguez Peña manifestaba que obraba pensando que había que aprovechar la oportunidad de sacudir, sin los horrores de una sublevación o tumulto, una dominación corrompida, no vacilando en sostener como un indudable principio que toda autoridad es del Pueblo y que este sólo puede delegarla (7).

(…) Estas tendencias no podían ser del agrado de la princesa. Bien claro se expresó ella misma al respecto, cuando al denunciar a Liniers las cartas que traía Paroissien para los patriotas de Buenos Aires, le decía que estaban llenas de principios revolucionarios y subversivos del presente orden monárquico, tendientes al establecimiento de una imaginaria y soñada república, la que tiempos hace está proyectada por una porción de hombres miserables y de pérfidas intenciones, que no sirven más que para comprometer el honor de sus buenos y honrados ciudadanos: pero, como por pequeña que sea la tan maquinación, siempre es diametralmente opuesta a las leyes, a los derechos de mi real familia, contra el legítimo soberano de esos dominios, y por consiguiente contra mí misma.

(…) Con tales miras no era posible que la venida de la Infanta pudiera realizarse, tanto más cuanto que el príncipe regente ya no le prestaba su consentimiento, y que Inglaterra se oponía también a la creación de una monarquía independiente en el Plata.

(…) A pesar de que el proyecto se hubiera tornado irrealizable, se siguió tratando el asunto, pero ya sin perspectivas de que pudiera llevarse a cabo.

Ha de recordarse que esta misma Borbón, fue la que tildó a Carlos de Alvear de peligroso fingidor, enemigo y traidor de la monarquía, al enterarse de la representación que le hizo llegar a través del embajador español Villalba. El depuesto Director Supremo, luego general triunfante en Ituzaingó, había manifestado su intención de concluir con la horrenda revolución porteña.

(1) Serrano, Mario A: El fusilamiento de Liniers. Buenos Aires, Corregidor, 1979.

(2) Belgrano, Mario: Historia de Belgrano. Buenos Aires-México, Espasa Calpe Argentina, 1944.

(3) Conforme Mitre, Bartolomé: Historia de Belgrano -4 tomos-.  Buenos Aires, Ediciones Estrada, 1960.

(4) Fue tan querida entre sus súbditos, que llegaron a concederle el apodo de La Arpía de Queluz; lo de arpía lo dice todo, en cuando a lo de Queluz, es alusivo al palacio versallesco en el cual residía: el Palacio Real de Queluz, y que fue su residencia asignada hasta su temprana muerte a la edad de 54 años. Conforme http://retratosdelahistoria.lacoctelera.net.

(5) Conforme Oliveira Lima: Dom Joao VI no Brazil – I. Río de Janeiro, Tip do Jornal do Commercio, de Rodríguez y Cía, 1908. ((Nota original)).

(6) Rubio, Julián María: La Infanta Carlota Joaquina y la política de España en América (1808-1812). Madrid, Biblioteca de historia hispanoamericana, 1920 ((Nota original)).

(7) Conforme Mitre, Bartolomé: Op cit.

 

 

 

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