Manuel Belgrano: él mismo

 

Un Belgrano no tan conocido…

Manuel Belgrano, puro espíritu

Manuel Belgrano, puro espíritu

por Hugo Muliero (*)

No se sabe por qué razón han podido trascender a través de la historia los padres de algunos próceres y no los de otros de igual o mayor categoría. La historia nos entera con generosidad de las virtudes de tejedora de la madre de Sarmiento y del abolengo de la progenitora de San Martín. Como si las cualidades de los ascendientes les dieran más autoridad y prestigio a la tarea que realizaron.

Entonces, por qué no sabemos nada de los padres de Manuel Belgrano, por citar, creo yo, al más importante de todos. Al más patriota, el más honesto, el más generoso y desinteresado, en fin, el máximo ejemplo de la nacionalidad argentina. Será acaso porque su padre, don Domingo Belgrano y Peri (Pérez), estuvo preso por estafa y conspiración contra la Aduana de Buenos Aires, en 1778. Este italiano, originario de Liguria, fue acusado junto al titular de la Aduana, Francisco Ximénez Meda, de haber desviado 130 mil pesos de las arcas del organismo.

El virrey Loreto, que tenía fama de honesto y muy severo, ordenó el arresto domiciliario y el embargo de todos sus bienes, que jamás recuperó la familia. El arresto duró más de cuatro años y la reivindicación y la libertad le fueron devueltas en 1793 por el sucesor del conde de Loreto, el virrey Arredondo.

En su Historia de Belgrano, a pesar de utilizar copiosa documentación, Mitre no hace ninguna referencia a este episodio. O no lo conocía -lo que es muy improbable- o habrá pensado que se empequeñecería la personalidad del creador de la Bandera y decidió omitirlo.

Este prejuicio pareciera instalado en la sociedad argentina y no son pocos los hijos que se vieron beneficiados o perjudicados por la inconducta o el prestigio de sus padres. Ni Sarmiento es mejor, de hecho que no lo es, porque su madre era una abnegada tejedora, ni Belgrano peor porque su padre fuera preso por estafa.

Pero el episodio, sin duda, es la causa del anonimato de María Josefa González Casero, que además de ser la madre de Manuel Belgrano, era una mujer ejemplar  e intelectualmente muy dotada, que se valió por sí misma. Madre de once hijos, debió luchar contra la adversidad, sin recursos siquiera para subsistir, pero sin perder la dignidad y ocupándose de reclamar personalmente ante el virrey y el rey Carlos IV, sobre la injusticia que se estaba ejerciendo con su familia al condenarla a la miseria.
Manuel también debió padecer algunas privaciones en Salamanca, donde estaba cursando la carrera de abogacía. Esta nueva situación le impidió completar el doctorado y lo obligó a cambiar de Universidad. De tal forma, se graduó de bachiller en leyes en Valladolid, porque exigía menor cantidad de cursos. En carta a su madre, le consuela diciendo que el doctorado no sirve para nada y que le demandaría tres o cuatro años más de estudio. Y para no preocuparla, sintetiza la situación en que “ser doctor es una patarata”, cuyo equivalente moderno, según lo revela Bravo Tedín, sería “una boludez”.
En su biografía, don Manuel da una explicación innecesaria sobre la fortuna de su padre. Sin que nadie se lo pregunte, dice que “la ocupación de mi padre fue la de comerciante y como le tocó el tiempo del monopolio, adquirió riquezas para vivir cómodamente y dar a sus hijos la mejor educación de aquella época”.
Luego le agradece la educación recibida, expresa: “Me proporcionó la enseñanza de las primeras letras, la gramática latina, filosofía y algo de teología en la misma Buenos Aires. Sucesivamente, me envió a España a seguir la carrera de Leyes y allí estudié en Salamanca, continué en Madrid y me recibí de abogado en la cancillería Valladolid”.
Más adelante, justifica el hecho de haber cambiado de universidad (y abandonado el doctorado) por decisión propia y no por falta de recursos como lo admite en carta a su madre. En su autobiografía se culpa: “Confieso que mi aplicación no la contraje tanto a la carrera que había ido a emprender, como al estudio de los idiomas vivos, a la economía política y al derecho público”.

Finalmente, le resta importancia a su nombramiento en Buenos Aires, cuando en realidad se valió de la recomendación de amigos para conseguir ese trabajo en el Consulado. “Al concluir mi carrera allá por los años 1793, las ideas de economía política cundían en Europa con furor y creo que a eso debí que me colocaran en la secretaría del Consulado de Buenos Aires, sin que hubiera hecho la más mínima gestión para ello”.

Conociendo su probidad moral, don Manuel del Sagrado Corazón de Jesús Belgrano debió hacer un esfuerzo muy grande para publicar estas inexactitudes, con el único fin de ocultar el pasado de su padre del que, por supuesto, se avergonzaba.
¿Estos episodios pueden manchar su procerato? Definitivamente no. Cómo olvidar que fue uno de los pocos que no juraron fidelidad al rey británico durante la invasión de 1806; que sin ser militar luchó incansablemente en las primeras batallas de la nueva patria; que el triunfo de Tucumán, en 1814, salvó a la Revolución de Mayo, gracias a su decisión de desobedecer al Triunvirato; que el premio de 40 mil pesos por esa gesta lo donó para la construcción de escuelas en el norte del país, cuando en realidad pedía plata para comer a su amigo tucumano el doctor Balbín; que fundó diarios, las primeras escuelas de agricultura y de dibujo y que merced a otra de sus maravillosas desobediencias creó e hizo jurar la bandera azul celeste y blanca.

Esta pequeña parte de su gran obra patriótica se agiganta aún más, ya que fue realizada en deplorable estado de salud. La sífilis y la hidropesía lo acompañaron hasta su muerte y gracias a su médico, que no se movía de su lado, podía caminar y montar. En estas condiciones y con la ayuda de cuatro soldados que lo subían y bajaban del carruaje, llegó a Buenos Aires en 1820 para morir. Pero el viaje a Tucumán valió la pena: Vio por última vez a Dolores Helguero, su amante, y conoció a su hija Mónica.

(*): Periodista historiador. Mar del Plata

Fuente: La Capital, de Mar del Plata

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