Martín Fierro: el autor y su tiempo

José Hernández y su obra: noticia histórica

 

Epílogo al Martín Fierro y su Vuelta, por Mario Crocco (c)

 

José Rafael Hernández Pueyrredón nació el 10 de noviembre de 1834. Eran tiempos de Rosas, el Restaurador de las Leyes, “un hombre que luchó por la soberanía nacional contra potentes enemigos de afuera así como contra los argentinos que desde adentro los apoyaban… ” (Ernesto Sábato). Uno de estos, su enemigo Domingo F. Sarmiento, debió escribir en el Facundo, “nunca hubo un gobierno más popular y deseado ni más sostenido por la opinión… que el de don Juan Manuel de Rosas”. La tensión patria-antipatria en que se plantó ese gobierno de cultura nacional, moneda fuerte, y honradez administrativa, el rosismo, forjó la vida y plasmó la obra de nuestro poeta. Es lo que esta noticia histórica tratará de delinear, tal vez alcanzando alguna profundidad en los conceptos.

Nació José Hernández en una chacra señorial llamada los caseríos de Perdriel, actual partido de San Martín en la provincia de Buenos Aires. El dueño, tío de su madre, era un prestigioso estanciero de holgada fortuna, probado militar y ex-Director Supremo del país, Juan Martín Mariano de Pueyrredon y O’Doggan (1776-1850). Por rama paterna, el recién nacido descendía del matrimonio de Juan Hernández y Beatriz Teresa Plata, nacidos hacia 1730 en la localidad de Jerez de los Caballeros, Obispado de Badajoz, Extremadura, España, uno de cuyos hijos, el comerciante José Gregorio Hernández Plata (1760-1842) se radicó en Buenos Aires hacia 1790.

Abuelo del autor del “Martín Fierro”, José Gregorio fue propietario de una barraca de comercio en el barrio sur bonaerense (aún llamado Barrio de Barracas) y Regidor del cabildo de Buenos Aires, y participó el 22 de mayo de 1810 en el histórico Cabildo Abierto que impuso el primer gobierno patrio. Casado en 1795 con María Antonia de los Santos Rubio y Moreno, nacida en Asunción del Paraguay hacia 1770 y fallecida en Buenos Aires antes de 1842, tuvieron once hijos. El menor, Rafael Pedro Pascual Hernández de los Santos, padre del poeta, nació en Buenos Aires en 1814. Fue uno de los hacendados tardo-coloniales en la provincia de Buenos Aires y propietario también de una barraca de comercio, en la zona sur de la ciudad del mismo nombre; cuidó también alguna de las estancias propiedad de Rosas. Muy joven, el 12 de diciembre de 1832 contrajo matrimonio en el entonces pueblo de San Martín, Buenos Aires, con una porteña de diecinueve años de edad, Isabel Pueyrredón Caamaño, hija del militar José Cipriano Andrés de Pueyrredon y O’Doggan -hermano del primer jefe de Estado de la Argentina independiente- y de Manuela Caamaño y González.

Su primogénito José Hernández, hombre de letras pero también de acción, hizo literatura, periodismo, política, milicia montonera, ejército de línea hasta Capitán, legislación; padeció persecuciones, miserias, peligros, exilio, incomprensión y rencores sin tregua. Todo por la defensa del hombre de campo, del peón de pata ‘l suelo, derivada de una idea de justicia que ponía por objeto de las luchas por el poder -o política, según la definición de Maquiavelo- el mayor desarrollo factible de las potencialidades del mayor número posible de individuos en la sociedad humana. Pero, ¿cómo pudo ocurrírsele en serio semejante cosa? ¿Por qué los que mandan debieran cuidarnos algo, como Hernández lo sintetiza en la estrofa 184 del Martín Fierro, aunque los beneficiarios de ese cuidado no puedan imponerlo por la fuerza?

Desde tal definición de lo político, es absurdo; no-lógico, diría Vilfredo Pareto. En las luchas por el poder, o política, ¿cómo “respetar al débil” se le puede ocurrir a un connaisseur, a un conocedor que habla en serio y no pour la gallerie? Gobernar no es otra cosa que mantener a los súbditos de modo que no quieran ni puedan ofender (Machiav. T. Liv. II, § 23.) ¿Fue acaso Hernández un heredero inmaduro, que tomó en serio lo que sólo era para declamarse – una oferta inundatoria destructiva de la clase gobernante, como diría Gaetano Mosca? Como muestra Mosca en sus Elementi di sci. politica (1923), “el dominio de una minoría organizada y que obedece a un solo impulso sobre la mayoría desorganizada es inevitable; el poder de la minoría organizada contra todo individuo de la mayoría, que se encuentra solo ante ella, es irresistible. A la par, la minoría está organizada, justamente porque es una minoría. Cien hombres que actúen concertados, con una comprensión común, triunfarán sobre mil hombres que no logren ponerse de acuerdo y que, por lo tanto, pueden ser dominados uno por uno. Esto… ocurre asimismo, y de una manera perfecta, a pesar de las apariencias contrarias, dentro del sistema representativo.” Es lo que Michels llamó “ley de necesidad histórica de la oligarquía” y circunscribe la lucha, por el “orden legal” menos malo, a tan sólo restringir al mínimo sustentable las tendencias autocráticas que fatalmente han de subsistir. En tal contexto, ¿por qué los que mandan habrían de obrar contra su conveniencia? ¿O en realidad Hernández sólo declamó y contra su voluntad las consecuencias –la recepción popular del poema- se le escaparon de las manos, mientras él mismo, ahora integrado al sistema político, en la “Vuelta” presentaba al indio y al negro como inmerecedores del cuidado que requería de los que mandan y legitimaba al inmigrante “gringo” como parte integral del paisaje pampeano?

Desde el ultramaquiavelismo, también Kautilya había requerido al dominador que beneficie y proteja a todos sus súbditos; pero tal cuidado se debió a considerarlos la fuente final de prosperidad de la sociedad. En la medida en que aquel ideal, de cuidar a la gente hasta un punto que creaba excedentes de cuidado (y crearía luego exceso de cultura) en contra de los intereses de la minoría gobernante, se mostró genuino y no sólo declamado pretexto para facilitar el logro de otros objetivos más sectoriales o menos amplios (como lo sería capacitar, para tareas específicas y nada más, la mano de obra que necesitan los hacendados, antes que la que emplean los mercaderes o los industriales también deseosos de que el gobierno sea tropa propia y les cuide sus particulares intereses; o bien, tomar por bandera un espíritu tradicional que pueda asociarse a las armas en caso de lucha), Hernández no lo podía justificar sin salir de la política. El único modo de hacerlo y permanecer en ella era encontrar una necesidad de la minoría gobernante que sólo pudiera llenarse con ese cuidado extra hacia la mayoría gobernada.

Pero no la encontró. Simplemente había aprendido a valorar ese cuidado en épocas de Rosas, en la cual en Buenos Aires, en palabras de Pedro De Angelis, “La rada está llena de buques, los almacenes y tiendas rebosan. La aduana ya no sabe donde poner pipas y fardos, ni le alcanza el tiempo para hacer liquidaciones. Cada buque que llega trae onzas y emigrados”, mientras que, según informaba al parlamento francés el ocho de enero de 1850 el diputado socialista Laurent de l’Ardeche, “Lo que hay de cierto es que el poder de Rosas se apoya efectivamente en el elemento democrático, que Rosas mejora la condición social de las clases inferiores, y que hace marchar a las masas populares hacia la civilización dando al progreso las formas que permiten las necesidades locales. La guerra de los gauchos del Plata contra los unitarios de Montevideo representa en el fondo la lucha del trabajo indígena contra el capital y el monopolio extranjeros y encierra para los federales una doble cuestión: de nacionalidad y de socialismo”. Era pues el de Hernández un comprometido ideal, injustificable en ciencia política pero fundado en una experiencia colectiva concreta (similar a la de los niños y jóvenes aleccionados un siglo después, durante el auge del peronismo), infrecuente aunque no desconocido en vástagos de la elite (el tío de su madre había sido primer mandatario). En su adhesión a este ideal sin embargo Hernández, con tanto cambio, transitaría remarcable evolución. En esa evolución, su prematuro fallecimiento (por un ataque cardíaco, aún de cincuenta y un años) nos impide distinguir si al integrarse al gobierno de la elite finisecular decimonónica padeció una verdadera metamorfosis psicológica, reveló su auténtico sentir, o acaso sólo ofreció una mera concesión táctica a las circunstancias – una concesión forzada, que Hernández siempre esperase revertir en futuras coyunturas que jamás vivió.

En efecto, como bien lo sintetiza Padula Perkins, Hernández no limitó su actividad a las letras ni restringió su pluma a la poesía. Se forjó en faenas camperas, tomó las armas, fue oficial de la contaduría de la Confederación, taquígrafo del Senado en Paraná, secretario privado del general Pedernera durante su vicepresidencia, ministro del gobernador correntino Evaristo López, librero, impresor, legislador bonaerense en ambas Cámaras y fecundo periodista. Se mantuvo siempre, y a veces exclusivamente, con ingresos derivados de la compra-venta de ganado y campos.

Recibió el bautismo en la entonces parroquia de la Catedral del Norte, hoy Basílica de Nuestra Señora de la Merced, con el nombre de José Rafael, el 27 de febrero de 1835, apadrinado por su abuelo paterno, el antiguo cabildante don José. Con este permanecía el niño en una quinta de Barracas, sobre el Riachuelo, mientras sus padres solían pasar largas temporadas en estancias del sur. A la edad de cuatro años leía y escribía. Mientras era educado en el Liceo de San Telmo en Buenos Aires, su padrino y abuelo falleció en 1842 y su madre en 1843. José Rafael, aún sin doce años (1846) y débil de salud, fue llevado a la hacienda familiar que le tocaría heredar, no lejos de la “frontera” (zona intermedia entre mundo indígena e hispanocriollo) meridional de la provincia de Buenos Aires, cercana a Camarones y la laguna de Los Padres. Sus familiares continuaron instruyéndolo en los intereses de la minoría organizada a la que pertenecía y su fórmula política, o modos de conservar y ejercer la preeminencia local, sin pagar ellos mismos tributo a minorías organizadas de nivel superior. Eso se llama independencia económica y es lo contrario al modelo de país dependiente, cuya propiedad y administración se le permite adquirir al capital acumulado por similares minorías organizadas en el exterior. Eran tiempos de Rosas, tiempos de burlarse y desdeñar el bloqueo anglo-francés.

El preadolescente los vivía. Observador entusiasta de los rudos trabajos de ganadería que desempeñaban los gauchos en la heredad y las estancias propiedad de Rosas que su padre administraba, también él comenzó a participar de estas tareas, asumiendo el estilo de vida, lengua y códigos de honor e interviniendo en alguno de los escasos enfrentamientos con “nuestros paisanos los indios” (tratamiento que les daba José de San Martín). Estos ocupaban la mayor parte de la provincia pero desde 1833 eran pacíficos, ya que Rosas pactó con los caciques brindarles armas, herramientas, ginebra y vestimenta que su economía no producía, a cambio de una coexistencia pacífica; con ello su larga administración mantuvo tranquilas a las sub-etnias y parcialidades, bajo la vigilancia del cacique Calfucurá (apr. 1783-1873) a quien encargara repartir las “prestaciones”. Así el niño perteneciente al alto nivel social de los estancieros, conocedor también del papel social desempeñado por mercantes y abarroteros, se familiarizó con las faenas y las costumbres rurales, completando “a leídas” una formación que suelen llamar autodidacta quienes por educación entienden sólo pasos curriculares. Pero ese nombre le queda chico.

El dinámico y multifacético mundo rural encontró en el adolescente un observador ávido e inteligente, capaz de tomar cierta distancia -por estar incompletamente sumergido en él, debido a la instrucción familiar y privilegios- y sin embargo identificarse y empatizar con sus variados sujetos históricos, fueran estos sujetos individuales o bien colectivos, como las diferentes etnías. En el proceso, el joven también hubo de ir definiendo con mayor madurez y precisión sus intereses, personales y familiares. El heterogéneo mundo rural lo integró

  • en el nutrido tráfico de bienes, noticias y personas y el establecimiento de conexiones sociales y políticas complejas, variables, y no meramente relaciones de dominación, incluyendo las de la comercialización y el robo de ganado;
  • en el ingenioso desarrollo de creativas estrategias, según los intereses y afiliaciones de los diversos actores que transitaban los vericuetos de la estructura económica, productiva y administrativo-legal en la campaña y fortines fronterizos;
  • en las diferentes formas de ocupación y tenencia de la tierra, su negociación y su justificación social, y los desafíos que debían confrontar;
  • en la cercana presencia armada de lejanos intereses extranjeros adversos a la autarquía de ese mundo rural y la efectiva posibilidad de rechazarlos, por decisión de un gobierno nacional;
  • en la diversificación de las labores productivas agrícola-ganaderas como mero segmento de las actividades camperas;
  • en las maneras y núcleos de convivencia directa y sus variaciones culturales, ideológicas y axiológicas;
  • en la urdimbre de recursos vinculares (“conocimientos” y “relaciones”) y en la manera de establecerlos en el marco de la coexistencia fronteriza;
  • en la religiosidad, los particularismos y usos de la vida cotidiana, ocio y diversión;
  • en la trama de las interacciones étnicas, entre sexos, y entre generaciones;
  • en el campechano orden social, mostrándole los límites de su flexibilidad y los obstáculos para solidarizarlo, sea por imposición ordenadora o bien en pos de nuevas propuestas.

José Rafael aprendió a caminar el campo, pues. Pero no sólo como patrón que era. Escribiría mucho después, en 1881, “Por asimilación, si no por la cuna, soy hijo de gaucho, hermano de gaucho, y he sido gaucho. He vivido años en campamentos, en los desiertos y en los bosques, viéndolos padecer, pelear y morir; abnegados, sufridos, humildes, desinteresados y heroicos.” Empatizó, se metió en la piel del otro y su pluma manifiesta, por los motivos que fueren, que a la hora de optar le dolió como propia la cicatriz ajena. No fue una formación autodidacta, ni mucho menos libresca, aunque a través de vasta lectura adquirió instrumentos de reinterpretación social y fundamentos para sus firmes ideas políticas.

Tras el derrocamiento de Rosas -quebradura de la resistencia a las potencias exteriores y punto de inflexión para la imposición del liberalismo o apertura económica- advino, entre 1852 y 1872, una época de indefinición en las luchas internas de la renovada clase gobernante: veinte años de puja entre los derrocadores. Ya sin Rosas, sus sectores se lanzaron a combatir entre sí por conseguir aumentos relativos en poder y privilegios. Todos se percataban, sin embargo, de que los bolsones de subsistencia de la estructura social anterior dependían de la integridad de su fórmula política. De ahí que, mientras combatían entre ellos, los sectores recién venidos trataran de introducir en aquella fórmula cambios bruscos y no graduales, buscando debilitar los bolsones de federalismo y consolidar la quebradura. (Tal vez para evitar eso toda sociedad fuerte y de existencia prolongada -bien estudiados ejemplos incluyen a Venecia, Roma y Japón- ha venerado sus tradiciones, aun cuando estas poco tuvieran de cierto y fueran inadmisibles para personas cultas: esas sociedades cambiaron muy lentamente sus viejas fórmulas, costumbres consagradas, leyendas y rituales, tratando con rigor a los racionalistas que las criticaban. Tal fue el crimen por el que Atenas condenó a muerte a Sócrates, norma general congruente con el objetivo de sobrevivir como sociedad independiente.) En conocimiento de este mecanismo, los nuevos sectores incorporados a la clase dirigente local impusieron deliberadamente un proyecto crudo, de trasplante sin rodeos, destinado a consolidar la dependencia por vía de cercenar raíces culturales y mitos fusionantes. Mientras predicaban la incapacidad del criollo para lograr nada ahora valioso y la consideración de las reacciones antiprogresistas violentas como reliquia de la “barbarie”, que pronto habría de desaparecer, llevaron adelante una estrategia más amplia de organizaciones para dañar la influencia de los valores tradicionales, a favor del sistema de valores seculares del liberalismo. Esto creó espacio suplementario para las luchas internas de la renovada minoría gobernante.

A tal fuente de agitación sumóse que el aporte de mercaderías que pacificaba a los indios terminó al derrocar a Rosas -porque los extranjerizantes las consideraron pérdida, “subvenciones”. Debido al hambre de los indios, los malones recomenzaron más despiadados que nunca, bajo la conducción de Calfucurá, Painé, Mariano, Epumer, y demás caciques que habían estado subordinados al gobierno. Decía el cacique Cipriano Catriel: “Nuestro hermano Juan Manuel, indio rubio y gigante que vino al desierto pasando a nado el Samborombón y el Salado y que jineteaba y boleaba como los indios y se loncoteaba con los indios y que nos regaló vacas, yeguas, caña y prendas de plata. Mientras él fue Cacique General nunca los indios malones invadimos, por la amistad que teníamos por Juan Manuel. Y cuando los cristianos lo echaron y lo desterraron, invadimos todos juntos”. Esa relación de Rosas –quien hasta compuso un diccionario pampa-castellano y castellano-pampa- era similar a la de San Martín, quien pensaba que los auténticos dueños del país eran los habitantes originarios de América. Lo expresaba entre no aborígenes, por ejemplo, con el nombre dado a su organización política, La Logia Lautaro, que tomaba su nombre de un guerrero araucano que encabezó la rebelión contra los españoles. Con caciques pehuenches se reunió al pie de la cordillera antes de cruzar los Andes y les solicitó permiso porque “ustedes son los verdaderos dueños de este país”. En contraste, Domingo Faustino Sarmiento (1811-1888, escritor, militar, político, ilustre masón y presidente argentino de 1868 a 1874), escribía y repetía (El Progreso, 27 de septiembre de 1844, El Nacional, 25 de noviembre de 1876, 8 de febrero de 1879 y 19 de mayo de 1887): “¿Lograremos exterminar los indios? Por los salvajes de América siento una invencible repugnancia sin poderlo remediar. Esa calaña no son más que unos indios asquerosos a quienes mandaría colgar ahora si reapareciesen. Lautaro y Caupolicán son unos indios piojosos, porque así son todos. Incapaces de progreso. Su exterminio es providencial y útil, sublime y grande. Se los debe exterminar sin ni siquiera perdonar al pequeño, que tiene ya el odio instintivo al hombre civilizado”.

Fue por tanto una época de intensa agitación, durante la cual José Hernández defendió la postura de que las provincias no debían permanecer ligadas a las autoridades centrales establecidas en Buenos Aires. ¿Qué significa esto? Esa ligadura, defendida por extranjerizantes o “afrancesados” como Juan Lavalle, Florencio y J. C. Varela, José María Paz, Bartolomé Mitre (1821-1906, escritor, militar, político, ilustre masón y presidente argentino de 1862 a 1868), Salvador María del Carril (1798-1883, también masón y vicepresidente de 1854 a 1860) y el citado Sarmiento entre no pocos otros, expresaba la voluntad de expoliar el trabajo de las provincias, productor de los alimentos, materias primas y otros bienes económicos, desde un único centro dominador regional no productivo o mercantil, Buenos Aires. Su sector dominante ansiaba ser por siempre prebendado social en un país agroexportador. Esto es, sostenido por siempre como gobierno unitario (cúspide y completamiento de la pirámide productivo-alimentaria) por grupos dominantes en las potencias extranjeras en cuyo beneficio obraba, al entregarles tanto materias primas como clientes nacionales mientras ahogaba toda industria local que se los quitase o hiciera seria competencia.

Tal colocación estratégica en la pirámide (productiva, energética, o -equivalentemente- trófica o alimentaria) local, como vigilante cercano a su cúspide propia previamente cercenada, le permitía oprimir. Esto es: cobrar ricos “derechos” de aduana y distribuirse contratos (de obras y servicios) y la “propiedad” de tierras sin deber producir, a cambio, nada más que la gestión mercante y las políticas que perpetuaban tal dominación local – tirando tanto la cuerda / que, con sus cuatro limetas, / él cargaba las carretas / de plumas, cueros y cerda. (118) Pero de ese modo, transfiriendo geográficamente la utilidad sin admitir siquiera que los gobiernos de provincias o distritos les restasen ganancia cumpliendo a escala local (gobierno federal) similar papel (recepcionar, acumular y distribuir con alguna autonomía la riqueza proveniente del territorio que conducen), tal gobierno unitario excluye eficazmente a la mayoría de la población de la distribución de las riquezas materiales y los adelantos culturales genuinos. Brindárselos a la chusma, piénsase confidencialmente, sería perder poder y permitirles saciar su pretendido odio al progreso, el mismo que, según se alega, impide respetarlos como personas y es la base de su incapacidad para disciplinarse, organizarse y progresar. Por eso al excluido se lo excluye: “No tiene hijos ni mujer, / ni amigos ni protetores, / pues todos son sus señores / sin que ninguno lo ampare. / Tiene la suerte del güey… / ¿Y dónde irá el güey, que no are?” (235) Por eso al excluido debe disciplinárselo: “Para él son los calabozos, / para él las duras prisiones. / En su boca no hay razones / aunque la razón le sobre, / que son campanas de palo / las razones de los pobres.” (239) Nótese que, desde ese concepto acerca de los excluidos, oprimirlos y explotarlos es buena obra. Tal creencia es importante para desempeñar y mantener en el tiempo esa colocación estratégica, en la pirámide.

Quienes realizan esa buena obra no podrían creerse inicuos ya que, según piensan, como civilizados tienen la obligación humanitaria de imponer a los dominados su voluntad ordenadora. Detectan muy bien las poblaciones que podrán plegar a ello con menor esfuerzo, esto es, las poblaciones más sensibles a la coerción social, generadora de todo emprendimiento laboral suplementario; y, allí donde los nativos resultan refractarios y su disciplinamiento mental insuficiente, abrazan el proyecto alienado y alienante de reemplazarlos por sangre “superior” – fomentando junto con su engrandecimiento material, el indiferentismo político. Sarmiento, “civilizador a cañonazos y a bayonetazos” (A. Peyret, Cartas sobre la intervención a la Pcia. de Entre Ríos; Bs.As., 1873) durante cuya presidencia Hernández debió exiliarse, quería una Patagonia galesa; y en una carta del 1º de abril de 1868 se ilusionaba, “Con emigrados de California se formará en el Chaco una colonia norteamericana; puede ser el origen de un territorio, y un día de un Estado yanqui. Si conservan su tipo cuidaré de que conserven su lengua.” Saben así hacer “grande a la patria”, a la cual conciben como su personal grupo local de referencia -los demás no son gente sino barbarie, que sólo cuando se la educa recibe el alma… un alma confundida con sus contenidos mentales y siempre que estos sean políticamente correctos- o bien los dominadores foráneos, entre quienes se fantasean ellos mismos integrados. Uno de tales, archiplatonista ((se refiere a Bartolomé Mitre)), pasando por bardo publicaba en 1981,“¿Cómo invocarte, delicada Inglaterra? / Es evidente que no debo ensayar / la pompa y el estrépito de la oda / ajena a tu pudor. / No hablaré de tus mares que son el Mar, / ni el imperio que te impuso, isla íntima, / el desafío de los otros. / …. / Aquí estamos los dos, isla secreta. / Nadie nos oye. / Entre los dos crepúsculos compartiremos en silencio cosas queridas.”

Sarmiento y Mitre, coligados para reescribir la historia argentina y enclavar una versión desinformativa única en la enseñanza pública, partidos liberales y sectores “progresistas”; sus mentores y sucesores, sus subordinados y sus mandantes, estaban sinceramente convencidos de que esa imposición -cuya violencia había de disimularse más, o bien menos, según interlocutores y circunstancias – era algo justo y necesario. Look, what I want is to get things done: Well, or badly, but to get them done! (“Las cosas, hay que hacerlas… ¡Bien, o mal, pero hay que hacerlas!”) fue un motto para Sarmiento. Les hubiera sido imposible creer que obraban por egoísmo: abrigaban la convicción sincera y profunda de sus méritos y de los servicios por ellos prestados a la causa “común”, es decir compartida en sus minoritarios grupos de referencia. Consideraban que ellos y sus grupos de referencia también trabajaban, poniendo orden con la espada, con la pluma y la palabra; y a esos grupos de referencia el beneficio egoísta les parecía justa recompensa por el trabajo ordenador de su parte, que ellos mismos valoraban para sí mismos.

Puestos a autovalorarse, no es de extrañar la notoria generosidad financiera con que siempre le pusieran a tal trabajo civilizador un precio en enorme exceso sobre el trabajo productivo: la ley del embudo. Pero, siendo imposible respetar como personas a los excluidos, nada limitaba tirar de la cuerda y acaparar fortunas. En Buenos Aires lo sintetizaba Francisco F. Fernández en su ficción Solané (1873): “¡Civilización de bayonetas y cadenas! Civilización liberticida y corruptora, amasada con injusticias impunes, encomiadas por periódicos versátiles y cínicos, vendidos al oro manchado del mercenario inconsciente o sin pudor; civilización fatal, trampa artificiosa, cuyas piezas maestras son gobernantes arbitrarios con los débiles, cobardes con los fuertes, sin noble carácter, sin elevada política…” Como resultado, sostener el yugo y morir en la miseria intelectual es el proyecto de vida que esa sociedad ofrece a quienes no advierten motivo para respetar en su desarrollo, en sus necesidades del alma y del cuerpo. No se distingue entre nativo, gaucho, o la hez de los suburbios (V. F. López), como no deja de corear el mencionado bardo cortesano (“la barbarie no solo está en el campo sino en la plebe de las grandes ciudades y el demagogo cumple la función del antiguo caudillo, que era también un demagogo.”)

Comenzaba la “conquista del desierto”, y el gaucho, perseguido y cazado por medio de la ley contra la “vagancia”, fue llevado a los fortines para combatir a los indios. Esta “ley de vagancia” consolidó su vasallaje, ya que exigía “la papeleta” certificatoria de que el gaucho trabajaba, firmada por un patrón que lo empleara. Se veía así obligado a “conchabarse” en alguna estancia (hacer aceptar su trabajo, en general muy duro) por la sola comida, sumando si tenía suerte algo de trago (vino o ginebra) o monedas con valor de premio, para que al detenerlo la policía sin certificado no lo remitiese a las milicias de frontera por “delito de vagancia”. Recuerda E. B. Astesano (Martín Fierro y la justicia social, Ed. Relevo, Bs. As. 1963, p. 47) que “Raul Roux, en un artículo sobre el tema, ‘Por vago y mal entretenido’ define el concepto de ‘vago’ al finalizar el período rivadaviano: ‘Vago era el paisano que no tenía propiedades; vago el que se emborrachaba sin ser propietario; vago el que no tenía boleta de conchabo; vago el que teniéndola, estaba vencida; vago, el que teniendo la boleta transitaba la campaña sin licencia del Juez territorial, por lugares que no constaran en la boleta; vago, en fin, el que lo fuera según el criterio del Juez de Paz, o del alcalde de barrio’.” Así, dándole un medio de eludir la esclavitud, se inducía y se conseguía su laboriosidad, evitándose que se extralimitara y se tornara emprendedor.

Esto último era necesario, porque los medios tributarios (impuestos) eficaces para expoliar una masa de emprendedores aún no tenían consolidación posible. A ese fin al gaucho laborioso y emprendedor, aun permitiéndosele levantar rancho, formar familia (que reproduciría estos nexos) y “llevar su condición” sin exclusiones dentro de su propia cultura, se le negaba acceso a acumular riqueza trabajando la tierra para sí. Sólo podía trabajarla para propietarios. Y él era paisano, parte del paisaje; no legal dueño, consensuado por la minoría gobernante cuya administración (Estado) le expidiese título acreditante. De este modo, a menos de alzarse como “gaucho matrero” el paisano venía a formar mano de obra casi gratuita, lo que la riqueza alimenticia de la pampa y las explicaciones de la fórmula política hacían soportable: andaban “mal pero acostumbraus…”

La situación empeoró mucho tras el punto de inflexión política que fue el derrocamiento de Rosas (1852) en la batalla de Caseros. Para muestra de los criterios políticamente correctos el 13 de septiembre de 1859 nos ilustra otra vez Sarmiento, discurseando así en el Senado de la Provincia de Buenos Aires: “Si los pobres de los hospitales, de los asilos de mendigos y de las casas de huérfanos se han de morir, que se mueran: porque el Estado no tiene caridad, no tiene alma. El mendigo es un insecto, como la hormiga. Recoge los desperdicios. De manera que es útil sin necesidad de que se le dé dinero. ¿Qué importa que el Estado deje morir al que no puede vivir por sus defectos? Los huérfanos son los últimos seres de la sociedad, hijos de padres viciosos, no se les debe dar más que de comer”. Y, ya presidente del Estado, sobre el Paraguay expresaba a su aliado el anterior presidente Mitre, en carta de 1872: “Estamos por dudar de que exista el Paraguay. Descendientes de razas guaraníes, indios salvajes y esclavos que obran por instinto a falta de razón. En ellos se perpetúa la barbarie primitiva y colonial. Son unos perros ignorantes de los cuales ya han muerto 150 mil. Su avance, capitaneados por descendientes degenerados de españoles, traería la detención de todo progreso y un retroceso a la barbarie […]. Al frenético, idiota, bruto y feroz borracho Solano López lo acompañan miles de animales que le obedecen y mueren de miedo. Es providencial que un tirano haya hecho morir a todo ese pueblo guaraní. Era preciso purgar la tierra de toda esa excrecencia humana: raza perdida de cuyo contagio hay que librarse”.

En el Martín Fierro se elude mencionar identificatoriamente la criminal invasión al Paraguay (1865-1870, conducida en la Argentina por los presidentes Mitre y Sarmiento), instrumentada del lado brasileño con esclavos negros y del lado argentino y uruguayo con similares levas de gauchos. La cuestión es que “Él anda siempre juyendo, / siempre pobre y perseguido; / no tiene cueva ni nido / como si juera maldito. / Porque ser gaucho…¡carajo! / El ser gaucho es un delito.” (230) Es el proyecto existencial opresivamente dispuesto para quienes no importan como personas, sino por su solo rol económico (como anexo, cuando la fórmula política es representativa también sirven pa’ votar), al que los mismos dominadores ponían dicho precio, injustamente modesto y complementario inverso del plus-precio puesto para sí mismos al autovalorar su propio trabajo ordenador.

Revisemos ese des-precio al populacho, central para entender autor y obra. La vida del Hernández de carne y hueso, igual que la del arquetípico protagonista del poema, es un remolino en torno a un error. El uso de bienes de cambio (esto es, de cualquier forma de dinero -que permite sacar bocado ya que no fue creado para facilitar el trueque, como pretendía la economía clásica, sino para ganar en el cambio) media o vehiculiza esta transferencia injusta de recursos (esto es, de trabajo realizado por otros, de tiempo y energía ajena, o capacidad ajena de efectuar trabajo en la producción de bienes cuya escasez demanda tal esfuerzo humano, lo que biológicamente permite describir todo el proceso como una elongación intraespecífica de la cadena trófica) hacia minorías en cuyo provecho económico se ejerce la coerción social, generadora de todo esfuerzo suplementario. Esas minorías, a su vez, se ven obligadas a excluir del desarrollo espiritual y material a sus dominados: no avivar giles, que se vuelven contra, reza el adagio.

En efecto, habiendo descartado de plano la posibilidad de que, en reciprocidad, los oprimidos colaboren no para mal de ninguno sino para bien de todos, permitirles progresar y crecer como personas se imagina sólo como aflojarles, como dar armas a esclavos y facilitar que los solivianten o se rebelen (inutilmente, ya que asimismo se imagina que, por incivilizados, recaerían enseguida en similar expoliación). “Y se hallan hombres tan malos / que dicen de güena gana, / ‘El gaucho es como la lana, / se limpia y compone a palos’.” (1036) Es la guerra, aunque -como Mitre y Sarmiento lo expresaban- esta denominación debe silenciarse, aun más la de autodefensa. El cambio de carátula tiene por fin ilegitimar como levantisca insurgencia toda reacción que intente cambiar el enajenador proyecto dominante: tiene por fin confundir toda agitación reactiva con las violencias promovidas por bandolerías egoístas y cacicazgos ambiciosos. Esta dominación de las autoridades centrales expresaba, pues, fratricida violencia, que mientras había afuera espacial (esto es, antes de la mundialización de los intereses) habría de debilitar una nación en beneficio de “los de afuera” y sus asalariados locales. Entre la producción en las provincias y el consumo, regional o tras exportación, e incluso el reconsumo (por ejemplo de lanas, que volvían tejidas y formando ropa confeccionada en Inglaterra por deliberada insuficiencia de la industria local), la ganancia agregada era mucho mayor que el valor de uso agregado: la ley del embudo. La riqueza local, ansí … liviana, va mermada, por supuesto: el mismo esfuerzo de trabajo recibe muy diferente remuneración en los diferentes tramos de la cadena. Y sufren tanto bocao / y hacen tantas estaciones, / que ya casi no hay raciones / cuando llegan al pueblo pauperizado.

1026

Dicen que las cosas van

con arreglo a la ordenanza.

¡Puede ser! Pero no alcanza.

¡Tan poquito es lo que dan!

 

1027

Algunas veces, yo pienso

y es muy justo que lo diga,

sólo llegaban las migas

que habían quedao en los lienzos.

 

1028

Y esplican aquel infierno

en que uno está medio loco,

diciendo que dan tan poco

porque no paga el Gobierno.

 

El pretexto, la “explicación” o “mediación ideológica”, era esencial para justificar ese despojo y mantener la supremacía. “De los males que sufrimos / hablan mucho los puebleros, / pero hacen como los teros / para esconder sus niditos: / en un lao pegan los gritos / y en otro tienen los güevos.” (366) En efecto, no con menor eficacia la pluma y la palabra acompañan a la espada. Para muestra, la célebre “descripción de José Artigas por Sarmiento: “Un bandido, un tártaro terrorista. […] Jefe de bandoleros, salteador, contrabandista, endurecido en la rapiña, incivil, extraño a todo sentimiento de patriotismo, famoso vándalo, ignorante, rudo, monstruo, sediento de pillaje, sucio y sangriento ídolo.” Bien lo reconocía otro poeta, Carlos Guido Spano (“Fray Supino Claridades“, 14 de marzo de 1858) que en la revuelta de 1880 organizaría junto a Hernández el auxilio de los heridos de ambos bandos: “Una cebra como el viento / corría y estercolaba. / ¿Y, sabes lo que arrojaba? / Artículos de Sarmiento”.

Lo central de tal mediación ideológica (o “derivación”, en el sentido de Pareto) consistía en el argumento del progreso. En la medida que tal “progreso” o “cambio” sea espurio (por tener valor en una tabla de valores basados en que la gente no importa, no obstante lo cual se lo trata de vender a la misma gente como si fuera su progreso propio, presentándoles su ventaja en la escala individual y sacándoles de la vista su dependencia en la escala global de la violencia, que torna la paz no sólo imposible sino económicamente indeseable) ese concepto constituye un elemento de social engineering o ingeniería social facilitadora de la coerción.

Se trata, pues, de mind control y programming o esclavitud por disciplinamiento moral que, en vez de liberar, facilita la opresión, persuasivamente martilleado por la prensa, la “enseñanza”, actos públicos y homenajes, y figuras que por medio de exclusiva admiración mutua, profesada en público, terminaban tornándose prestigiosas sin motivo valedero. El ya citado entre ellos, cuyos cuescos entintados -fileteados con toda malicia- siguen mereciendo de afuera toda loa, disparataba en 1979 en la Feria del Libro de Buenos Aires, “El nacionalismo es el mayor mal que puede aquejar a una sociedad”. O, siga el corso – resistir es perverso.

A tal psicovirus acompaña siempre la descripción de los excluídos como bárbaros, como noche de ignorancia, como desierto, lo que indica tres suposiciones: su irredimible incivilidad, su necesidad de contención externa (por la que los civilizados tienen derecho e incluso dicha humanitaria obligación de imponerles su voluntad ordenadora), y -aun mucho más grave- su amenazante rencor social ínsito y constitutivo, que los haría incapaces de colaborar en un mundo mejor donde todos se necesiten y se complementen mutuamente. Explotarlos aparece pues como forzoso. Con tal ardid intelectual, las potencias europeas y sus representantes en los gobiernos locales se presentaban como la civilización, el progreso y primer mundo, mientras el proyecto de vida provinciano coincidía en ser tildado de barbarie y debía cambiar – no para progresar sino a favor ajeno, por cierto, desintegrando todo obstáculo contra ello con violencia. Tal violencia es siempre impositiva o forzosa, y única, pero su nivel energético desciende cuando reducir su costo o ciertos daños colaterales lo aconseja, tornándose violencia ostensible, por ejemplo la de la artillería, o bien aterciopelada, por ejemplo prensa, “medios”, “educación”, legislación opresiva. Es así posible la guerra de terciopelo, la guerre de velours (Rifat): “La ley es tela de araña, / en mi inorancia lo esplico. / No la tema el hombre rico, / nunca la tema el que mande, / pues la ruempe el bicho grande / y sólo enrieda a los chicos.” (1092). Tal barbarie, como el hijo de Fierro, necesitaba pues la dirección y tutela del viejo Vizcacha, rol del gobierno regional unitario, mientras la herencia de su tía la aprovecha el designante y sostén de ese tutor, en el caso los grupos dominantes de las potencias extrarregionales. Diría Juan Bautista Alberdi, “Lejos de ser las campañas argentinas las que representan la barbarie, son ellas… las que representan la civilización del país, expresada por la producción de su riqueza rural […]. El obrero productor de esa riqueza, el obrero de los campos, es el gaucho, y ese gaucho al que Sarmiento llama bárbaro, comparable al árabe y al tártaro del Asia arruinada y desierta, representa la civilización mejor que Sarmiento, trabajador improductivo, estéril, a título de empleado vitalicio… Él es el que representa la pobreza, más vecina de la barbarie, según la ciencia de A. Smith, que el trabajo independiente del obrero rural.” (Op. cit. pp. 26-7). Y agregaría (Obras Completas, IV, pág. 69), “La localización de la civilización en las ciudades y la barbarie en la campaña, es un error de historia y de observación, y manantial de anarquía y de antipatías artificiales entre localidades que se necesitan y complementan mutuamente”. Error, pues, interesado en dividir y debilitar las sociedades en que se lo inserta, error antropológico de no ver a la gente como gente, error de pretender que las cadacualteces (el ser cada uno no-otro) sólo son ilusoria evanescencia (epifenómeno) y su diversidad no modifica lo real, error proveniente del miedo y del odio que genera a su vez más miedo y odio (y en nuestros días, búsqueda de reducir eficazmente la población mundial).

Esa capacidad regeneradora, multiplicativa o reproductivista es lo que permite a las consecuencias de ese error cambiar de escala y escalar a la demografía de la población humana completa. ¿Cómo se dinamiza ese cambio de escala? Ello ocurre en las luchas humanas por el poder -en la actividad llamada política– en el más simple de sus mecanismos, uno tan sorprendentemente simple y obvio que, a primera vista, pareciera que nada se gana con considerarlo en mayor detalle ni ofrece, a la ciencia política, más profundidad para explorar. En efecto: las consecuencias de ese error escalan a la población humana completa simplemente cuando las facciones perdidosas buscan apoyo de poderosos externos, incluso de quienes hasta poco antes habían sido sus adversarios.

Tal mecanismo es general. Pero el afuera tiene un límite y los odios chicos, así alimentados y exacerbados por la procuración de aliados grandes, sostienen una red de alianzas adversarias, que se complejiza cada vez más y se extiende cual mancha de aceite a la humanidad toda. Todos sus miembros han de morir, pero en vez de dedicar sus recursos a la vida los dedican mayoritariamente a la violencia – y viven de ello, tornando la paz económicamente indeseable, aunque no podrían creerse inicuos ya que lo estiman buena obra.

Viejo y repetido error, este, es el que articula la madeja que Fierro intuía y juraba deshacer (185). Quienes exacerban resentimientos y venganzas, incluso locales, no tienen idea del monstruo que plasman en otra escala, obviamente fuera de su perspectiva. Pero aunque la naturaleza humana sea de mala índole, ese monstruo no es absolutamente indomable. La cuestión empieza por hacerlo entrar en perspectiva y esto, que en nuestros días va apenas comenzando el camino de su generalización, era aun mucho más problemático en tiempos de Hernández. Hoy, que ese error ya ha alcanzado a estructurar por la violencia egoísta a la humanidad completa (globalización de los intereses), es más fácil de percibir que antes, con los solos señalamientos que llegaban desde el Egipto más antiguo, China e India, Galilea, el Popol Vuh o Gandhi entre otros. Si la fortuna diera tiempo, si a fin de cuentas no ocurriere la fatídica eliminación de excedentes demográficos que no pocos creen de su interés (pensando que el mercado mundial financiarizado a ultranza alcanzaría estabilidad si sólo existieran menos de mil millones de buenos consumidores que a la vez fueran productores capital-intensivos, y creyendo que como civilizados tienen la humanitaria obligación de eliminar al resto, acortando sus miserables vidas), en pocas décadas y pese a la deseducación en marcha aquel error será de conocimiento tan general como llegó a serlo la esfericidad de la Tierra entre quienes jamás la vieron desde lo alto.

Entonces, tal como es ya imposible ocultar la redondez del globo (que tampoco vemos a nivel del suelo), será imposible vender como “progreso” una sociedad en que la gente no importa, sacando de la vista que en la escala global tal sociedad depende de la violencia, lo que torna la paz económicamente indeseable. Esta divulgación de un dato cognoscitivo no tiene, claro está, consecuencias automáticas. A pesar de que el objetivo primordial de las elites de todo nivel (internacional, patrio, o pueblerino) es mantener su propio poder y privilegios, el régimen de cada elite coincide a veces más y a veces menos con determinados intereses particulares de la no-elite a la cual domina. Esta particular comprensión, la de que una sociedad global en que la gente no importa torna la paz económicamente indeseable, hace factible que en algunos casos su régimen pueda coincidir un poco más con los intereses particulares de la no-elite; pero ello en concreto depende de otro entretejido de circunstancias históricas. No está mediado por un imaginario valor socioeconómico de la verdad ni, aun menos, por una supuesta bondad de la gente. “La organización social impone una restricción recíproca a los impulsos de los individuos humanos y por lo tanto hace de ellos criaturas mejores, no mediante la destrucción de sus instintos perversos, sino acostumbrándolos a dominar esos instintos”, prevenía Mosca con el vocabulario de 1923. Las dificultades sociales no se superan socráticamente, por virtudes internas de un nuevo conocimiento particular que se difunda. Lo que en este caso ocurre es que el conocimiento de este hecho acerca del comportamiento político haría más problemático el logro de los intereses de los poderosos, generándoles un costo evaluable que podría neutralizarse aumentando el “cuidado” que reclamaba Hernández.

Lo relevante es que esta comprensión no podrá ser desatendida por la minoría gobernante tomándola por mito político, fantasía ad usum populi. Al contrario, la misma minoría gobernante advertirá su necesidad de ese cuidado extra hacia la mayoría gobernada si este cuidado se va instilando, progresivamente, como medio eficaz para mantener con menos costo su dominio – dominio siempre seguro, claro está, pero más estable en la medida en que, precisamente por la eficacia de ese cuidado extra, sea progresivamente incapaz de engendrar episodios de secesión interna, elementos de perturbación u hostilidad militante como el caso de Hernández (un Martín Fierro que, pese a la senaduría conferida a su autor, ya había escapado de sus manos, aunque sin consecuencias políticas porque, como el gaucho real ya se extinguía, su arquetipo pudo curricularizarse inofensivamente). Por tal camino, en lo global se reducirá el miedo primero y así se achicará también el odio, al que, en cambio, en las mayorías coerciona la forma más suave de violencia, recién mencionada – la ley.

De adelantar el proceso, el lobo humano terminará por domesticarse, adaptándose a la realidad de su ambiente al visibilizarse la inconveniencia del homo homini lupus para la clase dominante. Pequeño cambio de actitud, colosal novedad, cambio de escala, fecundación mutua de las perspectivas macro y micro al mediar entre ellas no ya mera contemplación sino un mecanismo causalmente eficiente: la aceptación por las mayorías del inevitable dominio, reconvirtiendo gran parte del gasto en violencia en bienes de otro uso, haría que nuevos bienes sean menos escasos o dejen de serlo, consensuando más aquel dominio en proceso autosostenido. Colaborar equivale a una fuerte inyección permanente de energía en el sistema económico. Y no exige cambiar roles entre opresores y oprimidos o redistribuir los privilegios. ¿A qué matar a los excedentes demográficos, si su supervivencia es menos costosa y su desarrollo colaborativo en efecto diversifica los recursos intelectuales de la especie? ¿A qué tirar tanto de la cuerda suprimiendo productos, si el mecanismo de precios ya no lo requiere? La guerra no nace de la escasez sino del exceso. En tal escenario, real aunque todavía apenas vislumbrado entre los que mandan, si la fortuna diera tiempo aún cabría ilusionarse: los humanos pueden revalorizar sus objetivos. Con lo cual a los gobernantes les sería políticamente factible hacer lo que no pueden ahora: podrían encuadrar su cálculo de costos individuales en perspectiva realmente global, podrían educar su semoviencia para respetar a toda persona ya que eso conviene a cada uno – aunque los motivos inmediatos de tal acción, en descripción política, sean estos y no los del valor intrínseco, que sólo aparece en el discurso ontológico y axiológico o moral. Tal vez, tras el fárrago de la desinformación, laborando por ensanchar las perspectivas nos aproximemos a ello en nuestros días. En los de Hernández, aun las elites mantenían una perspectiva de sus conveniencias muy distante de la globalidad y eso dejó creer que la dinámica del capital se emancipaba de la de sus colocadores, que el monstruo era absolutamente indomable.

Las consecuencias de dicho error afectaron toda la existencia de José Hernández. La lucha política caracterizó su vida. Ya a los dieciocho años, en 1853, José combatía en Rincón de San Gregorio reprimiendo el levantamiento del coronel rosista Hilario Lagos contra el gobierno de Valentín Alsina. A la par blandía a iguales fines otra arma, el don de la elocuencia, una de sus características más notables, que ayudada por una memoria fuera de lo común se destacaba en los versos y discursos que era capaz de improvisar, en reunión de amigos. En 1856 inició su labor periodística en La Reforma Pacífica, órgano del Partido Federal Reformista al que adhirió. En junio de 1857 falleció don Rafael, su padre; en el juicio sucesorio consta que «lo mató un rayo arreando una tropa de hacienda en el campo» bonaerense. En 1858, a su edad de veintitrés años, tras haberse batido a duelo con otro oficial, abandonó las filas y junto a varios opositores al gobierno de Adolfo Alsina había emigrado a Paraná, Entre Ríos. Allí en 1859 y 1860 integró el Club Socialista Argentino y ese último año publicaría dieciocho artículos polémicos en El Nacional Argentino. En 1861 ingresaría a la logia masónica Asilo del Litoral y desde 1862 sería su Secretario, aportando a sus actos una retórica llamativa por la ausencia del tópico del progreso con desprecio a lo telúrico.

Intervino Hernández en la batalla de Cepeda y también en la de Pavón, en el bando comandado por Justo José de Urquiza y García (1801-1870, presidente de 1854 a 1860), “El grande y buen amigo” según el emperador brasileño Pedro II; es decir, el general en jefe de los ejércitos de la Confederación que en 1852 ya había acordado con los europeizantes brasileños traicionar a Rosas y logró derrocarlo (“A vitória desta campanha é uma vitória do Brasil, e a Divisâo Imperial entrará em Bs As com todas as honras que lhe sâo devidas…”, Manuel Marques de Souza, vizconde de Porto Alegre), tras lo que Urquiza empero se arrepentiría. Nueve años después, en Pavón, otra vez Urquiza traicionaría a su propio bando federal por colusión de conducciones partidarias, retirando de la batalla sus tropas triunfantes – lo que no impidió a los “triunfadores” martillearlo como evidencia del argumento del progreso: “Pavón no es sólo una victoria militar, es el triunfo de la civilización sobre los elementos de guerra de la barbarie… la tumba de la caballería indisciplinada… La base de nuestro poder es la infantería, que es la que nos ha dado el triunfo y la única capaz de completarlo.” (Bartolomé Mitre, carta del 22 de septiembre de 1861 al Ministro de Guerra, Gelly y Obes).

Ilustra adicionalmente el panorama un comentario de José María Rosa (Historia Argentina v. 6, pp. 407/8), sobre la matanza de Cañada de Gómez del 22 de noviembre de 1861): “Con el 3° cuerpo porteño, Flores… cae por sorpresa sobre la desprevenida División Buenos Aires y los restos del ejército federal. Muchos porteños federales (entre ellos José y Rafael Hernández …), están en la División… El horrorizado Gelly (ministro mitrista) hace ascender a 300 los muertos… Los extranjeros de la Legión Militar de [Hilario] Ascasubi [quien contrató para la infantería de Mitre a mercenarios italianos y el bardo antinacional antes citado imaginaba ‘cantando y combatiendo los tiranos del Río de la Plata], fueron los más entusiasmados en degollar criollos dormidos.”

“¡Y es necesario aguantar / el rigor de su destino! / El gaucho no es argentino / sino pa’ hacerlo matar.” (1033) Sarmiento recomendaría en carta al presidente Mitre del 24 de marzo de 1863, “Sandes … está… por llegar a La Rioja … Si mata gente cállese la boca. Son animales bípedos de tan perversa condición que no sé qué se obtenga con tratarlos mejor.” Con tales medios se promovería en el Río de la Plata una multitudinaria inmigración internacional, el ferrocarril y la unificación y consolidación definitiva del Estado, progresos disputados no sólo por intereses de clase o sector sino, ante todo, por sentir a la gente irremplazable y considerar la integridad de la anterior fórmula política esencial para la supervivencia del tejido social. Respecto a esto último, ya se comentó que los estados de larga duración cambiaron con mucha lentitud sus viejas fórmulas, tratando con rigor a los racionalistas que las criticaban por su escaso valor de verdad sin percibir el rol social de las tradiciones (memento Sócrates). Nada similar sentían ni percibían estos progresistas locales. En el desfavorable escenario, José Hernández se dejó tratar de rosista (“rosín“, aunque no lo era exactamente, sino federal), epíteto que equivalía a la muerte civil; y prosiguió su labor periodística en El Argentino, con una serie de artículos donde condenaba el asesinato de Vicente Peñaloza, publicados como libro en 1863, bajo el titulo de Vida del Chacho. Entre sus frases se recuerdan estas: “ASESINATO ATROZ. El general de la Nación Don. Ángel Vicente Peñaloza ha sido cosido a puñaladas en su lecho, degollado y llevada su cabeza de regalo al asesino de Benavídez, de los Virasoro, Ayes, Rolta, Giménez y demás mártires, en Olta, la noche del 12 del actual. El general Peñaloza contaba 70 años de edad; encanecido en la carrera militar, jamás tiñó sus manos en sangre”… “¡Maldito! ¡Maldito! ¡Mil veces maldito el partido envenenado con sus crímenes, que hace de la República Argentina el teatro de sus sangrientos horrores! … La víctima es también aquí el gaucho en la figura venerable y heroica de Angel Vicente Peñaloza”.

Sólo teniendo presente la grave situación puede interpretarse la vida de José Hernández. Como muestra de esa situación, a tres días de la nueva traición al gaucho perpetrada con la defección del general Urquiza en Pavón, que regaló el triunfo a los unitarios europeizantes, Sarmiento había escrito a Mitre la notoria carta del 20 de septiembre de 1861, diciéndole “No se crea infalible… tenemos patria y porvenir… No trate de economizar sangre de gauchos. Éste es un abono que es preciso hacer útil al país. La sangre es lo único que tienen de humano… Necesito ir a las provincias, usted sabe mi doctrina… y deseo, ser el heraldo autorizado de Buenos Aires”. Sigue cuatro días más tarde: “Tengo odio a la barbarie popular […]. La chusma y el pueblo gaucho nos es hostil […]. Mientras haya un chiripá no habrá ciudadanos, ¿son acaso las masas la única fuente de poder y legitimidad? El poncho, el chiripá y el rancho son de origen salvaje y forman una división entre la ciudad culta y el pueblo […] Usted tendrá la gloria de establecer en toda la República el poder de la clase culta aniquilando el levantamiento de las masas”. Y el presidente Mitre, en carta del 30 de marzo de 1863 a Sarmiento designado Director de la Guerra de policía, le expresaba: “Digo a Vd. en esas instrucciones que procure no comprometer al Gobierno Nacional… no quiero dar a ninguna operación sobre La Rioja el carácter de una guerra civil. Mi idea se resume en dos palabras: quiero hacer en La Rioja una guerra de policía. La Rioja es una cueva de ladrones que amenaza a todos los vecinos y donde no hay gobierno que haga la policía. Declarando ladrones a los montoneros sin hacerles el honor de considerarlos partidarios políticos ni elevar sus depredaciones al rango de reacciones, lo que hay que hacer es muy sencillo.” Sarmiento mismo lo comenta en sus Discursos Parlamentarios en el Senado, sesión del 13/7/1875, sobre los fundamentos jurídicos que justificarían cierta desprolijidad en su actuación como Director de la Guerra de Policía: “Está establecido en este documento, en derecho, la guerra a muerte. Éste es el derecho de gentes: la guerra civil establece los derechos de los sublevados a ser tratados con las consideraciones debidas al prisionero de guerra… Cuando a ciertos hombres no se les concede los derechos de la guerra, entran en el género de los vándalos, de los piratas, es decir, de los que no tienen comisión, ni derecho para hacer la guerra… y por la propia seguridad… es permitido quitarles la vida donde se les encuentre.” (Obras de Sarmiento Ed. 1898, t. XIX, pág. 292/293). Oportunamente había escrito a Mitre, el 14/11/1863, “Después de mi anterior llegó el parte de Irrazábal de haber dado alcance a Peñaloza y cortádole la cabeza en Olta, extremo norte de los Llanos, donde parece que descansaba tranquilo. No sé que pensarán de la ejecución del Chacho. Yo, inspirado por el sentimiento de los hombres pacíficos y honrados, aquí he aplaudido la medida, precisamente por su forma. Sin cortarle la cabeza a aquel inveterado pícaro y ponerla a la expectación, las chusmas no se habrían convencido en meses de su muerte.” (D. F. Sarmiento, Correspondencia, pag. 230).

El 8 de junio de 1863 José Hernández contrajo matrimonio en Paraná con Carolina Rosa González del Solar de la Puente, con quien tuvo ocho hijos (Isabel Carolina Hernández González del Solar, nacida en Paraná el 16.3.1865; Manuel Alejandro nacido en Paraná el 6.11.1867; María Mercedes, nacida en Paraná el 24.9.1868, Margarita Teresa, nacida en San Martín, Buenos Aires, el 28.5.1871, Juan José, María Josefa, nacida en Buenos Aires el 20.6.1876, María Teresa, nacida en San Martín el 24.10.1877, y Carolina, nacida en Buenos Aires el 7.4.1879). Como se mencionó, el principal medio de vida para mantener su hogar fue la compra-venta de campos y la comercialización de ganado con capital propio, sin excluir algún salario público. Esos años los describe bien la Proclama de Felipe Varela, de noviembre de 1866, “Muchos de nuestros pueblos han sido desolados saqueados y asesinados por los aleves puñales de los degolladores de oficio: Sarmiento, Sandes, Paunero, Campos, Irrazábal y otros dignos de Mitre… ¡Cincuenta mil víctimas dan testimonio flagrante!… ¡Abajo los infractores de la ley! ¡Abajo los traidores a la Patria!..” Faltaba el genocidio del Paraguay, otro de los pueblos de la Patria Grande, ya iniciado por entonces.

Antes de romper con el acaudaladísimo ex presidente Urquiza, José Hernández le escribe, el 16 de febrero de 1868, “Los Hernández no han sido traidores jamás. En los últimos años que no han sido de flores para nosotros, podría haber buscado un refugio en las filas opuestas, pero nadie me ha visto vacilar en mi fe política, desertar de mis compañeros, desmayar en la lucha, ni pedirle a los enemigos ni un saludo, ni un apretón de mano ni la más ligera consideración. No habrá quizá un solo enemigo que abrigue esperanzas de una apostasía de mi parte”. En ese mismo año de 1868, Hernández que desde el año anterior integraba en Corrientes la logia masónica Constante Unión donde en 1869 llegaría a ser Maestro, dirigió el diario El Eco de Corrientes, dictaba clases como profesor de gramática, promovía desde La Capital a la ciudad de Rosario como capital del país y un año más tarde escribía en El Río de La Plata. Desde esas columnas periodísticas se dedicó a la defensa de los gauchos, denunciando los abusos cometidos por las autoridades de la campaña y refiriéndose a las cuestiones del paisano y de la tierra, políticas de frontera y el indio, temas que articularía literariamente en el Martín Fierro. Urquiza, referente de Hernández hasta la traición en Pavón, escribiría el 3 de marzo de 1870, “Toda mi vida me atormentará constantemente el recuerdo del inaudito crimen que cometí al cooperar, en el modo en que lo hice, a la caída del General Rosas. Temo siempre ser medido con la misma vara y muerto con el mismo cuchillo, por los mismos que por mis esfuerzos y gravísimos errores, he colocado en el poder.” Así fue. Por su parte Hernández participó en Entre Ríos en la última gran rebelión gaucha, un fallido levantamiento militar contra el gobierno -de Sarmiento, ya presidente de 1868 a 1874- liderado por López Jordán, inspirador del asesinato de Urquiza. El intento de revuelta fracasó en 1871, con la derrota de los gauchos y el exilio de Hernández y López Jordán a Santa Ana do Livramento, en Brasil. Allí permaneció desde abril de 1871 hasta principios de 1872, viajó a Uruguay y regresó más tarde a Buenos Aires amparado en una amnistía de Sarmiento. Residió en la calle Talcahuano y luego en el Gran Hotel Argentino de Rivadavia y 25 de Mayo, mientras su familia se ausentó a una estancia de Baradero para escapar de la fiebre amarilla. A mediados de 1873 López Jordán invadió Entre Ríos; el gobierno de Sarmiento puso precio a su cabeza y la de sus colaboradores. Hernández,  como tal, buscó refugio nuevamente en Montevideo, donde el 1° de noviembre reinició sus tareas periodísticas en La Patria, que dirigía Héctor Soto, hijo de Juan José Soto, el editor de La Reforma Pacífica, el periódico en que Hernández iniciara sus lides de prensa. El 9 de diciembre López Jordán fue derrotado, pero el 10 de marzo de 1874 Hernández publicó en La Patria un manifiesto redactado por él, donde se revaluaba la postura jordanista. En agosto de 1874 compartió con Soto la dirección del periódico y, tras un breve paso por Buenos Aires, regresó a Montevideo y asumió la dirección y redacción de La Patria.

Mientras había estado proscripto por el presidente Sarmiento, pero de regreso a Buenos Aires, escondido frente a la mismísima Casa de Gobierno en el Gran Hotel Argentino, en el papel de estraza de una pequeña libreta de pulpería terminó de pasar en limpio algunos poemas de amor y los siete cantos y medio que se conservan de la primera parte del El Gaucho Martín Fierro. Su protagonista se llama Martín en honor de Martín Güemes, caudillo gaucho que detuvo a los realistas en el Norte mientras San Martín, con el apoyo de Pueyrredón, lograba salir de campaña por el Oeste, cruzando la cordillera en la guerra de la Independencia de la América del Sud. Esa primera parte es lo que se conoce como “La ida”, publicada en forma de entregas por el diario La República a partir del 28 de noviembre de 1872 y editada simultáneamente, desde diciembre, por la Imprenta La Pampa con la carta del autor a su amigo y editor, José Miguens. La mencionada libreta, entregada por el mismo Hernández a una dama amiga en San Juan, es posiblemente un segundo borrador ya que las tachaduras y correcciones no son demasiadas; el original completo entregado al impresor, con las modificaciones finales, parece perdido, pero no hay motivo para suponerlo más suntuoso. Por la fuerza expresiva de su lenguaje, rico en imágenes tomadas de la realidad, la historia de las desventuras de Martín Fierro se incorporó a la tradición popular y se convirtió en el poema épico nacional y popular por excelencia, profunda y peligrosamente arraigado hasta hoy en la memoria colectiva nacional. “Apenas aparece el poema puede advertirse su éxito entre el pueblo. A los dos meses agótase la primera edición. En dos años, llegarán a venderse 9 ediciones. En 1886 se habrán impreso 62.000 ejemplares… El Martín Fierro se volverá artículo del ramo de almacén, pues los pulperos de campaña lo pedirán… El éxito de Hernández resulta único en la América española.” (Manuel Gálvez, José Hernández; Ed. La Universidad, 1945, pág.76/77).

Desde su publicación los lectores transformaron al personaje en un mito, encarnación del coraje y la integridad inherentes a la vida independiente, que valoriza el individualismo del gaucho en la libertad de la pampa frente a la creciente urbanización del país. Leopoldo Marechal diría que “Como las epopeyas clásicas, es el canto de un pueblo, es decir, el relato de sus hechos notables cumplidos en la manifestación de su propio ser y en el logro de su destino histórico. ¿Y quién es el héroe en el Martín Fierro? En el sentido literario, es un gaucho de nuestra llanura, y en sentido simbólico, es el pueblo de la Nación recién salido de su guerra de la Independencia y de sus luchas civiles, en las cuales se ha fogueado. Por lo tanto es el real protagonista del drama en que se juega su devenir”.

En efecto, esta figura era, según Hernández, el verdadero representante del carácter argentino, noción que le situó en directa oposición con el curso de los acontecimientos y los poderosos intereses políticos detrás del “progresismo” transnacionalizante. Ese progresismo consistió siempre en sustituir población arraigada, indios, negros, gauchos; el arraigo no se reduce a la política, es una de las necesidades del alma (Simone Weil), porque la existencia real de algo que se pueda llamar suelo de uno es referencia al fundamento no originado de lo real (Schiller) y permite así reconocer sentido a la existencia finita (llegar a valorarla desde el uso palindrómico de la naturaleza), transfigurando al mundo visible y permitiendo descifrarlo para orientarse individual y colectivamente. Esta posibilidad se menoscaba o pierde al sustituir población arraigada por desarraigados dóciles al capital nómade, que valoren más el dinero que las necesidades del alma y del cuerpo de la gente. Lo intuía así Hernández al escribir, el 19 de noviembre de 1869 (Relación de un viaje a las Islas Malvinas, diario “Río de la Plata”, N° 86), que “Los pueblos necesitan del territorio con que han nacido a la vida política, como se necesita el aire para la libre expansión de nuestros pulmones. Absorberle un pedazo de su territorio, es arrebatarle un derecho, y esa injusticia envuelve un doble atentado, porque no sólo es el despojo de una propiedad, sino que es también la amenaza de una nueva usurpación.” Sarmiento, que promovió con artículos en Chile la ocupación chilena de territorios patagónicos, decía a los argentinos sobre la Patagonia: “Es una tierra desértica, frígida e inútil. No vale la pena gastar un barril de pólvora en su defensa. ¿Por qué obstinarse en llevar adelante una ocupación nominal? (El Nacional, 19 de julio de 1878; nótese el grotesco en el título del periódico). Y sobre las islas Malvinas: “La Inglaterra se estaciona en las Malvinas. Seamos francos: esta invasión es útil a la civilización y al progreso” (El Progreso, 28 de noviembre de 1842).

El desprecio al arraigo y la docilidad al capital nómade, no el progreso técnico, fue siempre la clave de la prédica “progresista”. En realidad sus víctimas no se cuestionan progresar; sólo rehúsan hacerlo con desarraigo, a favor ajeno y desintegrando los valores nucleares de la colectividad. En esta región, cuando el progreso industrial fue local e independiente lo apagaron con la guerra de exterminio en la invasión al Paraguay y noventa años más tarde ‑desde que un golpe de mando al cuartelazo triunfante repauperizó largamente al criollo‑ con una guerra de terciopelo, de violencia disimulada, sin masacrarlo de golpe. Al describir la figura del matrero desertor, José Hernández se propuso denunciar esos abusos en la sociedad local de su época, pero el esquema era universalizable y su obra trascendió esa meta inicial, para devenir hito imperecedero en las letras mundiales.

Su intención originaria parece haber incluido un intento de advertencia -ante todo, al gobierno- acerca de los problemas que debía enfrentar la minoría gaucha para adaptarse a la nueva cultura impuesta como “Política de Progreso” por el gobierno europeizante tras derrotar, en 1852 a Juan Manuel de Rosas, personificación de la Argentina autárquica. Ya el 10 de junio de 1839 José de San Martín había escrito a Rosas, “pero lo que no puedo concebir es el que haya americanos que por un indigno espíritu de partido se unan al extranjero para humillar su patria y reducirla a una condición peor que la que sufríamos en tiempo de la dominación española; una tal felonía ni el sepulcro la puede hacer desaparecer.” Y en el punto tercero de su Testamento, el 23 de enero de 1844, San Martín dispuso: “El sable que me ha acompañado en toda la Guerra de la Independencia de la América del Sud, le será entregado al General de la República Argentina, don Juan Manuel de Rosas, como una prueba de la satisfacción que como argentino he tenido al ver la firmeza con que ha sostenido el honor de la república contra las injustas pretensiones de los extranjeros que trataban de humillarla.” A Rosas valora José Hernández, dirigiéndose al historiador chileno Vicuña Mackenna desde el periódico La Patria de Montevideo el 28 de abril de 1874, “sin olvidar tampoco, como Vd. debe saberlo, que esa energía con que Rosas defendió entonces los derechos de las Repúblicas le valió el que el general San Martín, le remitiera desde París, la espada que había brillado en mil combates gloriosos, como un testimonio de simpatía por su política esencialmente americana”. Sarmiento en cambio había escrito “los que cometieron aquel delito de leso americanismo; los que se echaron en brazos de la Francia para salvar la civilización europea, sus instituciones, hábitos e ideas en las orillas del Plata, fueron los jóvenes; en una palabra: ¡fuimos nosotros!” (Facundo, o Civilización y Barbarie, 1845 – Obras Completas de Domingo F. Sarmiento, t.7 pp. 231/232); “En Montevideo, pues, se asociaron la Francia y la República Argentina europea, para derrocar el monstruo del americanismo hijo de la pampa: desgraciadamente, dos años se perdieron en debates, y cuando la alianza se firmó, la cuestión de Oriente requirió las fuerzas navales de Francia, y los aliados argentinos quedaron solos en la brecha.” (D. F. Sarmiento, Facundo, 1845). Al respecto Juan Domingo Perón, luego otro jefe de estado que tal como Rosas no desconfiaría lo suficiente de sus oficiales (Kautilya, Arthaśāstra [Arthashastra] L. 1 caps. 10-13 y LL 8-12) señalaba en la Municipalidad de San Isidro el 22 de octubre de 1944 que “Martín Fierro es el símbolo de la hora presente. José Hernández cantó las necesidades del pueblo que vive adherido a la tierra. Todavía no se ha cumplido para el pueblo argentino la invocación de grandeza y de justicia que el Martín Fierro enseña.” En efecto, compuesto hace más de un siglo, el poema podría haber sido escrito hoy por voceros de otros grupos de oprimidos en otras partes del mundo. Por esta razón, tal vez, este poema goza de tal aceptación universal que ha sido traducido a tres docenas de idiomas, tornándolo disponible a más de la mitad de la humanidad. Asimismo a través de su poema consiguió Hernández eco local para sus propuestas y la más valiosa contribución a la causa de los gauchos.

También, como lo quiso el autor, constituyó un recurso de educación pública, que puede haber movido a Sarmiento a apurar su propio proyecto contrario (plasmado en la ley 1420, de 1884), de unificar al país educando “gratuitamente” a todos sus hijos con contenidos curriculares “progresistas” reproductivistas. Anhelaba Hernández,”¡Ojalá que Martín Fierro haga sentir, a los que escuchen al calor del hogar la relación de sus padecimientos, el deseo de poderlo leer! A muchos les haría caer entonces la baraja de las manos.” (Prólogo a la 8° ed., 1874). De hecho, el interés que despertó Martín Fierro en su época fue tal, que dio origen a círculos de lectura entre los hombres del campo, y a recitadores que memorizaban pasajes de la primera o la segunda parte y los decían ante grupos de oyentes entusiasmados y deseosos de aprenderlos y a su vez recitarlos. Aun hoy no es del todo infrecuente oír recitar fragmentos o cantarlos reduplicando el inicio (especialmente el del moreno, “Dicen que de mi color… – Dicen que, de mi color…”), en el campo y periferias urbanas. Hasta se le ha ido formando una musicalidad propia. Más aún, el poema constituyó una histórica contribución a la unión de los gauchos al desarrollo nacional de la Argentina.

A su regreso a la Argentina bajo una amnistía decretada por el presidente Avellaneda, la circulación de la elite le hizo espacio. Ya en Buenos Aires en 1878 se asoció con Rafael Casagemas en la Librería del Plata, más tarde totalmente de su propiedad, y se incorporó a la logia masónica Obediencia en que militó hasta su deceso; tornóse diputado por la provincia y luego senador. En 1879 se interesó con éxito en expropiar con dinero de Rentas Generales los terrenos que originaron la población de Necochea y su posterior loteo y venta. Su elocuencia resonaba en el recinto, tomó parte muy activa con Dardo Rocha y otros masones en el proyecto y fundación de La Plata, en cuya fundación se sirvió un asado preparado por Hernández y cuyo nombre (que conjuga la argentinidad con uno de sus apellidos familiares) debemos a su proposición. En 1880, Hernández con Hipólito Yrigoyen y otros fundó un Club de la Juventud Porteña, en adhesión a la candidatura de Roca, quien resultó triunfador en las elecciones por amplia mayoría. También en 1880, siendo presidente de la Cámara de Diputados, defendió el proyecto de federalización por el cual Buenos Aires pasó a ser la capital del país. Por entonces la coyuntura signada por la inmigración internacional, el ferrocarril y la unificación y consolidación del Estado se había afirmado definitivamente. Pudo haberse conseguido con los métodos de Solano López o de Rosas, pero se impuso obtenerla con los de sus adversarios y en una articulación estructural diferente; por supuesto, preténdese que aquellos métodos no la habrían logrado… José Hernández fue integrado como político en el sistema exclusor que originaba los males y padecimientos denunciados en su poema.

Como producto de esta contradicción, hay señales en Hernández de una moderada metamorfosis psicológica, de la que él mismo tal vez esperase librarse oportunamente, como de una concesión táctica y circunstancial. O, tal vez no; tal vez creyera llegado el momento de permitirse aburguesar un poco, confiando que sólo serían unas breves y merecidas vacaciones en su militancia… Jorge Eduardo Padula Perkins ha dicho (El Periodista José Hernández, 1990, Cap. XI), en síntesis, que “fue un pragmático que ajustó su posición y sus actos a cada situación histórica y tomó partido por la causa que en ese marco vislumbró como más justa. De este modo, …adhirió al Partido Federal Reformista y su medio de prensa, «La Reforma Pacífica», de Nicolás Calvo, en 1856, haciéndose «chupandino» por considerar valiosa la incorporación de Buenos Aires a la Confederación. Cuatro años más tarde, convencido de que la causa federal hallaba firmeza en Urquiza, obraba desde Paraná en el órgano oficial, «El Nacional Argentino», y luego, también en Paraná, apostrofaba a los matadores del Chacho Peñaloza en las páginas de «El Argentino». En 1868, inmerso siempre en un ideal federal, acompañaba al gobernador correntino Evaristo López y apoyaba su gestión con «El Eco de Corrientes». Llevó la problemática correntina a «La Capital» de Rosario, durante su exilio provincial y también [apoyó] al proyecto del diputado Manuel Quintana para que esa ciudad fuera capital de la República, con lo cual entendía se hacía justicia por la ubicación geográfica e histórica de Rosario y para reducir la problemática de Buenos Aires. Propuso desde «El Río de la Plata» la distribución de tierras parceladas para ganar el desierto mediante la colonización y no por la fuerza depredadora, al tiempo que fustigó el mecanismo de la leva para la formación de los contingentes de frontera. Apoyó a López Jordán en su defensa del concepto republicano federal que entendía trai­cionado por Urquiza y desde el exilio, en «La Patria» de Montevideo, combatió a Mitre y a Sarmiento y confió en la unión del Autonomismo con el Partido Nacional que respaldaba a Avellaneda como encuentro reconstitutivo del cuerpo socio político argentino. Polemizó desde «La Libertad» con «La Tribuna», defendiendo su apologética visión del general Peñaloza como baluarte federal y criticó al fin todo lo que consideró pernicioso en el gobierno desde «El Bicho Colorado» y el «Martín Fierro», pese a su adhesión al nuevo Partido Autonomista Nacional.”

Pero al escribir La Vuelta ya no estaba prófugo y exiliado, no tenía precio su cabeza de combatiente antimitrista, no cuadraban tanto rebeldías y denuncias. En el escocismo ostentaba el grado 32, previo al máximo en ese rito de la masonería, y entre los honores de la Gran Logia de la Argentina designóselo Primer Gran Vigilante para el período 1880-1881. Reinsertado en la clase dominante, se morigeran la altisonancia y vehemencia de su pluma, ataca aun más al indio ahora patentemente en vías de aniquilación, no oculta prejuicios hacia los negros, pinta al “gringo” con más legitimidad, proporciona adagios y consejos útiles al sistema de poder (que permitieron instrumentar su obra ad usum Delphini, en los colegios), mira los recursos mágicos de la medicina popular con el desdén irónico de un civilizado, y Martín Fierro y sus hijos terminan exiliándose al interior, allí donde el sistema les permite: sin tierras ni derechos, pero adaptados. Miguel Cané, al recibir el poema completo, capta esa posición, se sitúa donde cree que Hernández quiere que se sitúe el lector, y le dice en 1879, “Hace bien en cantar para esos desheredados; el goce intelectual no sólo es una necesidad positiva de la vida para los espíritus cultivados, sino también para los hombres que están cerca del estado de naturaleza. Un gaucho debe gozar, al oír recitar las tristes aventuras de Martín Fierro, con igual intensidad que usted o yo con el último canto del Giaour o con las noches de Musset. Y esta secreta adoración que sentimos por esos altísimos poetas, el gaucho la sentirá por usted, que lo ha comprendido, que lo ha amado, que lo ha hecho llorar ante los nobles arranques de su propia naturaleza, tan desconocida para él. No se puede aspirar a una recompensa más dulce.” Endemientras, desde el Poder Legislativo, Hernández participaba en el proceso que condujo a la “usina del progreso”, la modernización y enriquecimiento económico de la organización neocolonial del Estado, la “extinción” del gaucho como agente histórico real y su mitificación-literarización como prototipo del “ser nacional” criollo, sin rostro, ficticio al fin, ya listo para utilizarse como contenido curricular. Y aunque el éxito popular de Martín Fierro fue inmediato a su publicación, su apreciación sociológica, similarmente temprana, fue desoída.

El primero en valorarla con criterio social fue el doctor Pablo Subieta, brillante escritor boliviano, quien ya en 1881 dedicó al estudio del Martín Fierro cinco artículos periodísticos entre los más serios, lúcidos y sagaces sobre el tema. En el tercero de ellos, aparecido en el diario Las Provincias del 8 de octubre de 1881, Subieta se refiere a estos versos señalando “que han tenido el privilegio de realizar una revolución en las ideas, en las costumbres o en las instituciones.” Y agrega: “Martín Fierro, más que una colección de cantos populares, más que un cuadro de costumbres, más que una obra literaria, es un estudio profundo de filosofía moral. Martín Fierro no es un hombre: es una clase, una raza, casi un pueblo; es una época de nuestra vida; es la encarnación de nuestras costumbres, instituciones, creencias, vicios y virtudes; es el gaucho luchando contra las capas superiores de la sociedad que lo oprimen; es la protesta contra la injusticia; es el reto satírico contra los que pretendemos legislar y gobernar sin conocer las necesidades del pueblo; es el cuadro vivo, palpitante, natural, estereotípico, de la vida de la campaña, desde los suburbios de una gran capital hasta las tolderías del salvaje. Es necesario tener toda la sagacidad de espíritu, toda la paciente observación, todo el sentimiento de justicia, todo el aplomo de convicciones de Hernández para haber penetrado y arrostrado tan decididamente la grave cuestión social que agita nuestro seno casi con tanta vehemencia como el nihilismo, el internacionalismo, el fenianismo, el comunismo o el carbonarismo. ¡Biblia, catecismo político, teoría filosófica, consejo moral, incitación entusiasta, proclama revolucionaria! ¿Qué no hay en esas noventa páginas rimadas sin esfuerzo, eufónicamente acondicionadas a los arpegios de la guitarra y a la entonación del campesino? Martín Fierro encierra estas grandes verdades políticas, arrancadas natural y lógicamente de nuestra vida ordinaria: falta de educación, pésima organización judicial y militar, deficiencia en la policía rural y, sobre todo, profundo resentimiento en el pueblo de la campaña contra las clases urbanas por su abuso de fortuna, de autoridad e ilustración. Tal es el carácter político o sociológico del libro que nos ocupa, y tal la enseñanza filosófica y poética que puede servir de explicación a la ley de nuestra historia y de objetivos a nuestros legisladores y gobiernos.” Pero tal perspectiva no prevaleció y la consagración literaria data de los primeros años del siglo veinte. A elevarlo a la consideración crítica contribuyeron Ricardo Rojas y Leopoldo Lugones, con fundamentales estudios, y Eleuterio F. Tiscornia, con una notable edición comentada. En Europa le dieron definitivo espaldarazo las plumas de Unamuno y de Menéndez y Pelayo. Sus ediciones son incontables, en docenas de idiomas…

En 1881 Hernández escribió Instrucción del estanciero, editado por Casavalde, y fue elegido senador por su provincia, reelecto en 1885. Ejerciendo este último cargo, imprevistamente falleció de un ataque cardíaco -«miocarditis»- en la quinta que comprara en 1884 en Belgrano, calle Santa Fe nº (viejo) 468, el jueves 21 de octubre de 1886; dejó viuda y ocho hijos de siete a veintiún años. Sus biógrafos coinciden en señalar, como sus últimas palabras, «¡Buenos Aires! ¡Buenos Aires!»; vaya uno a saber qué significaba esto para él, por entonces. Pocos meses antes, por haber cumplido un cuarto de siglo de militancia masónica, había sido proclamado Miembro Libre de la Orden. Pero la persona de José Hernández estaba vinculada tan férreamente a la del protagonista de su obra poética que, al informar sobre su deceso, un diario de La Plata titulaba: «Ha muerto el senador Martín Fierro». Sus restos descansan en el cementerio de la Recoleta. Dos años después murió Sarmiento y su nombre, bustos y estatuas, igual que las de Urquiza y Mitre, se plantaron como amuleto preventivo en casi todo sitio que pudiera conjurar al espíritu del Restaurador, Rosas. Los niños de todo el país cantan a su modo el desinformativo himno, musicalmente hermoso, que en honor al Educador creara el catalán Leopoldo Corretjer (1862-1941):

Fue la lucha, tu vida y tu elemento;
la fatiga, tu descanso y calma;
la niñez, tu ilusión y tu contento,
la que al darle el saber, le diste el alma.

Con la luz de tu ingenio iluminaste
la razón, en la noche de ignorancia…
Por ver grande a la Patria tú luchaste
con la espada, con la pluma y la palabra.

En su pecho, la niñez de amor un templo
te ha levantado; y en él sigues viviendo;
y al latir, su corazón va repitiendo,
“¡Honor y gratitud al gran Sarmiento!”

“¡Honor y gratitud, y gra-ti-tud!”

¡Gloria y olor! ¡Honra sin par
al graande, entre los graandes,
padre del aula, Sarmiento inmortal!
¡Gloria y loor! ¡Honra sin paaar…!

Con tufo a trofeo, la serie más completa del mundo en publicaciones del Martín Fierro la posee The Latin American Collection de la Universidad de Texas, en Austin, Estados Unidos. Cada año, al poema lo lee más gente.

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