Memoria del enemigo 11

Diplomáticos arteros…

 

Honorio Hermeto Carneiro Leao

Rosas y Brasil

El gravísimo problema que significaba para Rosas Brasil, había concluido favorablemente para el Imperio el 3 de febrero de 1852. He señalado en La caída de Rosas los fundamentos del dilema O Rosas o el Imperio de la acción diplomática y militar brasileña a partir de 1842, agudizado hacia 1849. Quiero resumirlo, por cuanto el capítulo histórico epilogado en la guerra contra Paraguay de 1865, es una continuación del otro capítulo que hiciera crisis en la guerra contra la Confederación Argentina de 1851.

La presencia de Rosas en Buenos Aires era en 1851 cuestión de vida o muerte para el Imperio. Rosas significaba una voluntad férrea puesta al servicio de un propósito nacional; había logrado la unidad de la porción mayor del virreinato del Plata –disgregado a partir de 1811 por influencia brasileña, principalmente- consolidando las catorce provincias enemigas que amenazaban convertir el extremo sur del continente en una Centroamérica de catorce republiquetas independientes; impedía el avance lusitano en las porciones definitivamente segregadas del trono común, como Paraguay y Uruguay; no reconocía la ocupación de las Misiones Orientales ni la ¨libre navegación¨ de los ríos interiores argentinos, orientales o paraguayos y, sobre todo, su política, hábil y enérgica a la vez, amenazaba unir a los países de origen español en una fraternidad de común defensa y respeto recíproco.

No solamente quedaba cerrada la expansión lusitana, sino amenazada la existencia misma del imperio de Brasil. Al ¨separatismo¨ en el virreinato del Río de la Plata, fomentado por Brasil desde 1811, había respondido Rosas con un ¨separatismo¨ dentro del imperio exteriorizado en una larga insurrección de Río Grande entre 1835 y 1845, y luego en las agitaciones localistas de diversas partes del Imperio. Hacia 1848 los socialistas brasileños tomaban al gobierno de Rosas como ejemplo de una república popular sin clases y sin esclavos, establecida en América antes de que los utopistas del socialismo europeo escribieran sus libros. El aplastamiento de la insurrección socialista de los praieiros de Pernambuco en 1849 mostró la conexión de sus hombres con Rosas; la prensa democrática de Minas Geraes, Río Grande, Pernambuco, Río de Janeiro, etc., era partidaria en 1851 de una Federación de las repúblicas brasileñas, advenidas después de abatirse la monarquía, con la Confederación Argentina de Rosas y el Estado Oriental de Oribe. Estaba también el problema de la esclavitud. Como la preponderancia interna de la aristocracia brasileña se basaba en la existencia del trabajo servil, los demócratas hacían cuestión fundamental de su abolición; y el ejemplo de una Argentina económicamente próspera sin descansar en el trabajo de los esclavos, era agitado como elemento de propaganda abolicionista.

Para nadie era un secreto, en Río de Janeiro como en Buenos Aires, que  ¨o el Imperio destruía a Rosas o Rosas destruía al Imperio¨. A fines de 1850 la situación hizo crisis, apenas Inglaterra y Francia capitularon ante Rosas en las convenciones Southern y Lepredour; el 31 de agosto firmábase en Buenos Aires el retiro de Francia del Plata y treinta días más tarde, el 30 de setiembre, el ministro argentino en Río de Janeiro, general Guido, rompía relaciones diplomáticas con el Imperio como preliminar de la declaración de guerra.

Brasil había querido valerse a su favor de las contradicciones argentinas (unitarios, liberales, ¨constitucionalistas¨) para llevar a cabo su política disgregadora; pero Rosas había respondido con una idéntica movilización de las contradicciones brasileñas (republicanos, separatistas, ¨abolicionistas¨) para ejercitar a su vez su política igualmente disgregadora. La guerra, a nadie se le ocultaba en Río de Janeiro, sería fatal al Imperio en las condiciones de 1850; de allí los intentos poco menos que desesperados de Brasil para impedir la ratificación del tratado de Lepredour. Y cuando todo parecía perdido para el Imperio, todo conseguiría salvarse: el milagro de la Casa de Braganza lo produjo la conversión del jefe del ejército de operaciones argentino pasándose con tropas, armas y bagajes al enemigo. Sobran las pruebas de las ambiciones políticas y comerciales del general convertido, pero podemos prescindir de ellas: aunque su móvil fuese el públicamente expresado de dar una Constitución Nacional al país, la manera y la ocasión resultaron torpes y alevosas. Después de Caseros, la Argentina tendrá su constitución copiada, pero a costa del sufragio popular, que desapareció hasta 1912, de su grandeza nacional y su política americanista; mientras Brasil mantuvo su monarquía, su esclavitud, su unidad, los límites reclamados, la libre navegación, convirtió al Uruguay en una práctica dependencia suya y dio influencia económica y política al capitalismo anglobrasileño en ambas márgenes del Plata.

La política brasileña después de Caseros

Faltaba la culminación de esa política: hacer permanente la influencia conseguida en la Argentina y la República Oriental y envolver a Paraguay en iguales redes diplomáticas que las tendidas contra el Uruguay en los tratados de Río de Janeiro de octubre de 1851. Siempre, claro está, que lograra orillarse la oposición inglesa al engrandecimiento de las naciones americanas.

Pues el Imperio chocaba con dos obstáculos en su política de expansión: la resistencia nativa de los castelhanos, y los diplomáticos y buques de Inglaterra que no querían dejarse arrebatar el monopolio, y no tolerarían en América del Sur poder más fuerte que el suyo. Pero el Imperio tenía buenas armas en sus magníficos diplomáticos, hábiles para disfrazar sus propósitos a los ministros británicos, e infiltrar su influencia a pesar de los buques de guerra de las estaciones navales inglesas. El don del tacto y la oportunidad no era común en los diplomáticos ingleses de Río de Janeiro y sobraba en cambio en los sagaces aristócratas brasileños. Habían vencido a Rosas y cobrado estipendios cuantiosos por la victoria de Caseros sin que Palmerston, favorable al primer propósito, pero a la espera de recoger la herencia argentina, pudiera llegar a tiempo de impedir el engrandecimiento brasileño. En esa misma diplomacia confiaba Pedro II para completar el dominio del sur. Tal vez no fuera necesaria la guerra, bastando los patacones para corromper y los cañones para amedrentar. Pero si viniera otra vez la guerra, se haría como en 1851 sin grandes riesgos: valiéndose de los mismos castelhanos para eliminar a los enemigos de la civilización. Eran duchos sus diplomáticos en preparar coaliciones para salvar la libertad de los hispanoamericanos contra las tiranías vernáculas.

Tal vez no creyeron los brasileños de 1864 a 1866 en la posibilidad de otra guerra en el sur, y menos contra Paraguay; tal vez menospreciaron la capacidad de heroísmo del pueblo paraguayo y su conductor. O imaginaban mayor y voluntaria la contribución –que nunca dejó de ser forzada- de argentinos y orientales. Lo cierto es que Brasil debió emplearse a fondo para vencer el obstáculo del Paraguay, y perderá en esa guerra la hegemonía lograda en Caseros. Porque el Brasil maltrecho y victorioso de 1870 sería fácilmente apartado por Inglaterra, que a la postre fue quien cobrara los estipendios de la hecatombe.

En los esteros paraguayos se hundiría el gran Paraguay de Francisco Solano López, pero también el Brasil imperialista de Pedro II. Y de 1870 en adelante, el dominio financiero inglés se extendería por Uruguay, la Argentina, Brasil y los restos del Paraguay, como dueño absoluto de América del Sur.

Hegemonía brasileña (1852 a 1860)

Honorio Hermeto Carneiro Leao fue el obrero de la hegemonía brasileña. No era un brillante orador, ni su actuación política se prestaba a una aureola de popularidad que, por otra parte, desdeñaba. De allí que el jefe indiscutido de los saquaremas(*) del siglo pasado, el represor eficaz de los tumultos ¨socialistas¨ de Pernambuco, el diplomático en el Plata durante la caída de Rosas, el jefe de gabinete de la conciliación después de Caseros, no ocupe en la historiografía brasileña el lugar merecido. Quizá su prematura muerte contribuyó a no darle el realce debido.

Honorio Hermeto, agraciado con el título de vizconde, más tarde marqués de Paraná por su labor decisiva en la caída de Rosas, ocupó la jefatura del gabinete del 6 de setiembre de 1853 a su regreso del Plata. Formó el ministerio de la conciliación, también llamado de la ¨hegemonía¨. Juntó a saquaremas y luzias  en el entendimiento del orden para asentar sólidamente las instituciones brasileñas (monarquía, aristocracia, esclavitud) y seguir la obra expansionista de Caseros. Su ministro de Negocios Extranjeros, Limpo de Abreu vizconde de Abaeté, será su gran colaborador en la obra de mantener y ampliar el dominio del continente.

Tres años duró el gabinete de Paraná: hasta el 3 de setiembre de 1856 en que moriría inesperadamente. La desaparición del Rei Honorio fue un problema para los conciliados: inútilmente tratarán de mantenerse la ¨sombra de Paranᨠen un gabinete presidido por Caxias. La gran era saquarema había terminado.

Los sucesores no atinaron con la política a seguir. Hacia 1860 resurgen los luzias abatidos desde 1848, portando la bandera de la hegemonía continental –la misma de Honorio- gastada en las manos saquaremas advenidas tras Honorio. Conducido por un antiguo jefe de la revolución mineira de 1842 –Teófilo Ottoni- extraño profeta de un Brasil progresista y humanitario dominante en América, se había formado un brillante núcleo de jóvenes liberales: Goes Vasconcellos, Almeida Rosa, Saraiva, Nabuco, Furtado… Acusan a los conservadores de ¨no estar con la hora¨ y descuidar el engrandecimiento.

Pedro II teme el ímpetu juvenil y hará lo posible por retardar su llegada. Tampoco los viejos y jóvenes saquaremas quieren dejar  el gobierno. La bancada luzia es mayoritaria, pero los hábiles saquaremas consiguen introducir divisiones y celos en sus figuras dirigentes. Un primer ministerio renovador –de Goes Vascancellos, formado en 1862- morirá a los seis días: de allí su nombre de gabinete dos anjinhos (de los ¨angelitos¨).

Los saquaremas no tienen mayoría para detentar el gobierno, pero los luzias no poseen la suficiente unidad para consolidarse en él. Es la hora de los políticos hábiles, que saben nadar entre dos aguas. Resurge el viejo marqués de Olida –el Maquiavelo de la Rúa de Lavradío– alejado muchos años por la acción franca y hasta cínica de Honorio Hermeto. Es sobradamente hábil para conseguir el apoyo de los jóvenes luzias con una política de expansión nacional, y no descontentar a los conservadores con reformas económicas y sociales. Pedro II le entrega el gobierno en mayo de 1862.

El marqués de Abrantes, ministro de extranjeros (1860 a 1862)

Olinda forma el ministerio dos velhos (de los ¨viejos¨), con antiguas notabilidades jubiladas. El anciano ex Regente con sus 72 años es casi el benjamín de la tertulia de valetudinarios que gobernará Brasil en 1862. Sin embargo ¡cuánta energía y habilidad desplegó el gabinete dos velhos. En su gestión quedó trazada la política internacional del Imperio que habría de llevar a la intervención en el Uruguay y a la guerra del Paraguay.

Ocupa la cartera de negocios extranjeros el marqués de Abrantes, reliquia de los tiempos del Primer Imperio que no había enfriado sus sueños de reincorporar la Cisplatina borrando la derrota de Ituzaingó. El desquite alevoso y solapado de Caseros no le parecía suficiente. Sus antecedentes mostraban un constante afán expansionista. Canciller de don Pedro I en 1830, había enviado a Francia y España al marqués de Santo Amaro con instrucciones de gestionar la formación de una monarquía en la Argentina que fuera ¨mejor vecina¨ del Imperio que la república turbulenta y contagiosa de los caudillos federales. Descontaba que Francia y Brasil apoyarían a los partidos del orden  -los unitarios- en una guerra contra los anarquistas federales, cobrando los franceses su precio con una influencia decisiva en la Argentina, los españoles en un príncipe de su casa reinando en Buenos Aires, y Brasil con la reincorporación de la Cisplatina.

Fracasó Abrantes: la revolución de 1830 en París, la derrota de los unitarios en Ciudadela, y finalmente la abdicación de Pedro I impidieron el cumplimiento de su ambicioso plan. También la obstinada negativa de Fernando VII a reconocer la independencia de la América Española, aún con príncipes de su casa en los tronos hispanoamericanos.

El vizconde se llamó a silencio por muchos años. Hasta 1844 en que el canciller Ferreira Franca le recomienda una misión gratísima en Europa: gestionar de Aberdeen y Guizot la participación brasileña en la aventura imperialista contra la Confederación Argentina. También fracasaría, porque Aberdeen no quiso emplear los cañones de Inglaterra para un engrandecimiento de Brasil.

Ahora, en 1862, volvía por tercera vez a la actualidad. Lo alentaba en su expansionismo la misma fe de 1830: tomó a la República Oriental –su deseada Cisplatina- por meta de sus afanes. Como pronta medida trocaría el gobierno blanco de los orientales por un complaciente poder colorado. Empezó a acumular ¨agravios¨ para obligar a una intervención militar (prevista por los tratados de 1851). Reclamó primero ¨por la violación de derechos y bienes de los súbditos brasileños residentes en el Estado Oriental¨; en setiembre, suspendió ¨en represalias¨ las escuálidas ventajas orientales del tratado de comercio; el 25 de febrero de 1861 envió al presidente Berro una fuerte nota exigiendo inmediatas reparaciones ¨por los repetidos ultrajes¨. Todo estuvo dispuesto para la intervención militar y en consecuencia se movilizaron las tropas sobre la línea de frontera.

Vanamente Berro explicaría que no había tales ultrajes; la población brasileña en el Uruguay era muy numerosa, y los ¨agravios¨ eran delitos comunes sometidos a la justicia de la República. El gabinete dos velhos preparó a Brasil para una acción de envergadura que restablecería el prestigio imperial en el Plata: Teófilo Ottoni en su exagerado humanitarismo clamaba en la cámara por una ¨inmediata intervención en el Uruguay, gobernado por hombres fuera de la especie humana¨. Pimienta Bueno, en el Senado, calificaba de ¨tigres de Quinteros¨ al correcto presidente Berro y a sus ministros pacifistas.

Al tiempo de prepararse en Buenos Aires la expedición de Venancio Flores, cruzarían la frontera los regimientos brasileños. A fines de 1862 los imperiales y sus auxiliares mitristas y colorados, tenían dispuesta la eliminación del partido blanco y del gobierno uruguayo.

Bernardo Berro lanzó un grito de angustia por toda la América española. Le llegaron ecos de apoyo y simpatía de los países lejanos, mientras los diarios de Buenos Aires –del Buenos Aires mitrista…- repetían los clamores ¨humanitarios¨ de Teófilo Ottoni y Pimienta Bueno, y el presidente Mitre daba formales y mentidas seguridades de ¨su neutralidad¨. Pero más allá del Uruguay y del Paraná, en la tierra guaraní celosamente mantenida lejos de los cañones y patacones brasileños, el viejo López aseguraba al ministro oriental Juan José de Herrera que ¨los incorregibles anarquistas (los mitristas) y los matacos siempre aleves y llenos de doblez¨ tendrían que verse también con el Paraguay si osaban avanzar sobre el Estado Oriental.

(*) NOTA ORIGINAL: Puesto que Rosas se oponía a copiar una constitución (como lo dijo en su Carta de la Hacienda de Figueroa a Quiroga) y esperaba que el estatuto nacional surgiera de la realidad política y social argentina, cada vez que se enzarzaba en una guerra internacional no faltaba un general patriota que se aliaba con el extranjero y recibiera de ellos ayuda para dar una constitución a los argentinos. Así lo hicieron Lavalle con los franceses en 1838, Paz con los ingleses en 1845 y Urquiza con los brasileños en 1851 ((el subrayado es nuestro)).

Rosa, José María: La guerra del Paraguay las montoneras argentinas. Buenos Aires, Hyspamérica, 1985. Se reproduce fielmente la totalidad del capítulo 2: Hegemonía brasileña después de Caseros.

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