Memoria del enemigo 5

Una paz inconveniente

Manuel Dorrego - Ilustración de Lucas Cejas, en El Litoral.

(…) La situación no salía, pues, del período de los ensayos, y lo peor era que en pos de éstos venía la reacción. A las responsabilidades de los hombres que gobernaban, se unía la de concluir la guerra con el Imperio del Brasil de una manera tan digna y tan provechosa como la demandaba el triunfo de las armas argentinas en Ituzaingó; y en armonía con la protesta general de que había sido objeto el tratado firmado en el Janeiro por el ministro García. Adviértase que era Borrego quien con más brío había mantenido esa protesta, combatiendo dos meses antes aquel tratado en El Tribuno. En la Exposición en que contestó los ataques de la prensa, el ministro García afirmó que las únicas instrucciones que le dio Rivadavia fueron estas palabras: La paz es el único punto de partida para todo. Si la guerra sigue la anarquía es inevitable. Si no puede obtenerse la paz será preciso resignarse al vandalaje (…) El Tribuno compadece al señor García, continuaba Dorrego, y mucho más por el silencio que en obsequio de la patria ha tenido que guardar sobre puntos importantes, aunque de sus resultados no haya podido usar en su defensa de todos los recursos que la razón le ofrecía. Esta resignación lo hace acreedor a las consideraciones y benevolencia pública que no ha sido feliz en granjearse por medio de la ignominiosa convención. Lo que principalmente no podía decirse era que la obcecación con que los jefes de provincia le negaban al gobierno nacional unitario los medios para seguir la guerra, habían colocado a Rivadavia en el caso de no poder sacar todas las ventajas posibles del triunfo de Ituzaingó; y que si no podía seguir la guerra con ventajas para el país, tampoco podía hacer la paz con el Imperio sino a costa de concederle esas mismas ventajas.

Esto último no tenían en cuenta o aparentaban no alcanzar ni los partidarios de la Presidencia, ni los federales, pues unos y otros se excedieron con denuestos y en ataques desconsiderados a la Convención que suscribió García y a la persona de este ministro que procedió de acuerdo con sus instrucciones. Véase hasta que punto llegaron las cosas en la siguiente relación que de ellas hizo un testigo ocular y que ha permanecido inédita hasta hoy ((*)): Para honor de don Manuel Dorrego y de don Manuel José García, contaré lo que pasó en esta ocasión, pues que siendo Presidente del Congreso tuve una parte principal y pude penetrar hasta las heces del fondo. El ministro de Relaciones Exteriores me pasó una nota oara qye cutase al Congreso a sesión secreta para darle comunicación de un asunto importante. En ella comenzó el ministro por decir que era con respecto a la negociación que se acababa de tener con el Brasil, para tratar de la paz. En el momento algunos diputados unitarios, de acuerdo con el ministro, figurando indignación para salvar el crédito de Rivadavia, y el de su partido, se opusieron a que se tomase en consideración, porque dijeron saber ya la aprobación del tratado, por haber el negociador ultrapasado sus instrucciones, y que ni leerse debía consultando la dignidad del Congreso. Don Manuel Moreno, amigo de don Manuel José García, que conocía las instrucciones por las que se le confería a García la facultad de ofrecer los dos millones por indemnización, dijo que ¿cómo podría rechazarse un proyecto de tratado sin conocimiento de sus cláusulas?, que se leyese al menos, pues él y otros varios diputados no tenían ni la menor idea de la negociación. No dijo más; los amigos de Rivadavia prorrumpieron en gritos de ¡traición! ¡traición! Y puestos de pie se fueron sobre él. Creí que lo iban a hacer pedazos. Sacudí la campanilla y comencé a dar gritos de orden y de silencio, pero en vano. La sesión acabó en tumulto. Esto no fue todo. Les quedaba el recelo de que García, a pesar de ser íntimo amigo de Rivadavia, manifestase en privado o en público las instrucciones. Me anticipé a decir que García y Rivadavia eran tan amigos, que ni aquél pensó en salvar su honor mostrando las instrucciones, ni Rivadavia tuvo conocimiento del atentado que meditaban sus parciales, y voy a referir. Los unitarios trataron de atacar la casa del García a la noche siguiente y, según dicen, asesinarlo en medio del tumulto. Instruido García del proyecto, en medio del conflicto se le ocurrió llamar a don Manuel Dorrego, su opositor político, que vivía en la casa alta de enfrente. Dorrego le prometió su auxilio, y que nada temiese. Se armó, y con algunos hombres de su confianza se hospedó en la casa, y mandó decir a los del proyecto que podían venir cuando gustasen. Es excusado decir que no se atrevieron.

 

(…) Mientras que Alvear habría sido, en otra época, una personalidad peligrosa para la Nación, porque habría envuelto a ésta en guerras persiguiendo glorias que valen manos que las victorias de la libertad, Dorrego estaba fatalmente destinado a servir de bandera a la guerra civil argentina. Una cualidad era común a estos hombres distinguidos: ambos pensaron con Moreno, el prócer de 1810, que la revolución tenía por objeto la regeneración del país por la República: ambos fueron republicanos invariablemente desde los primeros pasos de su vida pública. Dorrego quebró ruidosamente con la logia de Lautaro cuando se apercibió de que predominaba en ella el elemento monárquico que conducía el gobierno.

Alvear si bien vaciló un instante creyendo que la Gran Bretaña podría fundar y consolidar las instituciones libres en el Río de la Plata, proclamó e hizo proclamar los principios de la República entre el asombro de quienes en la asamblea de 1813 todavía se disponían a rendir vasallaje al rey Fernando, o a cualquiera de los príncipes a quienes se ofrecía la soberanía de las Provincias del río de la Plata.

Dado este perfil político se comprenderá por qué Dorrego se apresuró a aceptar la renuncia de Alvear del comando en jefe del ejército de operaciones contra el Imperio; cometido el doble error de reemplazarlo con el general Lavalleja, a cuya indisciplina se debía el no haberse obtenido en Ituzaingó todas las ventajas que el general en jefe tenía calculadas. Lavalleja carecía, por otra parte, de la capacidad para tal comando, y esto era tan notorio como inexplicable el que se pospusiese a él generales como Las Heras, el salvador del ejército de los Andes en Cancha Rayada; Necochea, el mimado de San Martín; Martínez el general de Puertos Intermedios; Soler, el héroe en la cuesta de Chacabuco; Mansilla, el vencedor en el Ombú.

(…) Pero lo cierto es que ni Lavalle daba un paso serio para conseguir siquiera la liberación de su propio territorio, ni los imperiales manifestaban intenciones de avanzar sobre sus posiciones. Antes, por el contrario, don Pedro Trápani, agente confidencial de Lavalleja, ya había iniciado por cuenta exclusiva de éste preliminares de paz con el lord Pomsomby, ministro inglés en Buenos Aires; y su correspondencia privada explica la razón de la inacción de Lavalleja: Gane usted tiempo, le dice Trápani, que si los portugueses se hallan hoy en la misma disposición que después de Ituzaingó, usted entrará a tambor batiente y sólo tendrá que hacer uso de la política indicada y en la que estamos acordes. He hablado con el lord Pomsomby sobre la pregunta que usted me hace por la conducta de Manuelito… el lord me contestó que supuesto no era el objeto tomar armas contra el Emperador, la cosa podía pasar… con este motivo el lord me suplicó dijera a usted que estaba muy interesado en el buen éxito de nuestra causa, y que si algo cree usted podía hacer en su obsequio que le escribiera, seguro de que haría cuanto pueda por nuestra causa y por los orientalistas como él los llama: lo que yo aseguro a usted e que ya lo tengo orientalizado y que nos ha de servir mucho su influjo en todo caso ((**)).

Dorrego se apercibió de los manejos de Trápani, el conocido agente del extranjero y partidario de la convención celebrada por don Manuel García, como le llamaba, y lo llamó a cuentas. Pero Trápani fugó de Buenos Aires, cuando a los hombres del gobierno no se les pudo ya ocultar que Lavalleja, y, en general, todos los que habían alardeado del sentimiento argentino, trabajaban en realidad por la segregación de la Provincia Oriental.

((*)) El autor reproduce una carta dirigida por José María Roxas y Patrón ¡38 años después! a Juan Manuel de Rosas. Se trata de un manuscrito del 24 de enero de 1865, del que Saldías disponía en su archivo personal.

((**)) Carta original existente en el archivo personal de Saldías.

 

Saldías, Adolfo: Historia de la Confederación Argentina. Tomo II: La Guerra y la Política Constitucional. Buenos Aires, Orientación Cultural Editores SA, 1958.

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