Alvar Núñez Cabeza de Vaca: el Adelantado

El segundo adelantado al Río de la Plata fue, como es sabido Alvar Núñez Cabeza de Vaca, quien intentó reparar daños que ocasionase el abandono de la estratégica ciudad y puerto de Buenos Aires (fundada por el fallido Pedro de Mendoza). También es sabido que no llegó a nuestras tierras, al menos en persona, y que después de trasponer regiones selváticas y cataratas, llegó a la actual Asunción, entonces verdadero paraíso de los conquistadores. Desde allí intentó entrar a descubrir la tierra, pero no tuvo demasiada fortuna.

Pero ¿cómo fue que este navegante inexperto logró del monarca español un favor tan especial como era el adelantazgo…? La respuesta está en sus anteriores éxitos, como capitán de la expedición de Pánfilo de Narváez, cuando recorrió el norte del actual Méjico y sur de lo que ahora es Estados Unidos, uniendo ambos océanos y demostrando capacidades analítica y de mando, así como condiciones poco comunes para el trato con los indígenas.

Tales fueron sus demostraciones de éxito, arrojo y valentía, que su informe de las andanzas norteamericanas resultó un verdadero best seller europeo por aquellos años del siglo XVI.  La imagen que ahora nos llega de Cabeza de Vaca es verdaderamente simpática. Hombre bueno y honesto, religioso, pacifista y amigo de la justicia, su fracaso en tierras guaraníes obedeció a su franca oposición al cobro de gabelas a los indígenas, como así a su censura de los libertinajes. Este gran olvidado de la conquista española fue entonces prendido por sus subalternos, encarcelado y enviado a España para ser juzgado como un vulgar traidor.

 

Transcribimos a continuación un pasaje de NAUFRAGIOS y otro de COMENTARIOS, respectivamente pertenecientes a las expediciones a Norteamérica y al Río de la Plata.

NAUFRAGIOS – CAPÍTULO XII

Cómo los indios nos trujeron de comer

 

Otro día, saliendo el sol, que era la hora que los indios nos habían dicho, vinieron a nosotros, como lo había prometido, y nos trajeron mucho pescado y de unas raíces que ellos comen, y son como nueces, algunas mayores o menores; la mayor parte de ellas se sacan de bajo del agua y con mucho trabajo. A la tarde volvieron y nos trajeron más pescado y de las mismas raíces, y hicieron venir sus mujeres e hijos para que nos viesen, y ansí, se volvieron ricos de cascabeles y cuentas que les dimos, y otros días nos tornaron a visitar con lo mismo que estotras veces. Como nosotros veíamos, que estábamos proveídos de pescado y de raíces y de agua y de las otras cosas que pedimos, acordamos de tornarnos a embarcar y seguir nuestro camino, y desenterramos la barca de la arena en que estaba metida, y fue menester que nos desnudásemos todos y pasásemos gran trabajo para echarla al agua, porque nosotros estibamos tales, que otras cosas muy más livianas bastaban para ponernos en él; y así embarcados, a dos tiros de ballesta dentro del mar, nos dio tal golpe de agua que nos mojó a todos; y como íbamos desnudos y el frío que hacía era muy grande, soltamos los remos de las manos, y a otro golpe que la mar nos dio, trastornó la barca; el veedor y otros dos se asieron de ella para escaparse; mas sucedió muy al revés, que la barca los tomó debajo y se ahogaron. Como la costa es muy brava, el mar de un tumbo echó a todos los otros, envueltos en las olas y medio ahogados, en la costa de la misma isla, sin que faltasen más de los tres que la barca había tomado debajo. Los que quedamos escapados, desnudos como nacimos y perdido todo lo que traíamos, y aunque todo valía poco, para entonces valía mucho. Y como entonces era por noviembre, y el frío muy grande, y nosotros tales que con poca dificultad nos podían contar los huesos, estábamos hechos propia figura de la muerte. De mí sé decir que desde el mes de mayo pasado yo no había comido otra cosa sino maíz tostado, y algunas veces me vi en necesidad de comerlo crudo; porque aunque se mataron los caballos entretanto que las barcas se hacían, yo nunca pude comer de ellos, y no fueron diez veces las que comí pescado. Esto digo por excusar razones, porque pueda cada uno ver qué tales estaríamos.

Y sobre todo lo dicho había sobrevenido viento norte, de suerte que más estábamos cerca de la muerte que de la vida. Plugo a Nuestro Señor que, buscando los tizones del fuego que allí habíamos hecho, hallamos lumbre, con que hicimos grandes fuegos; y ansí, estuvimos pidiendo a Nuestro Señor misericordia y perdón de nuestros pecados, derramando muchas lágrimas, habiendo cada uno lástima no sólo de sí, mas de todos los otros, que en el mismo estado vían.

Y a hora de puesto el sol, los indios, creyendo que no nos habíamos ido, nos volvieron a buscar y traernos de comer; mas cuando ellos nos vieron ansí en tan diferente hábito del primero y en manera tan extraña, espantáronse tanto que se volvieron atrás. Yo salí a ellos y llamélos, y vinieron muy espantados; hícelos entender por señas cómo se nos había hundido una barca y se habían ahogado tres de nosotros, y allí en su presencia ellos mismos vieron dos muertos, y los que quedábamos íbamos aquel camino.

Los indios, de ver el desastre que nos había venido y el desastre en que estábamos, con tanta desventura y miseria, se sentaron entre nosotros, y con el gran dolor y lástima que hobieron de vernos en tanta fortuna, comenzaron todos a llorar recio, y tan de verdad, que lejos de allí se podía oí; y esto les duró más de media hora; y cierto ver que estos hombres tan sin razón y tan crudos, a manera de brutos, se dolían tanto de nosotros, hizo que en mí y en otros de la compañía creciese más la pasión y la consideración de nuestra desdicha.

Sosegado ya este llanto, yo pregunté a los cristianos, y dije que, si a ellos parecía, rogaría a aquellos indios que nos llevasen a sus casas; y algunos de ellos que habían estado en la Nueva España respondieron que no se debía hablar de ello, porque si a sus casas nos llevaban, nos sacrificarían a sus ídolos; mas, visto que otro remedio no había, y que por cualquier otro camino estaba más cerca y más cierta la muerte, no curé de lo que decían, antes rogué a los indios que nos llevasen a sus casas, y ellos mostraron que habían gran placer de ellos, y que esperásemos un poco, que ellos harían lo que queríamos; y luego treinta de ellos se cargaron de leña, y se fueron a sus casas, que estaban lejos de allí, y quedamos con los otros hasta cerca de la noche, que nos tomaron, y llevándonos asidos y con mucha prisa, fuimos a sus casas; y por el gran frío que hacía, y temiendo que en el camino alguno muriese o desmayase, proveyeron que hobiese cuatro o cinco fuegos muy grandes puestos a trechos, y en cada uno de ellos nos escalentaban; y desque vían que habíamos tomado alguna fuerza y calor, nos llevaban hasta el otro tan apriesa, que casi los pies no nos dejaban poner en el suelo; y de esta manera fuimos hasta sus casas, donde hallamos que tenían hecha una casa para nosotros; y muchos fuegos en ella; y desde a una hora que habíamos llegado, comenzaron a bailar y hacer grande fiesta, que duró toda la noche, aunque para nosotros no había placer, fiesta ni sueño, esperando cuándo nos habían de sacrificar; y la mañana nos tornaron a dar pescado y raíces, y hacer tan buen tratamiento, que nos aseguramos algo y perdimos algo el miedo del sacrificio.

 

COMENTARIOS – RELACIÓN DE HERNANDO DE RIBERA

En la ciudad de la Ascensión (que es en el río del Paraguay, de la provincia del Río de la Plata), a 3 días de mes de marzo, año del nacimiento de Nuestro Salvador Jesucristo de 1545 años, en presencia de mí, el escribano público, y testigos de yuso escrito, estando dentro de la iglesia y monasterio de Nuestra Señora de la Merced, de redención de cautivos, paresció presente el capitán Hernando de Ribera, conquistados en esta provincia, y dijo: Que por cuanto el tiempo que el señor Alvar Núñez Cabeza de Vaca, gobernador y adelantado y capitán general de esta provincia del Río de la Plata por Su Majestad, estando en el puerto de los Reyes por donde la entró a descubrir en el año pasado de 1543, le envió y fue por su mandado con un bergantín y cierta gente a descubrir por un río arriba que llaman Igatu, que es un brazo de dos ríos muy grandes, caudalosos, el uno de los cuales se llama Yacarcati y el otro Yaiva, según que por relación de los indios naturales vienen por entre las poblaciones de la tierra adentro; y que habiendo llegado a los pueblos de los indios que se llaman los xarayes, por la relación que de ellos hobo, dejando el bergantín en el puerto a buen recaudo, se entró con cuarenta hombres caminando por muchos pueblos de indios, hobo y tomó de los indios naturales de los dichos pueblos y de otros que de más lejos le vinieron a ver y hablar larga y copiosa relación, la cual él examinó y procuró examinar y particularizar para saber de ellos la verdad, como hombre que sabe la lengua cario, por cuya interpretación y declaración comunicó y platicó con las dichas generaciones y se informó de la dicha tierra; y porque al dicho tiempo él llevó en su compañía a Juan Valderas, escribano de Su Majestad, el cual escribió y asentó algunas cosas del dicho descubrimiento; pero que la verdad de las cosas, riquezas y poblaciones y diversidades de gentes de la dicha tierra no las quiso decir al dicho Juan Valderas para que las asentase por su mano en la dicha relación, ni clara ni abiertamente las supo ni entendió, ni él las ha dicho ni declarado, porque al dicho tiempo fue y era su intención de las comunicar y decir al dicho señor gobernador, para que luego entrase personalmente a conquistar la tierra, porque así convenía al servicio de Dios y de Su Majestad; y que habiendo  entrado por la tierra ciertas jornadas, por carta y mandamiento del señor gobernador se volvió al puerto de los Reyes y a causa de hallarle enfermo a él y a toda la gente no tuvo lugar de le poder informar del descubrimiento, y darle la relación que de los habítales había habido; y dende a pocos días, constreñido por necesidad de la enfermedad, por que la gente no se le muriese se vino a esta ciudad y puerto de la Ascensión, en la cual, estando enfermo, dende a pocos días que fue llegado, los oficiales de Su Majestad le prendieron (como es a todos notorio), por manera que no le pudo manifestar la relación; y porque agora al presente los oficiales de Su Majestad van con el señor gobernador a los reinos de España, y porque podría ser que en el entretanto a él le sucediese algún caso de muerte o ausencia, o ir a otras partes donde no pudiese ser habido, por donde se perdiese la relación y avisos de la entrada y descubrimiento, que Su Majestad sería muy deservido, y al señor gobernador le vernía mucho daño y pérdida, todo lo cual sería a su culpa y cargo; por tanto, y por el descargo de su conciencia, y por cumplir con el servicio de Dios y de Su Majestad, y del señor gobernador en su nombre, ahora ante mí el escribano quiere hacer y hacía relación del dicho su descubrimiento para dar aviso a Su Majestad de él y de la información y relación que hobo de los indios naturales, y que podía y requería a mí el dicho escribano la tomase y recibiese, la cual dicha relación hizo en la forma siguiente:

Dijo y declaró el dicho capitán Hernando de Ribera que a 20 días del mes de diciembre del año pasado de 1543 años partió del puerto de los Reyes en el bergantín nombrado el Golondrino, con cincuenta y dos hombres, por mandado  del señor gobernador, y fue navegando por el río del Igatu, que es brazo de los dichos dos ríos Yacareati y Yaiva; este brazo es muy grande y caudaloso, y a las seis jornadas entró en la madre de estos dos ríos, según relación de los indios naturales por do fue tocando; estos dos ríos señalaron que vienen por la tierra adentro, y este río que se dice Yaiva, debe proceder de las sierras de Santa Marta; es río muy grande y poderoso, mayor que el río Yacareati; del cual, según las señales que los indios dan viene de las sierras del Perú, y entre el un río y el otro hay gran distancia de tierra y pueblos de infinitas gentes, según los naturales dijeron, y vienen a juntarse estos dos ríos Yaiva y Yacareati en tierra de los indios que se dicen perobazaes, y allí se tornan a dividir y a setenta leguas el río abajo se tornan a juntar y habiendo navegado diecisiete jornadas por el dicho río pasó por tierra de los indios perobazaes, y llegó a otra tierra que se llaman los indios xarayes, gentes labradores de grandes mantenimientos y criadores de patos y gallinas y otras aves, pesquerías y cazas; gente de razón, y obedecen a su principal.

Llegando a esta generación de los indios xarayes, estando en un pueblo de ellos de hasta mil casas, adonde su principal se llama Camire, el cual le hizo buen recibimiento, del cual se informó de las poblaciones de la tierra adentro; y por la relación que aquí le dieron, dejando el bergantín con doce hombres de guarda y con una guía que llevó de los dichos xarayes, pasó adelante y caminó tres jornadas hasta llegar a los pueblos y tierra de una generación de indios que se dicen urtueses, la cual es buena gente y labradores, a la manera de los xarayes; y de aquí fue caminando por tierra toda poblada, hasta ponerse en 15 grados menos dos tercios, yendo la vía del Oeste.

Estando en estos pueblos de los urtueses y aburuñes, vinieron allí otros muchos indios principales de otros pueblos más adentro comarcanos a hablar con él y traelle plumas, a manera de las del Perú, y planchas de metal chafalonía, de los cuales se informó, y tuvo plática y aviso de cada uno particularmente de las poblaciones y gentes de adelante; a los dichos indios, en conformidad, sin discrepar, le dijeron que a diez jornadas de allí, a la banda del Oesnorueste, habitaban y tenían muy grandes pueblos unas mujeres que tenían mucho metal blanco y amarillo, y que los asientos y servicios de sus casas eran todos del dicho metal y tenía por su principal una mujer de la misma generación, y que es gente de guerra y temida de la generación de los indios; y que antes de llegar a la generación de las dichas mujeres estaba una generación de éstos que le informaron, pelean las dichas mujeres y les hacen la guerra, y que en cierto tiempo del año se juntan con estos indios comarcanos y tienen con ellos su comunicación carnal; y si las que quedan preñadas paren hijas, tiénenselas consigo, y los hijos los crían hasta que dejan de mamar, y los envían a sus padres; y de aquella parte de los pueblos de las dichas mujeres habían muy grandes poblaciones y gente de indios que confinan con las dichas mujeres, que lo habían dicho sin preguntárselo, a lo que le señalaron, está parte de un lago de agua muy grande, que los indios nombraron la casa del Sol; dicen que allí se encierra el Sol; por manera que entre las espaldas de Santa Marta y el dicho lago habitan las dichas mujeres, a la bande del Oesnorueste; y que delante de las poblaciones que están pasados los pueblos de las mujeres hay otras muy grandes poblaciones de gentes, los cuales son negros, y a lo que señalaron, tienen barbas como aguileñas, a manera de moros. Fueron preguntados cómo sabían que eran negros. Dijeron que porque los habían visto sus padres y se lo decían otras generaciones comarcanas a la dicha tierra, y que eran gente que andaban vestidos, y las casas y pueblos los tienen de piedra y tierra; y son muy grandes, y que es gente que poseen mucho metal blanco y amarillo, en tanto cantidad, que no se sirven con otras cosas en sus casas de vasijas y ollas y tinajas muy grandes y todo lo demás; y preguntó a los dichos indios a qué parte demoraban los pueblos y habitación de la dicha gente negra, y señalaron que demoraban al Norueste, y que si querían ir allá en quince jornadas llegarían a las poblaciones vecinas y comarcanas a los pueblos de los dichos negros; y a lo que le paresce, según y la parte donde señaló, los dichos pueblos están en 12 grados a la banda del Norueste, entre las sierras de Santa Marta y del Marañón, y que es gente guerrera y pelean con arcos y flechas; asimismo señalaron los dichos indios que del Oesnorueste hasta el Norueste, cuarta al Norte, hay otras muchas poblaciones y muy grandes de indios; hay pueblos tan grandes, que en un día no pueden atravesar de un cabo a otro, y que toda es gente que posee mucho metal blanco y amarillo, y con ello se sirven en sus casas, y que toda es gente vestida; y para ir allí podían ir muy presto, y todo por tierra muy poblada.

Y que asimismo por la banda del Oeste había un lago de agua muy grande, y que no se parescía tierra de la una banda a la otra; y a la ribera del dicho lago había muy grandes poblaciones, que tenían las casas de tierra y que era buena gente, vestida y muy rica, y que tenían mucho metal y criaban mucho ganado de ovejas muy grandes, con las cuales se sirven en sus rozas y labranzas, y las cargas, y les preguntó si las dichas poblaciones de los dichos indios si estaban muy lejos; y que le respondieron que hasta ir ellos era toda tierra poblada de muchas gentes, y que en poco tiempo podía llegar a ellas, y entre las dichas poblaciones hay otra gente de cristianos, y había grandes desiertos de arenales y no había agua.

Fueron preguntados cómo sabían que había cristianos de aquella banda de las dichas poblaciones, y dijeron que en los tiempos pasados los indios comarcanos de las dichas poblaciones habían oído decir a los naturales de los dichos pueblos que, yendo los de su generación por los dichos desiertos, habían visto venir mucha gente vestida, blanca, con barbas, y traían unos animales (según señalaron era caballos), diciendo que venían en ellos caballeros, y que a causa de no haber agua los habían visto volver, y que se habían muerto muchos de ellos; y que los indios de las dichas poblaciones creían que venía la dicha gente de aquella banda de los desiertos;  y que asimismo le señalaron que a la banda del Oeste, cuarta al Sudeste, había muy grandes montañas y despoblado, y que los indios lo habían probado a pasar, por la noticia que de ello tenían que había gente de aquella banda, y que no habían podido pasar, porque se morían de hambre y sed. Fueron preguntados cómo sabían los susodichos. Dijeron que entre todos los indios de toda esta tierra se comunicaban y sabían que era muy cierto, porque habían visto y comunicado con ellos, y que habían visto los dichos cristianos y cabalos que venían por los dichos desiertos, y que a la caída de las dichas tierras, a la parte del Sudeste, había muy grandes poblaciones y gente rica de mucho metal, y que los indios que decían lo susodicho decían que tenían asimesmo noticia que en la otra banda en el agua salada, andaban navíos muy grandes. Fue preguntado si en las dichas poblaciones hay entre las gente de ellos principales hombres que los mandan. Dijeron que cada generación y población tiene solamente uno de las mesma generación, a quien todos obedecen; declaró que para saber la verdad de los dichos indios y saber si discrepaban en su declaración en todo un día y una noche a cada uno por sí les preguntó por diversas vías la dicha declaración; en la cual, tornándola a decir  y declarar sin variar ni discrepar, se conformaron.

La cual relación de suso contenida el capitán Hernando de Ribera dijo y declaró haberle tomado y rescebido con toda claridad y fidelidad y lealtad, y sin engaño, fraude ni cautela; y porque a la dicha su relación se pueda dar y de toda fe y crédito,  y no se pueda poner ni ponga ninguna duda en ello ni en parte de ello, dijo que juraba, y juró por Dios y por Santa María y por las palabras de los santos cuatro Evangelios, donde corporalmente puso su mano derecha en libro misal, que al presente en sus manos tenía el reverendo padre Francisco González de Paniagua, abierto por parte do estaban escritos los santos Evangelios, y por la señal de la cruz, a tal como esta +, donde asimismo puso su mano derecha, que la relación, según de la forma y manera que la tiene dicha y declarada y de suso se contiene, le fue dada dicha y denunciada y declarada por los dichos indios principales de la dicha tierra y de otros hombres ancianos, a los cuales con toda diligencia examinó e interrogó, para saber de ellos verdad y claridad de las cosas de la tierra adentro; y que habida la dicha relación, asimismo le vinieron a ver otros indios de otros pueblos, principalmente de un pueblo muy grande que se dice Uretabere, y de una jornada de él se volvió; que de todos los dichos indios asimismo tomó aviso, y que todos se conformaron con la dicha relación clara y abiertamente; y so cargo del dicho juramento, declaró que en ello ni en parte de ello no hobo ni hay cosa ninguna acrecentada ni fingida, salvo solamente la verdad de todo lo que le fue dicho e informado sin fraude ni cautela. Otrosí dijo y declaró que le informaron los dichos indios ue el río de Yacareati tiene un salto que hace unas grandes sierras, y que lo que dicho tiene es la verdad; y que si ansí es, Dios le ayude, y si es al contrario, Dios se lo demande mal y caramente en este mundo al cuerpo, y en el otro al ánima, donde más ha de durar. A la confisión del dicho juramento dijo: ¨Si juro, amén¨, y pidió y requirió a mí el dicho escribano se lo diese así por fe y testimonio al dicho señor gobernador, para en guarda de su derecho, siendo presentes por testigos el dicho reverendo padre Paniaga, Sebastián de Valdivieso, camarero del dicho señor gobernador, y Gaspar de Hortigosa, y Juan de Hoces, vecinos de la ciudad de Córdoba, los cuales todos lo firmaron así de sus nombres. Francisco González Paniagua.- Sebastián de Valdivieso.- Juan de Hoces.- Hernando de Ribera.- Gaspar de Hortigosa.- Pasé ante mí, Pero Hernández, escribano.

 

Núñez Cabeza de Vaca, Alvar: Naufragios y comentarios. Estudio inicial y notas de Roberto Ferrando. Editorial Dastin – Historia –  Colección Crónicas de América -, Madrid, 2003.

La ilustración fílmica es de Warner Herzog: Aguirre, la ira de Dios, fragmento que nos ha parecido muy afín a las transcripciones literarias.

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