Memoria del enemigo 6

Mediación británica y convención de paz

Lord Ponsomby, Barón de Imokilly, enviado extraordinario y ministro plenipotenciario de Gran Bretaña

El gobierno inglés no consentirá jamás que sólo dos Estados -Brasil y la Argentina- sean dueños exclusivos de la América del Sur desde más allá del Ecuador al Cabo de Hornos. Lord Ponsomby al ministro Roxas, 1828. La Banda Oriental contiene la llave del Plata y de Sud América (…) debemos perpetuar una división geográfica de Estados que beneficiaría a Inglaterra. Lord Ponsomby a Lord Dudley, 1828. Palabras como éstas sintetizan la postura de Inglaterra sobre el tema y nutren la tesis del Estado Tapón.

 

(…) Verdad es que dado el giro que habían tomado los sucesos y el modo cómo se habían esterilizado las victorias del ejército argentino, la paz era una cuestión impuesta por la situación respectiva de los beligerantes. Con el propósito de obtener ventajas sensibles, Dorrego puso en ejecución un proyecto atrevidísimo que, a realizarse, habría operado una verdadera transformación en la parte Sur de América. Firmó con don Fernando Bauer, apoderado acreditado de los militares alemanes que a las órdenes del coronel don Martín Hin servían al Emperador del Brasil, un arreglo por el cual éstos se comprometían a abrazar la causa de la República Argentina, como fuerzas auxiliares de la misma. Tendrían su jefe, con quien se entendería el gobierno argentino como director de la guerra y serían pagados en la misma forma que los militares argentinos. Las fuerzas alemanas a las que se unirían cien soldados argentinos ocuparían la Provincia brasilera de Santa Catalina, promoviendo la independencia de la misma bajo la forma republicana, etcétera. Al mismo tiempo que guarnecía a Río Janeiro y la pondría en comunicación con el comandante Fournier, jefe del ((buque)) corsario argentino Corsario, de modo que el Emperador don Pedro I, que acostumbraba a pasearse solo por cerca del jardín botánico, fuese secuestrado por esa fuerza, llevado al corsario y trasladado a Buenos Aires. Todo estuvo preparado para el secuestro, pero éste se frustró por diferencias de algunos minutos. No sucedió lo mismo con el resto de la división alemana que servían en el ejército imperial, la cual se pasó al general Lavalleja con su jefe a la cabeza, el general Hin. Dos conspiraciones había en la corte del Brasil, dice el señor José M Roxas y Patrón, ministro de Dorrego en esta fecha: una contra el Imperio, otra con la persona del Emperador. Estaba a nuestra disposición concluir con aquél y recibir a éste en un corsario y traerlo a Buenos Aires. Lord Ponsomby había traslucido algo y escribió una carta fuerte sobre el particular al señor Dorrego. Pero habiéndome hecho algunas indicaciones en una conversación que tuve la noche misma del convite de despedida, le respondí a poco más o menos que la mina estaba cargada, y que siendo el deber y la necesidad del gobierno salvar la República, la responsabilidad de una catástrofe quedaba a quien pudiere evitarla; que, por lo demás, el gobierno deseaba con ansia la paz… Fue entonces cuando el lord Ponsomby, ministro inglés en Buenos Aires, se decidió a llevar adelante la negociación de paz con el Imperio en la que amistosamente había mediado con el gobierno de Dorrego.

La realización del proyecto de Dorrego habría cambiado la faz de los sucesos, y era lo único quizá que hubiera vigorizado la situación de Buenos Aires. Porque el gobierno del coronel Dorrego vacilaba entre la anarquía de las influencias que le habían dado el ser y la resistencia de los unitarios a quienes sus amigos habían desalojado. Sentía sobre sí el peso de las responsabilidades que los gobernadores de provincia le habían deferido de buen grado para eludirlas por su parte, en presencia de una nación sin poderes nacionales, después de haber derrotado los que existían; sin constitución, después de haber rechazado la que sancionó el Congreso; sin créditos, después de haber prodigado los recursos a los caudillos que eran insaciables para demandarlos; sin ejército, después de haber puesto a los veteranos de la Independencia bajo el mando de un general sin reputación militar.

(…) Los plenipotenciarios que envió Dorrego al Janeiro ajustaron con los del Imperio y bajo mediación de la Gran Bretaña, la Convención de paz del 27 de agosto de 1828. Por el artículo 1 de esta Convención, el emperador don Pedro I declaraba a la Provincia Oriental, separada del territorio del Imperio, para que se constituya en Estado libre e independiente, y ambas partes contratantes se obligaban a desalojar de ese territorio las fuerzas que mantenían y a formar la constitución política del nuevo Estado bajo la forma republicana. La declaración del Emperador, renunciando para siempre a la posesión y dominio del territorio que desde hacía tres siglos el Portugal y el Brasil perseguían, si no un triunfo, cuando menos una compensación política para el gobierno de las Provincias Unidas. Lo que no había podido obtener Rivadavia lo obtenía Dorrego contra todas las previsiones. Desde es punto de vista, la Convención fue considerada como un triunfo diplomático.   Cuando Dorrego dio cuenta a la Legislatura de haberse canjeado la Convención en la plaza de Montevideo, manifestando que para llegar a tal situación feliz la provincia de Buenos Aires había hecho sacrificios inmensos, el presidente de este cuerpo, doctor Arana, calificó ese hecho como el más glorioso resultado del gobierno de ese ciudadano en medio de las oscilaciones de la República. Y es un hecho que tal resultado diplomático afirmó los prestigios nacionales de Dorrego, dejando a las Provincias la impresión de que estaban reprsentadas por un estadista de cualidades poco comunes, que podría realizar la organización constitucional del país…

(…) Frente a esta opinión actuaba una fuerza poderosa con prestigios conquistados en el gobierno, y a través del tiempo el partido directorial unitario que desahogaba por su prensa sus despechos contra el gobierno, tratando de demostrar que la Convención de paz firmada por Dorrego era mutatis mutandi, igual a la que firmó el mismo García, y la cual había explotado Dorrego para sublevar la opinión contra la Presidencia y el Congreso, pues por una y por otra las Provincias Unidas perdían la Provincia Oriental, no obstante haber abatido la vanidad imperial en Yerbal, Ombú, Ituzaingó y Camacuá. Amigos del gobierno, alejados de la política, e impresionados por esa propaganda bien dirigida, contemplaron con cierta reserva ese resultado que jamás esperaron como consecuencia  de la paz. Don Julián Segundo de Agüero, el ex ministro de Rivadavia y adversario irreconciliable de Dorrego, dijo a este respecto en tono sentencioso, según su costumbre: Nuestro hombre está perdido: él mismo se ha labrado su ruina. Si pues la Convención de paz firmada por Dorrego no era un triunfo diplomático y político, constituía la realización más o menos satisfecha de los orientales de nota que, o habían preferido la anexión de esa Provincia al Portugal o al Brasil, como Obes, Herrera, García Zúñiga, Gadea, Durán, Rodó, Larrañaga, Trápani, etc, etc, o habían hecho especulativas declaraciones de reincorporación de la misma a las Provincias Argentinas con el preconcebido propósito de librarse del Brasil y llegar al resultado de la Convención del año 1828, como Lavalleja, Oribe, Rivera, Larrobla, Chucarro, Magariños, Blanco, etc., etc.

Saldías, Adolfo: Historia de la Confederación Argentina. Tomo II: La Guerra y la Política Constitucional. Buenos Aires, Orientación Cultural Editores SA, 1958.

 

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