El velorio del angelito

 

arturogordonvargas

A principios de siglo en la ciudad de Reconquista (Santa Fe)

 

 

 … Con tan fausto motivo fuimos invitados al velorio del angelito. El rancho bien barrido y regado a mano tenía un aspecto alegre. Sobre una mesa colocada en uno de los frentes, llena de paños de crochet, yuyos y flores, se hallaba vestida de blanco la criatura, cubierta con una gorrita con moños de cintas argentinas, y sus manitas yertas, con los dedos entrecruzados tenían un ramo de azahar. Los ojos vidriosos y abiertos miraban el techo; su boquita cerrada sin expresión y sus mejillas sin color, alumbradas por la luz amarillenta de las velas que rodeaban el cadáver, le daban un aire tranquilo de muñeca; sólo los piececitos desnudos con los dedos crispados en el último estertor agónico revelaban la muerte.

 Todos los candeleros de la vecindad fueron puestos a contribución, y cuando faltaron éstos sirvieron las botellas, que lloraban largas lágrimas de sebo al ser relegadas al triste papel de tener la vela. En la cabecera, un Cristo de madera con un brazo roto y atado con hilos, y sobre éste, clavado a la pared, un cuadro con grandes flores de lata mostraba tras el vidrio la Virgen del Carmen repartiendo escapularios a los pobres que se achicharraban en un infierno, pintado con llamas de un rojo subido.

 En un rincón, sobre otra mesita, dos bandejas contenían galletitas, varios vasos, una botella de vermouth y un frasco de ginebra; sobre un platito, unos cuantos mazos de cigarros. A lo largo del rancho, sillas de todas formas y tamaños; muchas de las vecinas estaban ocupadas por las muchachas y viejas que desde temprano habían llegado para ayudar a la dueña de casa, que sumida en un profundo dolor y envuelta en un gran rebozo negro platicaba tranquilamente con algunas amigas, acordándose de llorar de vez en cuando, lo que felizmente duraba poco, como los relámpagos en noche serena.

 Las muchachas habían revuelto sus baúles en esta ocasión; la plancha y el almidón no descansaron ese día, para volver los vestidos de percal duros y sonadores. Las batas cortas, sin ballenas ni corsé, dibujaban talles cuadrados y caderas anchas, y sus peinados sin flequillos, en dos ondas sobre la frente con un rosquete de trenzas atrás, estaban adornados con cintas en el medio, azules o verdes.

 Los turcos, que también por allí habían pasado, las habían provisto de anillos de goma, azules o colorados, aros de metal con muchas piedras, cruces de tierra santa, compradas en Buenos Aires, y pañuelos en cuyos ángulos tenían estampados entre dos palomas besándose, o dos corazones unidos por un feroz flechazo, las palabras: amor eterno, luz de mi vida, recuerdo de amistad, no me olvides, tormento de mi alma, etc, encerrando cada uno la historia de un idilio, en que más de un amante apasionado los hizo fieles mensajeros de sus congojas, para recibir en cambio algún otro, con su nombre bordado en pelo y dado en un descuido de la vieja, y que después ostentaba en el bolsillo de su saco con toda la inscripción artísticamente salida para afuera, henchidos de amor propio, llenos de felicidad y dispuestos siempre, en la primera oportunidad, a jugarle una mala partida a la vieja, que llegaba hasta el extremo de largarles en pleno baile un no me lo convierse mucho, don.

 Mientras las muchachas sentadas rezaban el rosario, mostrando disimuladamente por entre las enaguas sus botines a la Crimea reservados para estos actos, los mozos menos prácticos en materia religiosa rondaban en el patio, mirándolas por las puertas, esperando llenos de impaciencia, que acabaran de una vez y pialando los más vivos los mates destinados a las viejas.

 El patio estaba lleno; chambergos aludos de copa puntiaguda, mantas llenas de flecos, con el escudo o la cabeza de un caballo en una de las esquinas, bombachas negras, pantalones ajustados, botas con caña de charol que hacían ver estrellas a sus dueñas, que las soportaban con heroísmo estoico, botines elásticos y grandes pañuelos de seda atados al cuello, de colores vivos, era lo que se distinguía en la semioscuridad, moviéndose confusamente, mientras la luna luchaba con algunas nubes impertinentes que se empeñaban en cubrirla.

 En uno de esos momentos de oscuridad, los fuegos de los cigarros parecían innumerables luciérnagas que atravesaban esa masa de gente.

 En la cocina, una inmensa fogata sostenía cuatro pavas de agua hirviendo, rodeadas por seis u ocho viejas, con su inseparable cachimbo, que cebaban los innumerables mates que un regimiento de muchachos de ambos sexos llevaban y traían.

 Después de un rato concluyó el rosario, y los primeros acordes de la orquesta de acordeón y guitarra se hicieron oír. Empezaba el baile en honor del angelito; las polcas que habían oído en Corrientes volvían a repetirse; pronto la sala se llenó de una nube de polvo de ladrillo levantada por los bailarines, que apiñados se estrujaban, esforzándose por llevar bien el compás. Era inútil e imposible que las viejas gritasen que se viera luz entre el bailarín y la compañera.

 La polca seguía interminable, los rostros se animaban, el rojo vivo coloreaba sus caras que parecían estallar, los ojos más brillantes que de costumbre miraban de un modo extraño, las bocas jadeantes, entreabiertas, daban paso a una respiración entrecortada; empujón aquí, empujón allí, nada hacía pedir una tregua, las frentes bañadas de sudor estaban llenas de pelo pegado, los sombreros se habían echado hacia atrás, y la polca seguía. Un olor imposible de hacinamiento humano, sudor, agua florida y aceite de la Sociedad que empezaba a chorrear por las caras de los bailarines, todo mezclado, llenaba aquel recinto.

 Y la polca seguía.

Parado en la puerta no cesaba de mirar el baile sin atreverse a entrar, cuando vi salir de pronto a un bailarín que lanzaba juramentos en guaraní, sin esperar más, sentóse en el suelo y se sacó las botas, dando suspiros de satisfacción.  ¡Al infeliz lo habían pisado! Era necesario verlo con qué fruición se agarraba los pies, renegando del velorio, de las botas y de los zapateros que nunca hacían nada bueno. Allí hamacándose pasó un buen rato, donde lo dejé cada a cara con su dolor.

 La polca había concluido, volvía a empezar el rezo cuando nos fuimos a dormir.

 Al otro día seguía el baile …¨.

 

Ambrosetti, Juan Bautista. Viaje de un maturrango y otros relatos folklóricos. Selección, prólogo y notas de Augusto Raúl Cortázar. Buenos Aires, Taurus –Nueva Dimensión Argentina, dirigida por Gregorio Weinberg-, 2005.

 

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