De mis lecturas:

Finisterre, de María Rosa Lojo

 

 

En el capítulo VI, Rosalind Kildare, cautiva de los ranqueles, despierta en una tienda de la toldería.

Después de aquella noche muchas noches pasaron, pero yo no supe de ellas. Mi primer recuerdo de la vuelta a la vida es un olor. Tenía los ojos cerrados y me negaba a abrirlos. Sin embargo el olor del cuero crudo, fuerte como una luz, me quemaba por dentro de los párpados, despertaba las entrañas que había creído muertas, llamaba y unía en un solo conjuro las partes rotas de mi cuerpo, como deben unirse los huesos de los muertos en el día de su resurrección. El cuero y un aroma espeso de hierbas se trababan entre sí como una red, y esa red me levantaba desde el fondo de una profundidad en la que estaba sumergida durante días sin huellas.

Abrí los ojos. El mundo era un techo de cuero, una bolsa, una cavidad, una extraña cuna de maderas cruzadas donde yo latía, mecida entre mantas, a salvo de la intemperie. En ese mundo, en el arca que me había rescatado de la catástrofe, había también un repertorio de seres y de cosas: ramilletes o haces de plumas, grises o azuladas, ropas de lana, y sobre todo sacos pequeños de donde salía ese olor vegetal que impregnaba los cueros. Colgaban de las vigas del techo y de las estacas de esa especie de cama, se adosaban a las paredes, siguiendo seguramente, un orden que yo no era capaz de comprender.

Cuando intenté moverme me persiguió el recuerdo lejano de un dolor. Me palpé el vientre y bajo la camisa de lana que reemplazaba mis ropas antiguas, de la otra vida (¿la vida verdadera?), encontré una cicatriz. Los bordes de carne, gruesos como labios, me hablaban de un tiempo irremediablemente sajado y dividido. En el toldo que me rodeaba también había fisuras, hendijas por donde se filtraba el día, por donde corría el viento del llano con un rumor oscuro. Tenía que levantarme, pensé. Salir como fuese, en busca de los que me había acompañado hasta el lugar más extranjero. Llegué, vacilante, hasta la abertura central de aquella casa hecha de pieles, casi viva, pero la claridad exterior (o mi propia debilidad) me cegó y me derribó. Jadeaba como si hubiera corrido, boca abajo, la cara contra el piso de tierra, hasta que dos manos me levantaron, me acostaron de nuevo entre las mantas, y una voz comenzó a hablar.

La voz era ronca, grata, tranquila. Era una voz de hombre, pero con cadencia suave y monótona, como si estuviera calmando a un niño o a un animal pequeño.  El dueño de la voz era  un hombre regularmente joven, alto, muy moreno, de pelo largo y suelto. Debía de ser un indio por las sartas de cascabeles que le rodeaban las muñecas, y la cabellera sujeta  sobre una frente con una vincha de lana. En lo demás, vestía como tantos gauchos que habíamos visto a lo largo del camino. También llevaba poncho, y botas de potro, y un paño doblado y plegado sujeto con una faja, que hacía las veces de pantalón, al que llaman en las pampas ¨chiripá¨. Me miró un buen rato, sin prisa, mientras me limpiaba con un trapo y agua fresca la cara tiznada.

Volvió a hablarme, pero sacudí la cabeza.

–    No le entiendo, dije.

El hombre sonrió. Me dijo lenta, pero correctamente, en un castellaño claro y algo trabajoso.

–    Te veo bien, hermana. Ya dejaron de reclamarte los muertos.
–    ¿Me reclamaban?
–    Claro. Siempre reclaman a los que deben abandonar el camino. Pero no es tu hora, y has tenido que volver. Además, hice bien mi trabajo.
–    ¿Qué trabajo?
–    Soy el machi. El médico, como dicen ustedes, los huincas.
–    ¿Los huincas?
–    Los de afuera. Los que no son de aquí.
–    ¿Y los demás? ¿Cómo están los otros?
–    Tu marido murió. El hombre viejo también. Al gringo lo tiene Baigorria. No quiso que lo mataran, aunque dio más trabajo que el diablo, porque quiere pedir rescate por él. También  se quedó con la mujer bonita. Pero a ésa la quiere para esposa.

Lo miré adentro de los ojos, que eran clarividentes pero nada decían de sí mismos. ¿Sería yo su botín de guerra? ¿Me querría por los mismos motivos? ¿Era Baigorria el hombre blanco que llegué a ver antes de que mataran a Tomás? Me tragué el miedo y las lágrimas, y le pregunté lo peor, sólo para escucharlo de la boca de otra persona, aunque descontaba la respuesta.

–    ¿Y mi niño? ¿El niño que llevaba dentro?

El hombre no contestó nada. Descolgó uno de los sacos de la pared del toldo, colocó algo del contenido en un cuento de madero y lo mezcló con agua caliente.

–    Toma.
–    ¿Qué es eso?
–    Ulpu. Harina tostada. Te hará fuerte. Luego te daré sangre de oveja.

Bebí la harina disuelta casi de un sorbo, mientras él me sostenía la nuca. Tenía un condimento de hierbas aromáticas, y el sabor me recordó a las sopas de cereales que me servían, de niña, en los inviernos del campo.

–    No me has contestado, insistí.
–    ¿No lo sabes ya hermana? ¿No eres machi también? No tendrás ese niño, ni otros tampoco.

El hombre retiró el cuenco y me acomodó otra vez sobre la almohada de pellón de oveja.

–    ¿Qué van a hacer conmigo?
–    ¿Cómo te llamas?, preguntó, como si no me hubiese oído.
–    Rosalind.
–    Eso no significa nada, no sirve. Voy a darte un nombre adecuado. ¨Pregunta Siempre¨ estará bien.
–    No quiero llamarme así. Nadie me llama así en mi tierra.
–    No estás en tu tierra.
–    No voy a quedarme aquí eternamente-. La ira comenzaba a devolverme el calor y los colores de la vida, -¿Qué te has creído? ¿Por qué no me contestas? ¿Cómo te llamas tú?
–    ¿No te das cuenta que ¨Pregunta Siempre¨ es lo más justo para tu carácter? No has hecho otra cosa que preguntar desde que abriste los ojos. Pero tal vez sería mejor aún que te llamáramos: ¨Pregunta Furiosa¨.

Se estaba riendo de mí con los ojos astutos, y además era un buen médico. Sus modos tan pausados como irritantes me habían quitado parte de la pena que me ahogaba y me habían forzado a revivir.

–    Está bien. Acepto el primero de tus nombres, y ahora preguntaré tranquila. ¿No vas a decirme cómo te llamas? ¿Y por qué creíste que soy médica?
–    Me llamo ¨Mira más lejos¨. Y de nada vale que quiera ocultarme que eres machi. Tengo tus cosas, ya lo sé.

Apartó una cortina interna y desapareció en otro sector del toldo. Trajo el maletín con los instrumentos de Tomás, y el baúl donde él guardaba sus libros de Medicina, y toda su farmacopea.

–    Tus cuchillos son buenos. Los dibujos de los papeles están bien hechos, y en cuanto a tus hierbas y pastas y líquidos ya veremos si sirven –señaló entonces los frasquitos etiquetados del baúl, los polvillos y las píldoras.

Estuve por decirle que no era yo la médica, sino Tomás, pero callé. Entre ellos debían de ser mujeres –lo confirmé después- quienes comúnmente practicaban el arte de curar. Si lo dejaba creer que era yo quien dominaba ese arte crecería en poder y en valor ante sus ojos. Y aunque en el mundo de donde yo venía no era propio de nuestro sexo el ejercerlo, ser la hija de un médico y la esposa de otro, me había familiarizado con muchos conocimientos.

–    Está bien – concedí-. Machi soy. ¿Y qué hay con eso?
–    Tu futuro, que puede resplandecer como el sol, si eres complaciente conmigo.

Callé otra vez. ¿Qué clase de complacencia me pedía? ¿Someterme a su lujuria, como habían de someterse a los caprichos de sus captores, según contaban, las cautivas blancas tomadas en las invasiones? Ni la cara ni los gestos de ¨Mira más Lejos¨ revelaban, no obstante, deseo procaz alguno, apenas una atenta curiosidad.

–    ¿Qué quieres decir con eso?
–    Eres joven ¨Pregunta Siempre¨ y te buscarán los jefes cuando sepan que te has curado, porque tiene la piel blanca y un pelo rojo que acaso es hechura del Demonio, o acaso del Gran Hombre, Padre de la gente, pero es distinto del pelo de sus mujeres, y ni siquiera les importarán las manchas pequeñas de tu cara, porque tienes cadera delicadas y pechos hermosos, aunque no vayas a amamantar a ningún hijo de ellos. Porque nunca llegarás a ser realmente una esposa, porque la desgracia te ha dejado estéril. Cuando comprueben que no puedes concebir, tu dueño se cansará de ti, y terminarás como sirvienta de la mujer principal de un longo, o de una viuda rica, si te acompaña la suerte, después de que las otras esposas y cautivas te hayan maltratado a su gusto, porque ningún hijo de tu vientre podrá defenderte ni justificarte ante su señor.

Calló unos instantes, midiendo en mi cara los golpes de sus palabras.

–    Pero yo puedo evitarte ese destino.
–    ¿Cómo? ¿Acostándome contigo?
–    No quiero que te acuestes conmigo. Puedes guardar para quien lo desees, tus caderas y tus pechos.
–    ¿Y qué quieres, entonces?
–    No creas que soy un ignorante. Te he salvado la vida. No encontrarás tan fácilmente medicina como la mía.
–    No creo que seas ignorante. Y te agradezco. Aunque me hayas devuelto a una vida que ahora es amarga para mí.
–    No lo será siempre si trabajas conmigo. Me puedes contar tus libros y tus frascos, y te haré conocer otros secretos. Puedes ser mi ayudante de machi, y no servirás a ningún otro. Te guardaré para mí, y serás mi premio, ya que me deben recompensas.

Eso era, respiré.

–    Aprenderé contigo, sin duda, y no mostraré a persona alguna lo que he traído. Me enseñarás los males y los remedios de esta tierra y yo a ti los de la mía. Curaré para ti. ¿Estás conforme?
–    Voy a sacrificar una oveja y vas a tomar la sangre caliente. Es necesario que empieces a caminar.

¨Mira más Lejos” salió del toldo. Yo escondí la cara entre el pellón de oveja y me permití llorar, por una vez, antes de que él volviese. Todos los cauces tendrían que cerrarse y que secarse como se me habían cerrado y secado las entrañas, como se había cerrado y secado mi herida, como se secaba y desaparecía la sangre de lso vivos y de los muertos en el espejo imperturbable de aquella tierra, que no se afanaba por retener ningún reflejo, que renacía siempre igual a sí misma, continua y sin memoria.

Lojo, María Rosa: Finisterre.  Buenos Aires, Sudamericana –Ediciones debolsillo- 2006. Fragmento del Capítulo VI.

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