Cuando el mundo se olvidó de HOMERO

Homero postergado

 ingreshomero

En el canto cuarto del Infierno, Dante se encuenta con Homero. En realidad no se trata todavía del infierno, sino de una especie de vestíbulo infernal, el limbo, donde no se sufre ni se goza. El florentino no se resuelve a eternizar en un lugar de castigo a sus ilustres colegas Homero, Horacio, Ovidio, Lucano. Los ve acercarse con semblante “ni triste ni alegre”. Virgilio también lo acompaña, y él, Dante, se considera el sexto en la compañía.

No disimula el orgullo que le retoza en el cuerpo al contarse entre ellos. Dante los admira a todos. Los ha leído a todos. Es decir, a todos menos a Homero. Sabe que Homero cantó las batallas junto a Troya y también los viajes de Ulises. Pero lo sabe de una manera un poco nebulosa, a través de referencias indirectas.

La Edad Media había perdido el contacto con Homero. Conocía su nombre por las alabanzas de los poetas latinos, pero sus libros habían quedado olvidados. En todo el occidente europeo no se leía a Homero ni siquiera en traducciones latinas. Dante no sabía griego, y creía que era imposible traducir un gran poema de su idioma a otro. Pensaba, como muchos, que traduttore, traditore. Pero no lo decía así, sino de una manera mucho más pomposa: “Sepan todos que ninguna cosa armonizada por musaico enlace se puede traducir de su habla a otra sin romper toda su dulzura y armonía. Y ésta es la razón por la cual Homero no se tradujo del griego al latín como los demás escritos que de ellos tenemos…” (Convivio I,7).

Con todo, algunas migajas de Homero han llegado a manos de Dante, como aquel piropo de los viejos de Troya a Helena, que él aplica en la Vita Nova, a la belleza de Beatriz: “Certo di lei si potea dire quella parola del poeta Omero: Ella non parea figliuola d´uom mortale, ma di Dio”. Es cierto que los compañeros de Príamo habían dicho algo levemente distinto: “no es de extrañar que troyanos y aqueos sufran durante tantos años por semejante mujer, porque se parece terriblemente a las diosas inmortales”.

Pero Dante conocía a Homero apenas indirectamente. De la Odisea había leído los dos primeros versos, traducidos al latín en el Arte poética, de Horacio, aquellos que hablan del varón curioso que conoció las ciudades y las costumbres de muchos hombres. También sabía de Ulises lo poco que cuenta Virgilio en la Eneida. Pero de sus viajes y del resto de sus andanzas sin duda no había podido enterarse bien. Por eso cuando se encuentra con Ulises en el círculo octavo del Infierno, el de los fraudulentos, y el héroe debe relatarle su vida, como Dante no la ha leído, le inventa una vida que no se ajusta a los modelos clásicos: Ulises traspasa las columnas de Hércules, deja atrás a España y navega durante cinco meses por mares nunca navegados, divisa a lo lejos una montaña, oscura por la distancia… Está a punto de descubrir América en profecía, aunque en la imaginación de Dante esa montaña no debe ser otra que la del Purgatorio, al cual, por supuesto, no se puede llegar en barco. Se levanta un vendaval y el mar se cierra sobre los audaces exploradores.

El desconocimiento de la Odisea lo hace imaginar a Dante esa historia maravillosa. Dante era uno de los hombres más sabios de su época, pero su época se había olvidado de Homero. El legendario autor de la Ilíada y la Odisea, después de reinar como príncipe de los poetas durante muchos siglos en todo el mundo grecorromano, sufría en la Edad Media un eclipse de su fama.

En el siglo IV después de Cristo, cuando las obras de Homero tenían más de diez siglos de antigüedad, esa fama se mantenía en todo su esplendor. Pero ya podían adivinarse signos de su próxima declinación. San Agustín, que lo leía en África, nos cuenta el deleite que le producían las ficciones homéricas. Pero el cristianismo naciente empezaba a mirar esas ficciones con malos ojos. En sus Confesiones, San Agustín se arrepiente de “la adhesión que tenía a aquellas vanidades de fábulas” y agradece a Dios que le haya “perdonado los pecados de deleitarme en ellas”.

Se comprende así que la Edad Media dejara a Homero postergado y lo sustituyera con compendios e imitaciones.

El conocimiento de las historias homéricas quedó reducido para los medievales a cuatro fuentes:

Primera,  un resumen de la Ilíada en versos latinos atribuidos a un supuesto Píndaro Tebano; su extensión no alcanzaba a 1.100 versos. (Si se tiene en cuenta que los dos poemas homéricos constan en su original de un total de 27.853 versos, puede imaginarse lo poco que quedaría de Homero en el resumen del seudo Píndaro).

Segunda, una crónica del sitio y caída de Troya, en prosa latina, atribuida a dos imaginarios actores de aquellos sucesos: Dares, frigio, que vivía entre los sitiados, y Dictis, cretense, que estaba entre los sitiadores. Por supuesto se trata de una burda invención, y su antigüedad (asegura Menéndez y Pelayo en los Orígenes de la novela) no puede calcularse más allá del siglo IV de nuestra era. Pero en la Edad Media se la tenía por obra estrictamente histórica y se le daba más crédito que a la del mismo Homero.

Tercera, el Roman de Troie, largo poema en 30.000 versos franceses compuesto en el siglo XII por Benoit de Sainte More. Este poeta turenés se basaba en las acreditadas crónicas de Dares y Dictis, pero no se contentó con eso. “Amplificó prodigiosamente y con fácil estilo las dos narraciones fabulosas que tenía a la vista –dice Menéndez y Pelayo-; añadió como introducción la historia de los Argonautas, aduló la vanidad nacional con el supuesto parentesco entre los francos y los troyanos; transportó al mundo feudal los héroes pelasgos y aquivos; modificó a su guisa los caracteres y las costumbres con muy gracioso anacronismo, y tuvo el mérito de inventar, entre otros episodios, uno de amor que tuvo grande éxito, el de Troilo y Briseida, que inspiró sucesivamente a Bocaccio en el Poema Filostrato, a Chaucer en el suyo Troilus and Cressida y a Shakespeare en su tragedia del mismo nombre.

Y cuarta,  una refundición en latín del poema de Sainte More titulada Historia Troyana, y escrita en el siglo XIII por  un juez de Messina, Guido delle Colonne, quien se calló la fuente francesa, citando solamente a los infalibles Dares y Dictis.

A eso había quedado reducido Homero en aquellos tiempos desmemoriados. Los libros del poeta turenés y del juez siciliano fueron traducidos y adaptados a muchos idiomas. A través de ellos los personajes homéricos debían parecer más vivientes cuando actuaban como caballeros medievales: cuando regresaban del combate acudían las damas troyanas a quitarles las armaduras; aunque su paisaje se coloreara con múltiples reflejos de lecturas antiguas o de las cosas atisbadas en el mundo oriental durante las Cruzadas. Allí aparece –dice Waldemar Vedel (Ideales de la Edad Media) hablando del poema de Benoit- “el palacio de Príamo aparentemente dispuesto como el templo de Salomón, según el Libro de los Reyes, como el palacio del Sol, en la narración de Ovidio o como el del emperador de Bisancio; y habla de pilastras cuyas columnas adosadas giraban sin cesar como autómatas mecánicos, y de flores que esparcidas por el pavimento, difundían agradables perfumes. Y luego se extendía en la descripción de los espléndidos trajes con que iban vestidas las damas de Troya –con toda la pompa de colores y tejidos levantinos de la época de las Cruzadas- y describía la indumentaria y las armas y los fantásticos escudos de los guerreros, los yelmos de oro con incrustaciones de piedras preciosas, los casquetes ornados con espléndidas plumas de aves indias, la capa de Héctor hecha de tela de Zaragoza y orlada de cibelina negra, sobre las blancas gualdrapas de seda de los caballos”.

Esto satisfacía las imaginaciones caballerescas. Detrás de las invenciones de Guido, de Benoit, de Dares y Dictis, Homero quedaba reducido a un papel secundario. Dante seguía reconociéndolo como el príncipe de los poetas, pero no podía leerlo. Otros más audaces o con menos información clásica, se atrevían a dejarlo postergado. El traductor castellano de Benoit se Sainte More, en el siglo XIV, aconseja con mucha suficiencia a sus lectores: “non leados por un libro que Omero fiso”…

No leáis a Homero. La recomendación (transcripta por Amador de los Ríos en su Historia crítica y luego por Menéndez y Pelayo en los Orígenes de la novela), bien merecía una reproducción literal. Aquí nos conformamos con dar su sentido, modernizando su sabroso texto antiguo. “Todos aquellos que verdaderamente quisiéreis saber la historia de Troya, no leáis un libro que Homero hizo; y he de deciros por qué razón. Sabed que Homero fue un gran sabio, e hizo un libro en que escribió toda la historia de Troya tal como él la aprendió; y contó cómo fuera sitiada y destruida y cómo no volvió nunca a poblarse. Pero ese libro fue escrito más de cien años después de la destrucción de la ciudad, y por eso no pudo saber fielmente cómo pasaron las cosas. Y el libro fue después quemado en Atenas. Pero leed el de Dyctis, el que verdaderamente escribió la historia de Troya tal como pasaba, por ser natural de la ciudad y haber presenciado su destrucción, pues veía todas las batallas y las hazañas que allí ocurrían y escribía todas las noches por su propia mano de qué modo habían pasado las cosas”.

La apetencia histórica de la Edad Media, debía de quedar contenta con esa explicación. Es cierto que ya a mediados del siglo XIV, Francisco Petrarca ansiaba –con un amor casi místico- aproximarse a Homero, y sufría los suplicios de Tántalo con un ejemplar griego que adoraba sin entenderlo, hasta que consiguió hacerlo traducir al latín con la ayuda de un griego de Calabria llamado Leoncio Pilato. Pero eso era ya el alborear de una época nueva. En el resto de Europa, durante mucho tiempo, continuaron prefiriendo los sustitutivos. Homero seguía postergado.

En una novela catalana del siglo XV, Curial y Guelfa, el protagonista debe pronunciarse  sobre el valor de Homero; y dictamina que este Homero ha escrito un libro muy estimado entre los sabios, pero que en lo que se refiere a la guerra de Troya, más verdadero es el de Dares y Dictis.

Ya en ese siglo XV, los escritores castellanos intentan un mayor acercamiento al poeta griego. Juan de Mena se arriesga a escribir un breve compendio de la Ilíada a pedido de don Juan II. Y el marqués de Santillana, poseedor de algunos libros de la Ilíada en latín, escribe a su hijo, estudiante en Salamanca, solicitándole una traducción, pues aunque él conoce algo de la historia troyana “por Guydo de Columna”, y también por Dares y Dictis y otros autores, quisiera tener un conocimiento más directo: “agradable cosa será para mí ver obra de tan alto varón, e quassi soberano príncipe de los poetas, mayormente de un litigio militar o guerra, el mayor e más antiguo que se cree aver seydo en el mundo”.

Tal vez llegara el marqués de las serranillas e enterarse del contenido de los cinco primeros libros de la Ilíada. Pero en sus obras no quedan vestigios de un conocimiento directo de Homero. En un poema llamado El sueño, atiborrado de pedantesca erudición clásica, al tratar de sus conocimientos sobre Troya, nos dice:

 

De las huestes he leído

que sobre Troya vinieron,

e cuántas e cuáles fueron,

según lo recuenta Guido;

e non menos he sabido

por Dayres sus defensores

e sus fuertes valedores

Dite los ha resumido.

 

Sus fuentes son siempre Guido delle Colonne y los fantásticos Dares y Dictis, los mentores de toda la Edad Media. Eso justifica que los datos del marqués no sean muy preciosos, como puede advertirse en la copla siguiente:

 

Yo leí de Agamenón

el que conquirió a Turquía

e de la caballería

que trajo so su pendón…

 

  El marqués era u no de los hombres más instruídos de su patria, en su siglo. Pero el eclipse medieval de Homero no había terminado todavía, y no pudo tener otras luces.

 

 

1947

 

en Lanuzza José Luis. Una nube llamada Helena. Buenos Aires, Perrot, 1958

 

 

 

 

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