En el día de LA SOBERANÍA NACIONAL

hudson

Guillermo Enrique Hudson, cuya paternidad literaria respetaron manifiestamente Leopoldo Lugones y Horacio Quiroga entre otros, escribió invariablemente sobre las tierras sudamericanas, y específicamente sobre las rioplatenses. Esta deliciosa novela –La tierra purpúrea, que acabo de releer-, publicada por vez primera en 1885, llevó por título original: La tierra purpúrea que Inglaterra perdió… Mucho dijo el autor en él; tanto como el fragmento que hoy selecciono para compartir. Me explico diciendo que Hudson está entre “los pocos” ingleses que han conseguido deleitarme con su cosmovisión, más allá de lo literario. Y al releerlo en momentos en que se celebra El día de la soberanía nacional, tengo claros los hitos de nuestra relación con los telares británicos, la Banda Oriental y el imperio esclavista brasilero, cuyas raíces ya llevan varios siglos de antigüedad.
Nótese además, en lo estrictamente literario, que se trata de narrativa de anticipación, en la que la impronta ensayística se funde con el relato y lo novelístico. Espero que algunos me acompañen en este regreso a Hudson.

… Cuando lleguen las largas noches de invierno y tenga mucho tiempo desocupado, pienso escribir un relato de mis andanzas por la Banda Oriental y llamaré a mi libro “La tierra purpúrea”, pues ¿qué otro nombre puede encontrarse que no convenga más a un país tan regado con la sangre de sus hijos? Usted, Demetria, no lo podrá leer nunca, es claro, porque lo escribiré en inglés y tan sólo por el placer que producirá a mis propios hijos –si es que llego a tenerlos- en algún tiempo lejano, cuando sus pequeños estómagos morales e intelectuales estén preparados para alimentos distintos de la leche. Pero usted, Demetria, ocupará un lugar importante en mi relato, pues durante estos últimos días hemos sido mucho el uno para el otro (…)
… No creo que si este país hubiese sido conquistado y vuelto a colonizar por los ingleses, y todas las cosas a nuestro juicio torcidas podido enderezarse, mis relaciones con las gentes del lugar hubieran tenido el agreste y delicioso sabor que he gozado en ellas. Y si este sabor distintivo no puede ser logrado al par de la prosperidad material resultante de la energía anglosajona, quiero expresar mi deseo de que jamás esta tierra conozca esa prosperidad. No quiero ser asesinado; nadie lo quiere; y sin embargo, antes que ver al avestruz y al venado perseguidos más allá del horizonte, al flamenco y al cisne de cuello negro muertos sobre los lagos de aguas azules y al pastor enviado a puntear su romántica guitarra a los infiernos, como etapas preliminares de mi propia seguridad, preferiría errar de un lugar a otro, preparado para defender mi vida en cualquier momento contra el ataque de un asesino.
No se vive tan sólo de pan, y la ocupación británica no da todo lo que el corazón anhela. Hasta las mismas bendiciones puede ser un azote cuando el gigantesco poder que les concede ahuyenta de nosotros el tímido espíritu de la belleza y la poesía. No es sólo porque excita mis pensamientos poéticos por lo que este país se ha hecho querer de mi corazón. Es la perfecta república: el sentimiento de emancipación que experimenta allí el viajero errante que llega del Viejo Mundo, es indescriptible, dulce y novedoso. Hasta en nuestro país, con su organización excesivamente civilizada, escapamos periódicamente de retorno a la naturaleza; y respirando el aire puro de la montaña y contemplando las amplias extensiones del océano o las tierras, advertimos que esto todavía representa mucho para nosotros. Es algo más que esas sensaciones corpóreas que experimentamos cuando nos unimos por primera vez a nuestros semejantes en un lugar donde todos son absolutamente libres e iguales como aquí. Se me antoja que oigo exclamar a una sabia persona: “¡No, no, no! ¡Esta tierra purpúrea es república nada más que de su nombre! Su constitución no es sino un malgastado pedazo de papel, su gobierno sólo una oligarquía templada en los asesinados y las revoluciones”. Es verdad, pero el grupo de ambiciosos gobernantes luchando por derribar al contrario del poder, no alcanza para hacer desdichado al pueblo. La constitución no escrita, tradicional, más poderosa que la escrita y no cumplida, está en el corazón de todos para hacer de cada uno un republicano y un hombre libre, amante de una libertad difícil de igualar en ninguna parte del mundo. Ni los mismos beduinos son tan libres, pues éstos rinden una reverencia y obediencia casi absolutas a su jeque. Aquí el dueño de muchas leguas de tierra y de innumerables tropillas, se sienta a conversar con el pastor que tiene a sueldo, pobre y descalzo, en su rancho lleno de humo, sin diferencia de clase o casta que los separe; ni la conciencia de la gran distancia que hay entre la posición de cada uno es bastante para enfriar la cálida corriente de simpatía humana establecida entre los corazones de los dos hombres…

William H Hudson, La tierra purpúrea. Ediciones El Elefante Blanco, Buenos Aires, 1999.

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