Memoria del enemigo 14

El imperialismo mitrista

 

Rosas había soñado con una federación de los pueblos del Plata y alguna vez expuso un ¨sistema americano¨ que englobara en una alianza perpetua a los países surgidos del tronco español. Consecuente con ello, se opuso a la subdivisión de la herencia española, tanto al no reconocer la independencia declarada en 1842 por Paraguay, como al impedir la República de la Mesopotamia preparada en 1845 por los interventores anglo-franceses, y concertada virtualmente en 1846 por Urquiza y Madariaga en el tratado de Alcaraz.

No era el suyo un imperialismo. No avanzó un paso contra Paraguay, limitándose a esperar que el buen juicio de los paraguayos los llevase a rectificar su separación del tronco común; tampoco lo hizo contra el Estado Oriental, cuya autonomía mantuvo celosamente no obstante su gravitación sobre el presidente Oribe. Es que Rosas, hombre de realidades y político de largos alcances, sabía que nada estable se consigue por la fuerza. Solamente con el alejamiento de las potencias no españolas (Brasil, Inglaterra y Francia) que contribuyeron a dividir a América y mediante una política clara, limpia y elevada podrían volver a unirse las partes dispersas. De la misma manera que había construido la Confederación Argentina quitando los recelos de las provincias hacia Buenos Aires y manteniéndoles su plena autonomía interior, podría conseguirse –por propia voluntad, que no por imposición- la Federación Americana. Por eso en marzo de 1843 rechazó –y llamó ¨trampa que se nos quiere tender¨- el proyecto de tratado de alianza con Brasil, por el que se dejaba a la República Oriental bajo su influencia siempre que ayudase al Imperio a reconquistar Río Grande. Los hombres de estado de Brasil creyeron que Rosas se iba a enredar en una guerra de conquista contra los orientales, que si podía darle un triunfo momentáneo, alejaría para siempre la posibilidad de reconstruir la Patria Grande.

Una trampa semejante a la eludida por Rosas en 1843 (y que demostró a los gobernantes brasileños la peligrosidad de un político como Rosas al frente de la Confederación Argentina), fue la urdida en mayo de 1865 por Octaviano al poco avisado Mitre. El espléndido obsequio de Paraguay sería difícil de digerir, aun después de una extenuadora derrota paraguaya. Y entonces llegaría la ocasión para el Imperio de encontrar la simpatía del pueblo guaraní presentándose como defensor de su independencia. Pero Mitre y su ministro Elizalde –esto no lo sabía Octaviano- tenían el asesoramiento del ministro inglés Thornton, cuidadosamente informado de las negociaciones de la alianza ¨rigurosamente secreta¨. Y se desprende de la correspondencia del inglés con Russell, que fue éste quien evitó el traspié mitrista.

Mientras Mitre y Elizalde informaban a Thornton, río por medio Carlos de Castro hacía ¨con las reservas consiguientes¨ al representante de Inglaterra en Montevideo, William Lestón. Russel tuvo por lo tanto en Londres, al mismo tiempo, dos copias auténticas del tratado secreto para hacerlas valer en su momento. Este momento llegó al año siguiente -1866- cuando la guerra había destruido el poder bélico de Paraguay; e Inglaterra que sólo aspiraba a la libre navegación y al libre comercio, quiso hacer la paz. Rusell publicó el ¨tratado secreto¨, poniendo con ese acto contra los triles aliados la opinión entera de Europa y América y aun a los mismos legionarios paraguayos que disolvieron su Legión. Indignados los imperiales por la magnitud de la indiscreción, inquirieron de Rusell el nombre de su informante y éste para salvar a Mitre que todavía podía serle útil, sacrificó al pobre señor De Castro. Brasil exigió su inmolación, que Flores se apuró, desde luego, a cumplir.

Pero si Mitre lo aceptó ¨los restos del Paraguay¨, se quedó –en el papel- con todo el Chaco paraguayo hasta Bahía Negra. Posiblemente Thornton no reparó en esto; porque el regalo era y resultó indigerible, y sólo sirvió para enconar los ánimos de los sobrevivientes paraguayos contra la Argentina y acercarlos a Brasil, que después de aniquilar a Paraguay aparecería como un salvador.

Rosa, José María: La guerra del Paraguay y las montoneras argentinas. Fragmento del capítulo 28: El tratado de la Triple Alianza. Buenos Aires, Hyspamérica, 1985.

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