Sobre Daniel Moyano:

UNA VIDALITA PARA DANIEL

 

por Ángeles Prieto Barba

 

            Diecisiete años sin Daniel son muchos, demasiados. Y veintitrés tendría que retroceder ahora para llegar al momento justo en que vino a Cádiz y le conocí, pero como en la vida pesa más la intensidad del momento que el propio paso del tiempo, no me cuesta nada evocarlo ahora en el patio del Palacio de Diputación, bajo un cielo estrellado y al olor de los naranjos, donde yo escuchaba a sesudos ponentes, de grandes nombres propios campanudos, que analizaban con brillantez y rigor diversos aspectos de la literatura hispanoamericana. Cuando a mis diecinueve años atendía con interés a aquellos cuatro primeros intervinientes, sin saber, ignorante de mí, hasta qué punto se lo estaban poniendo fácil con este desfile de relumbrón al último, un humilde escritor llamado Daniel Moyano. Porque fue llegar él, ponernos esa cara suya de circunstancias y explicárnoslo todo, todo, con su cuento El halcón verde y la flauta maravillosa, mucho más eficaz que ninguno de los despliegues intelectuales anteriores, para detallarnos las heridas aún abiertas de su Argentina natal, de donde vino tras quince días de cárcel, un amago de fusilamiento y todo el miedo metido en el cuerpo.

         Pero no fue hasta el año siguiente cuando empezó a impartirnos aquí dos talleres: uno para darnos a conocer la literatura hispanoamericana, financiado por la Universidad, y otro de creación literaria, costeado por la Diputación. Yo me apunté a ambos como becaria, gracias al dinero público, y en ambos tuve la fortuna de recibir clases extras cuando finalizaban, sin que cobrara su autor nada, bien en alguna tasca o paseando por el cercano Parque Genovés a la sombra de un ombú, árbol argentino y familiar, tan querido por Daniel. Ese hombre capaz de embarcar al mismo Julio Cortázar en el estanque del Retiro, cuan largo era, y apto también para imitar, a escondidas, la firma de su amigo García Márquez en cuantos ejemplares de más se negara a dedicar éste. Porque Daniel, como ellos, fue un gran autor, aunque alérgico a parabienes, honores y medallas, y cuyos mejores cuentos se los comió un burro riojano al dejar un día de calor la ventana abierta. Ese hombre que empleaba idéntica galantería con la señora diputada que con la menos ilustre limpiadora que debía recoger nuestra clase. Ese hombre que me enseñó, sobre todo, ética.

         En sus talleres me fueron presentadas las musas doña Elocuencia y doña Perfecta, y ésta última, gracias a Daniel, me pareció más afín, por lo que decidí entonces escribir cuentos. Esos relatos breves que Daniel nos presentaba como un mecanismo pequeño y delicado, una cajita de música maravillosa donde todo debe quedar armonizado ya desde los tres primeros párrafos. Me educó en el amor a las palabras, en sus sonidos y significados, huyendo con horror de lugares comunes en los que deben ser hermosos relatos, habituándome a aprender cada día una definición nueva y a utilizarlas con propiedad, llamando maestro sólo a quien puede contagiarte las ganas y a reconocer lo que denominamos “talento”, únicamente en portadores de múltiples lecturas, trabajo duro y algunas insondables y tempranas heridas. Y sobre todo, asimilé su generosidad y calor comprendiendo por qué y para qué escribir, pues no es posible que nos quieran si nosotros no queremos antes, que no merece la pena empuñar la pluma o mover los dedos si no nos guía antes el corazón. Todo eso.

         Mil veces me he preguntado por qué Daniel no alcanzó, como también le ocurrió a mi cálido paisano Fernando Quiñones, amigo suyo, todo el reconocimiento editorial y académico que merecía. Y la respuesta es que escritores como aquellos tienen difícil acomodo en este frívolo mundo farandulero de presentaciones, intrigas y saraos que constituye el día a día de la promoción editorial española, un escenario frío, previamente diseñado, donde hasta los chistes suenan gastados y donde se puede advertir, con sólo escucharla, esa humillante jerarquía constatable entre consagrados y aspirantes cuando intercambian palabras de displicencia, coba y medro. Daniel y Fernando se sentían –y los sentíamos- bien lejos de esto.

         Por otra parte, sus hermosas y arriesgadas obras literario-musicales no corrieron mejor suerte, pues es difícil, por no decir imposible, convertirlas en objetos de consumo, mucho menos venderlas a granel como enlatados sonidos como sí se hace ahora con impactantes historias sórdidas, autocompasivos lamentos sentimentales o esos impúdicos desahogos emocionales que tratan de conmover al lector sin contar para nada con éste, en estos momentos tan de moda. Pues mil y una veces le propusieron escribir su biografía y otras tantas rechazó la oferta, juraría que para no apenar a sus lectores amigos debiéndoles relatar las terribles e incurables heridas que llevaba en el alma. Porque lo de Daniel, toda su magia, consistía en escuchar, querer y hacer sonreír a quien se le ponía por delante. Ya que no podía asimilar su vida, sólo calmar a otros le importaba.

         Os debo contar también que de esas historias tremendas sólo me enteré quince años después, gracias a las atentas y hermosas cartas que recibí de Ricardo, su hijo, el hombre que más le quiso, a quien más quiso y quien mejor lo conoció, a quien aprovecho para saludar ahora dondequiera que esté. También de la entrañable Irma, su esposa, aquella que supo darle el cariño, la familia y el apoyo que necesitaba y sin la cual de ningún escritor podríamos estar hablando ahora. Veinte años después para enterarme de aquello que Daniel nunca quiso entonces que supiera, pese a que en nuestros paseos abordarámos todo lo literario y todo lo humano. De lo que verdaderamente nunca dejó de atormentarle, más allá incluso del sufrimiento que le produjo el exilio, vivir sin raíces en tierra de nadie.

         Pues lo que a Daniel le dolía y nunca pudo entender ni superar fue su propia existencia en la que, salvo Irma y sus hijos, un cúmulo de dolorosas desgracias se fueron sucediendo con crueldad: el temprano asesinato de su madre a manos de su propio padre, su infancia dura y perdida alejado de Blanca, su única hermana a la que adoraba y también la temprana muerte de su hija Beatriz, quien debió tener ahora la misma edad que la mía. Sólo con amor, honestidad y valentía pudo afrontar Daniel todo esto, con ese profundo calor humano que volví a sentir al conocer su historia, después de esos veinte años, que no son nada, y que me hicieron volver a escribir cuentos, tras tanto tiempo de silencio, aunque no de olvido. Pues bien sé que me es imposible alcanzar su talla literaria ni me interesa, pero sí la humana, y guardo su calor, porto de alguna manera su testigo y siento el irremediable deber de continuar y transmitirlo. También de que entonemos, todos sus incontables lectores, discípulos y amigos, a uno y otro lado del Atlántico, una vidalita por él ahora: Norberto Luis Romero, Herbert Francis, Andrew Graham-Yooll, Marcelo Casarín, Virginia Gil Amate, Nelson Marra, Dolly Onetti, Carmela Greciet, María Neder, Gustavo Wagener, Eugenia Rico, Jesús Ortega, Juan José Hernández, Juan Gelman, Daniel Prieto, Félix Grande, Carlos Mamonde, Teuco Castillo, Mercedes y Reina Joffé, Andrés Sorell, Rodrigo Brunori y tantos, tantos otros que olvido pero que aún seguimos recordándolo. Porque en verdad creo que, con Daniel Moyano entre nosotros, encontramos raudo el camino de la honestidad y del cariño, trascendemos la realidad con la senda de la literatura y que transitándola con esperanza y alegría, conseguimos salvarnos.

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